El desafío de la rosa blanca
Basta con recordar en qué andaban los tres poderes antes de la elección del papa. Edgardo Moreno.
Para la Argentina, la elección del papa Jorge Bergoglio se ha presentado como una oportunidad inesperada de refundarse a partir de valores humanos simples y elementales, perocontrarios a la corrupción estructural y al desprecio por las políticas cooperativas de largo plazo. Rasgos en los cuales el país decidió afirmarse, con obcecación creciente, a poco de andar la restauración democrática de 1983. Tan abrupto ha sido el choque delconjunto social con esa chance, que sudirigencia política todavía deambula, como un carromato atónito, dando barquinazos entre la sobreactuación y el despecho. A sus veteranas comodidades, la elección de Francisco les sobrevino como un revulsivo de magnitud.Huelga decirlo. Toda estructura depoder, en cualquier país, se conmueve con el ascenso de un connacional al lugar de mayor influencia religiosa de Occidente. La mera designación constituye una legitimación que proviene menos de los talentos que posee el elegido y más del testimonio vivo de los valores que predica. No transforma al elegido en gobernante extramuros del Vaticano, pero adjudica a su voz, a sus gestos y a sus silencios la razonable expectativa de una autoridad moral.La presidenta de la Nación jugueteaba distraída en Twitter cuando estalló la noticia con las campanas de San Pedro. Con la novedad, un vector central de su relato estaba siendo sepultado para siempre.Conviene observar esta innovación simbólica. La dinámica propia de todo populismo aspira a una dimensión mística. El vínculo del líder con las masas es una inmanencia, una realidad cerrada que, en vida del conductor, justifica el soslayo de las instituciones de la representación y, con los mismos recursos, necesita perpetuarse después de la muerte. Esa es la experiencia de momificación que hoy intentan los militares en Venezuela. A su modo, Cristina Kirchner también ha consumado esos intentos. Su discurso religa siempre con un mandato improfanable. Que reside –ahistórico– allí donde reposa la memoria de su esposo. Navegante de eternidades, según sus seguidores.Buena dosis del fanatismo que ha rodeado sus emprendimientos más reñidos con la tolerancia democrática se ha fundado en ese misticismo, que hubiese seguido operando sin someterse a controversias si el camarlengo hubiese pronunciado un nombre distinto en el balcón mayor de la cristiandad.Por eso, es en todo comprensible la estupefacción de Carta Abierta. Aunquetodavía parece improbable que renazca el antiguo mito de la nación católica, es evidente, en cambio, que el culto a sí mismo que quiso fabricar el kirchnerismo haencontrado, por fuera y por encima, un poder más absoluto y ajeno. Algo que, por cierto, equivale solamente a un límite al más irracional de los excesos del Gobierno y no a su definitiva desgracia en larepresentación política.Cristina sólo aparentó intuir la magnitud del cambio recién después de la asunción pontificia. Mientras los mandatarios del mundo saludaban al nuevo papa, la jefa del Estado argentino demoraba primero y desgranaba después breviarios de política global en una carta escrita con envidia yresentimiento. Luego, permitió a sus feligreses que salgan a agraviar con el artículo preferido de doctrina con el cual ha perseguido a sus adversarios: la supuesta complicidad con la dictadura.Todo parece indicar que Bergoglio no necesitaba aquellos consejos diplomáticos. Envió a su vocero a señalar, ante la mirada del mundo, al Gobierno que estaba difamando la elección de los cardenales. Fue, para argentinos, el primer reproche del papado. De inmediato, apareció Francisco para rescatar a Cristina del pantano, abriéndole la página inicial de su agenda. Poco después, la Presidenta agitaba sus manos explicando que aquí la bombilla, allí el azúcar, más allá la yerbera. El nuevo papa le obsequió una rosa blanca a esos denuedos.Sin embargo, el reto al cambio quesugiere la elección de Bergoglio opera más lejos y más profundo que la reciente desventura del oficialismo. A la oposición, el cuestionamiento en el plano de los valores la interpela de igual manera. Basta recordar en qué andaban los tres poderes de la Argentina previa a la elección del papa, para entender el tamaño del desafío: los jueces del tribunal más elevado del país intentaban explicarle a unasociedad aturdida que el conflicto, por sí mismo, no es un factor de progreso si no es seguido por un acuerdo mínimo que otorgue primacía a las coincidencias. Recibieron, por eso, una filípica de la institución presidencial en un Parlamento convertido en misa de facción. ¿Cómo influirá ahora en el común de los argentinos la antigua y desdeñadaprédica en favor del diálogo y el consenso?

