El contagio intelectual
Un rasgo decisivo del ciclo abierto por el kirchnerismo en la historia argentina consiste en haber sacudido la pereza y el estado de parálisis al que habían sido conducidos amplios sectores intelectuales. Demian Orosz.
Un rasgo decisivo del ciclo abierto por el kirchnerismo en la historia argentina consiste en haber sacudido la pereza y el estado de parálisis al que habían sido conducidos amplios sectores intelectuales. Comenzaba a revertirse un período durante el cual la política, por lo menos en la esfera pública, no se había dejado pensar mucho más allá de los términos casi paródicos de la gestión y la eficiencia. Fueron años en que los intelectuales parecían una especie de otra época, cargados con un lenguaje extraño. Los más activos habían seguido publicando revistas para igual cantidad de lectores que el consejo editor, predicando teorías transformadoras de la realidad en las aulas de filosofía o ciencias sociales o respondiendo al llamado de los medios que los convocaban (como adornos o supuestos garantes de profundidad) para darles un barniz cultural y pensante a las más diversas temáticas.La devastación menemista, que regó con sal el campo cultural y desactivó numerosos canales de participación, encontró en los años posteriores algunos atisbos de reencantamiento, de restitución de los vínculos entre política y pensamiento, pero fue sobre todo a partir de 2003 que terminó de configurarse una nueva escena: grupos y figuras intelectuales recuperaron voz y espacios, en parte gracias al impulso propio, en parte debido a un cambio en las condiciones que permitieron volver a involucrarse y ser tenidos en cuenta en las discusiones. Desde el retorno de la democracia y los primeros años del gobierno de Raúl Alfonsín no se veía nada parecido. Un estimulante fin de la abulia que hoy alcanza también a personalidades del arte, el cine, la literatura y el teatro.Por supuesto, nunca faltan los cortesanos, los arribistas, los que se pelean por cargos públicos, los recitadores de pasados con mucho dinero disponible para aplanar la historia en una pantalla de TV. Sin duda una faceta del kirchnerismo es concebir las batallas de ideas como parte de una batalla de otra magnitud. También es cierto que existen un "brazo cultural" de la lucha política que trabaja a sueldo del Estado, la cooptación de figuras del espectáculo que por primera vez se sienten llamadas a filas o quieren darse un baño de pueblo, y los incontables acólitos de turno. Pero esto no es algo que haya inventado este gobierno.Lo novedoso e interesante es un fenómeno como Carta Abierta, un conjunto muy dinámico de intelectuales y referentes sociales que apoya críticamente un proyecto y que, en sus mejores expresiones, desafía la retórica unívoca del oficialismo rampante, intenta jaquear los automatismos del ejercicio del poder e incluso inocular conceptos ajenos a la tradición política en la que abreva el gobierno.El kirchnerismo le devolvió a la política un estado de incandescencia que alimenta el roce y la tensión entre ideas. No se trata sólo del retorno de una concepción con raíces en la práctica militante de las décadas de 1960 y 1970 (una caricatura no premeditada de esta lectura es la frase "se viene el zurdaje", con la que Mirtha Legrand analizaba el proceso no mucho tiempo atrás), sino de un fenómeno más amplio y de varias caras. Estos intelectuales nuevamente imantados por la política, y el proceso paralelo por el cual la cultura recupera lugares que había perdido y pide cartas en la cosa pública, producen un escenario de contaminación mutua, de impureza enriquecedora, de contagio saludable.

