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El ciudadano y el canciller

Un impulso humanitario –nos dice Héctor 
Timerman– lo condujo a asistir con sus familiares a la marcha en París contra el terrorismo. Un imperativo 
ético. Ineludible, inalienable, impostergable.

14 de enero de 2015 a las 12:01 a. m.
El ciudadano y el canciller

Un impulso humanitario –nos dice Héctor Timerman– lo condujo a asistir con sus familiares a la marcha en París contra el terrorismo. Un imperativo ético. Ineludible, inalienable, impostergable. Por eso, el ciudadano Timerman caminó junto a millones de manifestantes tras la masacre en Charlie Hebdo .Pero a esa categórica resolución moral el canciller Timerman no la quiso adoptar en representación de su país.¿Frente a la atrocidad de un crimen repudiable, la República Argentina tiene para el canciller Timerman un patrón moral menos riguroso que el del ciudadano Timerman?¿La necesidad política de un desplante al pueblo francés –en este momento particularmente difícil de su historia– fue para el canciller Timerman una razón de Estado más poderosa que el imperativo categórico acatado por el ciudadano Timerman?¿Merecía la República Francesa, casa generosa de exiliados argentinos, hogar de perseguidos por nuestro propio horror, la aplicación implacable de ese cálculo del desprecio?Si el canciller actuó como lo hizo por una orden presidencial, la del ciudadano Timerman fue una claudicación cobarde, compartida con su mandante.Si en cambio lo hizo sin una consulta a la jefatura del Estado, el canciller tal vez preserve a la Presidenta de esa vergüenza, pero el suyo habrá resultado un acto de irresponsabilidad, inexcusable, para cualquier argentino de buena voluntad: la hipocresía de salvar para el individuo la conciencia limpia, endosando el descrédito a la totalidad de su país.A la ciudadanía nacional, que observa azorada el desdén de su Gobierno por los valores puestos en juego tras los asesinatos en París, sólo le resta la utopía de un consuelo, inesperado y remoto: que la estricta conciencia moral del ciudadano Timerman le sugiera a la indignidad del canciller el decoro nimio y final de su renuncia.