Diez años de poder kirchnerista
De la fortaleza de la consolidación a la velocidad de la pendiente. Por Walter Schmidt.
"Es patético", dijo Néstor Kirchner ante la TV, cuando Carlos Menem renunciaba al balotaje, el 14 de mayo de 2003. Ese 22,3 por ciento de los votos lo convertía en Presidente, pero lo mostraba débil. Nacía el kirchnerismo, con un líder desconocido, asociado por la gente más con el actor Tristán que con un gobernador.
Tras celebrar en la casa de su vice Daniel Scioli, Kirchner se fue a Santa Cruz, donde pergeñó no sólo su gabinete sino cómo revertir la imagen de debilidad. En su mente estaban frescos los afiches en la City porteña que, al pie de su foto, versaban: "El chirolita de Duhalde".
La cultura política de "los \'70" y el recuerdo de la represión fueron dos columnas ideológicas que usó en su rédito político. La inconstitucionalidad de las Leyes del Perdón y el emblemático descuelgue del retrato de Videla, alimentaron el revisionismo K que provocó la división de las organizaciones de Derechos Humanos y la sensación de que lo hecho hasta ese entonces, como el juicio a las Juntas, no había servido para nada.
El descabezamiento de las Fuerzas Armadas; el pedido al Congreso para hacerle juicio político a los miembros de la Corte menemista y el inicio de la reestructuración de la deuda, le dieron a Kirchner el protagonismo del que carecía. La sociedad, tras la crisis de 2001, nuevamente esperaba a su mesías.
A la construcción de liderazgo le faltaba un paso: deshacerse de su mentor, Eduardo Duhalde. Las elecciones legislativas del 2005 fueron el escenario elegido. Cristina Fernández derrotó a "Chiche" Duhalde y así se comenzó a gestar su relato de la historia, apelando a la "transversalidad" para acabar con el poder de fuego del PJ y la UCR.
Con una alianza con el Brasil de Lula, pero también con la Venezuela de Chávez, Kirchner promovió la muerte del proyecto del ALCA de los EE.UU. con una Cumbre de las Américas en Mar del Plata que hizo que George W. Bush lo maldiciera.
También los K hicieron lo suyo para resquebrajar una relación histórica con España, involucrando en un conflicto sin parangón con Uruguay por las papeleras al mismísimo Rey Juan Carlos de España. Los Estados Unidos y Europa pasaron a ser los "antimodelos".
La cancelación de la deuda con el FMI, tras el pago del 9.500 millones de dólares, permitió a Kirchner avanzar en la intervención del INDEC, cuyos guarismos dejaron de ser creíbles.
Cuatro años y medio después y ayudada por una oposición atomizada, Cristina llegó a la presidencia en 2007 con mayoría en ambas cámaras del Congreso, junto a su flamante compañero de fórmula, el radical Julio Cobos.
Sin respiro, tres meses después -el 11 de marzo de 2008- el ministro Martín Lousteau anunció un nuevo esquema de retenciones móviles a la exportación de soja para detener la llamada "sojización". El campo, se levantó en masa contra el Gobierno.
Fue el primer síntoma de polarización de la sociedad. La confrontación invadió los debates políticos y los hogares. Tras enviar el proyecto al Congreso y aprobarse en la Cámara de Diputados, Cobos, quien había anticipado su rechazo, desempató en la madrugada del 17 de julio. Con su voto "no positivo" disparó el festejo del agro y, dicen, el enojo desencajado de Kirchner quien, al parecer, llegó a amenazar con irse del gobierno con Cristina.
La Presidenta buscó entonces recuperar la iniciativa y reestatizó Aerolíneas Argentinas y Austral.
Un actor secundario irrumpió entonces en el mundo K: Amado Boudou. Incansable, pidió a su amigo Sergio Massa que lo llevara ante el matrimonio Kirchner. Creyendo que era un disparate, cumplió. Antes los K Boudou desenfundó un proyecto para disolver las AFJP y estatizar el sistema previsional: les encantó. Eran 74 mil millones de pesos que pasaban a manos del Gobierno.
Pero el paisaje era adverso. Sabedor de que las elecciones legislativas de junio venían bravas, Kirchner se puso a la cabeza de una lista "testimonial" de diputados en la provincia de Buenos Aires, secundado por Scioli e intendentes. No hizo mas que ahondar el rechazo de la sociedad. Enfrente, Francisco de Narváez canalizó el voto bronca y derrotó al ex presidente.
Acusando el golpe, Cristina anunció Futbol para Todos, obligando a la AFA a romper con TyC Sport del Grupo Clarín, contra quien iniciaría entonces una pelea interminable. Dos meses después, el gobierno logró sancionar la Ley de Medios.
Un año antes de las presidenciales, Kirchner ordenó: "No digan más que puede ser ella porque el candidato voy a ser yo. Ella no quiere". Quince días después, el 27 de octubre de 2010, Néstor falleció en Río Gallegos. En el desenlace, Cristina le juró que iba a continuar y no lo iba a hacer "quedar mal".
El funeral sorprendió al país y al propio Gobierno, con el desfile de miles de jóvenes para despedir al líder. Rápidamente, la Presidenta convirtió el dolor por la muerte de su esposo en una bandera y la caída libre que sufría en las encuestas, en solo dos meses se revirtió: en diciembre, aumentó 20 puntos su imagen positiva.
Urgida por probar que sola podía, adoptó a los jóvenes de La Cámpora como su brazo político y eligió a Boudou como su vice. En un coctail con el efecto por la muerte de Kirchner, la no percepción de la sociedad de los problemas económicos y la incapacidad de la oposición de construir una alternativa, Cristina arrasó en las elecciones de 2011 con 54,11 por ciento.
Con un elenco ministerial devaluado, la Presidenta comenzó a cerrarse sobre sí misma y los distintos sectores de la vida política, económica y social, quedaron sin interlocutores.
La primera catástrofe llamó a la puerta del gobierno nacional el 22 de febrero de 2012, con la Tragedia de Once en la que murieron 51 personas y desnudó el pésimo servicio de transporte.
Los estragos de la economía comenzaban a sentirse. Con la excusa de la crisis mundial, el gobierno justificó la inflación, aunque sin nombrarla. En noviembre del 2011, decidió acentuar las restricciones para la compra de dólares y "el cepo cambiario" originó un mercado paralelo con el "dólar blue".
Carente de pragmatismo, CFK puso del lado de sus contrincantes políticos a Moyano, Scioli y Macri; dividió al sindicalismo en cinco centrales obreras y se quedó con una CGT comandada por el metalúrgico Antonio Caló y el sector de la CTA de Hugo Yasky.
Tras fracasar en un ajuste tarifario de los servicios públicos, reformó la Carta Orgánica del Banco Central para poder usar las reservas, que sumó al manejo discrecional de los fondos previsionales, ahora de la ANSeS. Leyó que la crisis europea era el mejor momento y, sin mensurar el efecto en la comunidad internacional, decidió la expropiación de 51 por ciento de YPF.
Pero, en setiembre del año pasado sufrió el primer cacerolazo masivo en distintos puntos del país, manifestación que se repitió en noviembre. El 8-N no cuestionó "el modelo", sino el estilo de gobierno, el cepo cambiario y el autoritarismo.
Para recuperar protagonismo, celebró un acuerdo con Irán para esclarecer el atentado contra la Amia. Como un boomerang, la comunidad judía lo rechazó porque consideró que se trataba de un arreglo con quienes cometieron el atentado.
En abril de este año, en un nuevo aniversario por Malvinas, tema que el kirchnerismo muchas veces blandió para distraer la atención de otros problemas (el premier británico, David Cameron, hizo lo mismo) ocurrió la segunda tragedia.
Una feroz lluvia azotó la Capital y la ciudad de La Plata, su ciudad. Cristina salió a recorrer los barrios anegados y los vecinos primero la enfrentaron y luego rechazaron con insultos la ayuda que llevaba Alicia Kirchner, junto a Scioli y al intendente platense, Pablo Bruera.
Para intentar pasar el mal momento, el Gobierno fue al frente entonces con la reforma judicial. Enfrascado en no consensuar absolutamente nada, avanzó pero se encontró con críticas desde las propias organizaciones kirchneristas y de la Corte, que lo obligaron a dar marcha atrás y aceptar algunas modificaciones, aunque sólo de la propia tropa.
Con fecha de vencimiento en diciembre de 2015, el kirchnerismo amagó con reformar la Constitución, pero chocó con una seguidilla de denuncias por corrupción que hirieron de muerte al heredero del trono de Cristina: Boudou.
Lo que en un principio fue tildado desde el oficialismo como una campaña, luego se multiplicó geométricamente con denuncias que tuvieron su pico con el presunto lavado de dinero que involucró directamente a Kirchner y al empresario santacruceño Lázaro Báez.
La comparación con el final de la década menemista, con denuncias por corrupción e imposibilidad de un nuevo mandato parece inevitable. El kirchnerismo, cuya década de seguro no pasará inadvertida, parece enfrentarse a los mismos desafíos.

