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Del viejo manual de las omisiones

En su tropiezo de Harvard, la única pregunta que Cristina logró responder con sagacidad fue la referida a una eventual reforma de la Constitución. Edgardo Moreno.

01 de octubre de 2012 a las 12:01 a. m.
Del viejo manual de las omisiones

Fue un acto reflejo. Al estímulo, reaccionó con un impulso político raigal. En su tropiezo de Harvard, la única pregunta que la Presidenta logró responder con sagacidad instrumental fue la referida a una eventual reforma de la Constitución, que pueda habilitarla para un tercer mandato. "No se trata de lo que yo quiero, sino de lo que debo o puedo", dijo. Aclaró que se trata de una cuestión abstracta porque la Constitución no permite otra reelección y ese límite se ubica más allá de su voluntad. Y que por ese motivo, una reforma no es su responsabilidad, ni su deseo.Abundó: tampoco depende de ningún partido, a excepción de lo ocurrido con la reforma de 1949.La re-re. Perdida en la maraña de respuestas que su enojo desovilló esa noche triste, fue la primera referencia presidencial a la modificación de la Constitución y a la re-reelección. No en un discurso, sino ante una consulta. Alusión de interés actualizado desde que una masiva protesta ciudadana se plantó en las plazas del país para oponerse a una reforma así pensada.Tan de estilo fue el recurso que eligió Cristina para sortear la valla, que repitió –casi textualmente– una frase pronunciada por Juan Domingo Perón, el 11 de enero de 1949. Era presidente, controlaba todo el Senado y más de dos tercios de Diputados. Había lanzado la reforma constitucional, según explicaba entonces el oficialismo, para adecuar el texto de la Carta Magna a las reformas sociales instrumentadas en el país. En la Convención Constituyente, tenía 110 representantes contra 48 de la oposición.En aquella fecha, recibió a los convencionales de su partido: "Contra mi voluntad, el proyecto de reforma prevé mi reelección. No se trata de que la acepte o no la acepte", explicó Perón.Poco después, recurrió al jurista Arturo Sampay para que imaginara el modo de eludir este límite. La oposición puso el grito en el cielo. Forzado por la reacción, volvió a reunir a sus constituyentes. Les pidió que dejaran el tema en suspenso.Refiere Tomás Eloy Martínez que Evita intercedió ante los diputados, en una madrugada inmediata, para expresarles que el General no había podido dormir, angustiado por la ingenuidad bovina de sus seguidores: "¿No se dan cuenta de que en estas cuestiones uno tiene que hacerse de rogar?", vociferaba el presidente en la soledad del poder. Superada la hermenéutica, al día siguiente la reforma con reelección retomó su marcha.Otro buen escritor americano solía usar un par de neologismos para describir estas piruetas de la argumentación. Se trata de la "mentidad" y la "verdira", decía Mario Benedetti.Cuando un estadista aprecia el texto constitucional que ha jurado respetar, no recurre a esconderse en esos pliegues. Niega enfáticamente, y con los hechos, todo intento de que lo ubiquen un escalón por encima de la supremacía de la ley.No es lo que hizo la Señora Kirchner en Estados Unidos, en su única respuesta sin enojo. Ese es el modo en que tomó nota de la protesta en su contra. Acaso de esa respuesta también tome nota la sociedad, que todavía no ha renunciado a una nueva manifestación.Del mismo manual de rogatorias que enseñaba Perón, también podría extraerse algún ejemplo para admitir que la postulación presidencial es un hecho en el caso del actual gobernador de Córdoba.Aspiración legítima, por cierto, que, una vez expuesta sin omisiones, obligaría a exhibir desde el presente las realidades que se proponen para la construcción del futuro: el diálogo con lo diverso, el reconocimiento de la alteridad representada en la oposición, la transparencia que hoy retacea el poder administrador en la Nación.Propósitos, adviértase el enredo de coincidencias, que también propugnan para el país aquellos que le objetan la gestión que conduce en la Provincia.