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Cuando es normal que un país sea anormal

Algo enquistado en nuestra sociedad y exacerbado en la dirigencia nos impide alcanzar esa aspiración compartida por distintos costados de la famosa grieta.

22 de diciembre de 2017 a las 12:01 a. m.
Cuando es normal que un país sea anormal
Violencia. El país está lejos de ser predecible y estable.

Era octubre de un más que convulsionado 2002. En un hotel de la avenida Sabattini, en la ciudad de Córdoba, desayunábamos junto con otros tres periodistas del diario con el hasta ese momento no muy conocido gobernador de Santa Cruz.

Néstor Kirchner contaba para qué quería ser presidente, hablaba de su sueño de un país federal, con desarrollo armónico, más equitativo, y en un momento apoyó la taza en la mesa y dijo convencido: “Miren, muchachos, yo quisiera que me recuerden por haber dejado un país normal. Nada más que eso; normal, previsible, sin barquinazos, que más o menos se sepa lo que van a valer las cosas y lo que vas a ganar en los próximos meses”.

En noviembre de 2008, el entonces jefe de Gobierno porteño pasó por nuestra Redacción, como solía hacer en sus visitas a Córdoba, y compartió una charla con un grupo de periodistas. Mauricio Macri nos narraba su visión de país, que quería más equilibrios, que había que apostar a la institucionalidad, al crecimiento, y decía sin tapujos que quería ser presidente. “Si llego a ser presidente, me gustaría ser recordado como alguien que dejó un país normal, previsible, estable”, explicaba.

Evoqué cientos de veces estas dos charlas, donde las personas que se preparaban para ser la máxima autoridad del país tenían objetivos coincidentes, más allá de que propusieran caminos distintos para llegar. Pero más lo hice esta semana, en la que Argentina volvió a demostrar que está para cualquier cosa menos para ser un “país normal”, en el sentido de estable o predecible.

Algo enquistado en nuestra sociedad y exacerbado en la dirigencia nos impide alcanzar esa aspiración compartida por distintos costados de la famosa grieta. Es como que queremos ser un “país normal”, pero estamos dispuestos a poco para lograrlo.

Diciendo y desdiciendo

Un gobierno que había arrancado con una reivindicación muy importante para los jubilados, como fue la reparación histórica, decidió hacerlos sujetos de una medida de ajuste.

El rechazo a la medida lo encabezó el anterior proyecto gobernante, que nada había hecho por mejorar los ingresos previsionales, y se plantó como si en los anteriores 12 años hubiésemos tenido pensionistas escandinavos.

La política se llenó tanto tanto de contradicciones e hipocresías cruzadas en esas dramáticas y violentas horas de tratamiento legislativo que la pareja de José Manuel de la Sota, la diputada nacional Adriana Nazario, dijo que cuando su marido ajustaba remuneraciones de jubilados era “creativo”, pero que Macri es un “ajustador serial” haciendo lo mismo.

El país de las varas diferentes del que somos todos víctimas y victimarios quedó evidenciado en las lecturas de los cacerolazos. Los que estuvieron muy entusiasmados esta semana con la acción cívica habían dicho hace apenas cuatro o cinco años que la misma práctica era destituyente, fascista y elitista. Los que golpearon hace unos años las cacerolas con entusiasmo se pusieron estos días como locos al grito de que los ciudadanos deben respetar la voluntad de las urnas y acatar lo que dispongan sus representantes.

Pero lo que más dañó el tejido social fue la violencia. Esa violencia que le permitió al Gobierno que se debatiera más de eso que de la reforma en sí misma. Y aparecen ahí, por enésima vez, los sectores vinculados a la izquierda, que terminan siendo funcionales a cuanto ellos dicen rechazar.

La izquierda legitimó la reforma de Macri. Por algo no es casual que, después de haber establecido vínculos con varios sectores de la sociedad que le posibilitaron un crecimiento de votos y cierta representación parlamentaria, esta lleve algunos turnos electorales en retroceso.

Mientras, Macri repite su táctica de ponerse objetivos de máxima, aparecer haciendo concesiones o cediendo (el bono, la combinación inflación-salarios en actividad para el cálculo) y después avanza respecto del punto de partida.

Eso sí, lo hace en un país que de predecible y estable sigue teniendo poco y nada. Y vaya a saber si algún día lo tendrá.