Cristina, esperando a los alfiles
Si se apura aún más el análisis político, se percibe una contradicción adicional entre el diagnóstico de la expresidenta y su curso de acción en lo inmediato.
Para quienes esperaban el anuncio de una candidatura, la reciente disertación de la expresidenta Cristina Fernández en el Instituto Patria les dejó el regusto ácido de la vacilación.
Decir que no se lanzará a la disputa electoral sin el consenso unánime del justicialismo es, al mismo tiempo, la descripción de un anhelo casi inviable y la primera admisión explícita de un liderazgo fenecido, al menos en aquellas condiciones hegemónicas en las que existió en su hora más gloriosa.
Si se apura aún más el análisis político, se percibe una contradicción adicional entre el diagnóstico de la expresidenta y su curso de acción en lo inmediato.
En su descripción de la realidad nacional, Cristina advierte de las oscuridades de un abismo. Un escenario sombrío en el que supuestamente la coalición Cambiemos ha subsumido a la patria. Este escenario dramático, sostiene, es el que la impulsa como un imperativo histórico a protagonizar la resistencia.
No obstante, a la hora de liderar esa reacción en las urnas no parece dispuesta a encabezar la gran marcha si de inicio tiene que competir en primarias con aquellos que en su unidad básica no entienden la magnitud del desafío histórico que ella observa tan claro y evidente como un mediodía.
Florencio Randazzo empezará a existir si esa defección se confirma. María Eugenia Vidal descree y, por las dudas, prepara a su gobierno para competir con la expresidenta.
Pero vista desde la perspectiva del debate de las ideas, la novedad que dejó Cristina fue un discurso definitivamente anclado en la reivindicación del pasado.
Todo lo que mostró como propuesta para adelante, se reduce a restaurar hasta el detalle aquello que se dejó atrás.
Sería injusto decir que esta propensión por la arqueología ideológica ha sido una constante del kirchnerismo.
Durante sus años de esplendor, Cristina no sólo lideró el proceso político argentino, sino que aventajó ostensiblemente a sus adversarios en la construcción de una narrativa que –tomando como propias tradiciones discursivas abandonadas en el país y sumándole elementos del nacional populismo que marcó la primera década del siglo en Latinoamérica– logró constituirse en el codiciado lugar de lo nuevo.
Esa construcción fue una mezcla precaria de aforismos de Arturo Jauretche y consignas del peronismo setentista, hasta que el grupo Carta Abierta le aportó algunas lecturas de época un poco más sofisticadas. Desde Alvaro García Linera, hasta Ernesto Laclau.
Si se analiza el último pronunciamiento de Carta Abierta (http://bit.ly/2r00dbm), puede comprenderse por qué la expresidenta, en su nueva etapa política, se ha quedado sin el privilegio de la novedad con la que antes contribuyeron sus alfiles ideológicos.
Un componente central del relato K, en los tiempos en que fue innovador, fue el relativismo de origen nietzscheano que el posmodernismo había trabajado en la década de los años ‘90 y la intelectualidad kirchnerista postuló como un dogma irrefutable: no hay hechos, sólo interpretaciones.
El axioma fue defendido no sólo con pasión política. Fundamentó el mayor de los embates normativos de Cristina: el que emprendió contra los medios de comunicación independientes.
De ese relativismo, que terminó procreando fenómenos como la idea de posverdad y democracia algorítmica de los que se benefició globalmente la extrema derecha, Carta Abierta ha comenzado a tomar una tímida distancia.
Ahora considera necesario subrayar que sus juicios se basan en “recuperar un tipo de enunciado fundamentado en hechos verificables”. Los campeones de la hermenéutica ahora regresan a mirar de reojo al conocimiento fáctico.
El problema es que es esa una tradición del pensamiento que, de tanto haber subestimado, desconocen.
Carta Abierta se abre apenas hasta Thomas Piketty, el economista que estudió la relación entre la tasa de acumulación de capital y la inequidad social. Cuando el capital crece más rápido que la economía, entonces la desigualdad aumenta.
Los intelectuales kirchneristas creen ver allí la última innovación intelectual que pueden proponer al discurso de Cristina: la aceleración en la construcción de desigualdad, es congénita al capitalismo y es también el pecado original de las políticas de Mauricio Macri.
Pero el aceleracionismo es una tesis que también le ha servido a los cultores de la nueva derecha para justificar el aislamiento nacionalista.
El manifiesto fundacional del aceleracionismo, publicado por Alex Williams y Nick Srnicek, data de 2013. Un año en el que Carta Abierta soñaba con cambiar la Constitución porque creía en la eternidad del socialismo del siglo 21. Desde entonces, Cristina se quedó sin letra.

