Cristina, el grandote y el esmirriado
La lógica básica de los gobiernos kirchneristas fue quitarles a las áreas más eficientes y productivas de la sociedad para financiar a los sectores menos eficientes y productivos: del sector privado, al sector estatal o paraestatal; del interior central del país, al Gran Buenos Aires y a las provincias más atrasadas; de empleos capaces de competir internacionalmente, a empleos sólo viables con subsidios.
La lógica básica de los gobiernos kirchneristas fue quitarles a las áreas más eficientes y productivas de la sociedad para financiar a los sectores menos eficientes y productivos: del sector privado, al sector estatal o paraestatal; del interior central del país, al Gran Buenos Aires y a las provincias más atrasadas; de empleos capaces de competir internacionalmente, a empleos sólo viables con subsidios. Al principio, a casi todo el mundo le pareció bien. Una sociedad sin vías de solidaridad no tiene destino. Y en 2003 eso era imperativo. Pero los gobiernos kirchneristas no quisieron, no pudieron o no supieron invertir con buen ojo los cuantiosos recursos públicos que gastaron. El criterio que mandó fue el de la concentración de poder, bordeando la demagogia y el cesarismo.Ese gasto se hizo básicamente a cambio de apoyos plebiscitarios; no de modo tal que la productividad general y real de la sociedad subiera.Ejemplos: el Gobierno derramó y forzó a las provincias a derramar millones sobre la enseñanza, pero nunca exigió al sistema educativo una mejora de desempeño. Gastó fortunas en asistencia social, pero termina su era impidiendo que se mida la pobreza para que no se vean los resultados escasos. Trazó rutas en lugares casi despoblados y les renovó trenes a pasajeros del Gran Buenos Aires que en muchos casos no pagan un boleto casi regalado. Pero llueven tres gotas y no hay forma de sacar la leche de los tambos, mientras la falta total de canales deja a porciones enteras de la pampa bajo agua. En tales condiciones, los sectores menos productivos no sólo crecieron sin pausa: no mejoraron. Así que casi nunca pudieron pasarse del equipo de los ayudados al equipo de los ayudadores. Y los más productivos que bancaban al resto no sólo se achicaron: hoy están exhaustos. Muchos, incluso, se pasaron de los ayudadores a los ayudados. Se puede ver en las subsidiadas fábricas fueguinas de electrodomésticos, que teclean, y en la gran minería –que paga impuestos y regalías–, con sus inversiones congeladas; en las protegidas armadurías de motos –cuya burbuja de clientes ya está endeudada o carece de financiación– y en la vital industria de la maquinaria agrícola, que no necesita muletas pero cuyo cliente, el agro, ha sido saqueado y desmoralizado.Si lo pudiéramos ver en una sola figura, sería la de un grandote cada vez más pesado a cococho de un esmirriado cada vez más raquítico.Eso ha tocado fondo. Y es la raíz de la inflación. El Gobierno ya no puede repartir más que papeles a un grandote somnoliento y tambaleante, porque el hombrecito que lo lleva ya no tiene más recursos genuinos que transferir.El próximo Gobierno tendrá tres opciones básicas: pegarle cada vez más latigazos al esmirriado; bajar de un golpe a todos los que van sobre los hombros; o intentar un camino gradual, bajando a los que duermen la siesta y simulan que no pueden caminar, para darles un respiro a los que tiran desde abajo.Para cualquiera de esas tres cosas se necesitará un enorme poder político. Y hoy nadie parece tenerlo garantizado.

