Como unas primarias de las primarias
La enfermedad de la Presidenta, como no le ocurrió nunca antes en ejercicio del cargo, le ha impedido conducir el Gobierno en un tramo crucial para su futuro político.
La presidenta de la Nación no está gobernando, ha dicho el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina. No está tomando decisiones, ni se está informando sobre el curso del país, en atención a las estrictas prescripciones de los médicos que la operaron hace dos semanas. El presidente interino, Amado Boudou, tampoco está gobernando. Según sus propias palabras, las resoluciones oficiales se toman en Balcarce 50, que es la dirección de la sede del gobierno argentino. El vicepresidente a cargo del Ejecutivo, con oficina temporaria en el Banco Nación, atribuyó a la Casa Rosada (un lugar antes que una persona y, en sentido figurado, un grupo de personas innominadas) la responsabilidad que la Constitución le asigna personalmente en caso de enfermedad del jefe del Estado.
Este es el contexto institucional en el vértice del país que concurrirá a elecciones el domingo que viene.
La enfermedad de la Presidenta, como no le ocurrió nunca antes en ejercicio del cargo, le ha impedido conducir el Gobierno en un tramo crucial para su futuro político.
Las elecciones primarias de agosto anticiparon la resolución de incógnitas que en el plano de la teoría podían permanecer abiertas hasta el domingo 27. Al fracturarse el peronismo en el distrito más poblado del país e imponerse allí el candidato que corría por fuera de la coalición oficialista, las posibilidades de articular una maniobra para forzar la autosucesión de Cristina se redujeron a la mínima expresión. Las primarias alcanzaron para sugerir que alguien no estaría en la grilla del 2015: la candidata del Gobierno, nada menos.
Aquellos comicios no definían los nuevos parlamentarios, que son los únicos que pueden votar la necesidad de una reforma de la Constitución. Pero adelantaron el reloj del domingo 27.
Los mercados se anticipan, suelen decir los profetas de Wall Street. De manera similar a los comicios de agosto pasado, puede ya percibirse que las elecciones del próximo domingo están prefigurando un escenario pautado para más adelante. Las acciones de los principales contendientes de Buenos Aires, Sergio Massa y Daniel Scioli, lo atestiguan.
En el fárrago de declaraciones de campaña, Massa desgranó una definición que no es menor: aunque se considera candidato, no piensa participar en las elecciones primarias del Partido Justicialista para elegir el futuro postulante a la presidencia. Scioli, en tanto, recuperó en el desván al viejo y derruido Consejo Nacional del PJ, y lo utilizó para enviar la señal contraria. A su modo, ambos están dibujando la grilla de partida de la elección que viene. Las primarias como método para decantar la competencia política pueden quedar de nuevo frustradas a partir del domingo si esas posturas se mantienen. Muy probablemente, el partido más relevante del país podría desecharlas de nuevo para elegir al más importante de sus candidatos. Eludiría de ese modo el régimen electoral vigente, que ha resultado en una elección presidencial de doble turno, con la posibilidad adicional de un balotaje. Sólo si el núcleo duro que rodea a la Presidenta decide presentar un candidato propio y abandona a Scioli, habría posibilidades de que ese juego se revierta.
Ninguno de los problemas que enfrenta el país real parecen estar considerados en esos cálculos. La economía acumula desequilibrios que si desde el Gobierno no se enfrentan con la premura del caso, empujarán a un ajuste desordenado. La experiencia indica que ese desorden suele ser indiferente a sus impactos sociales.
Mientras tanto, casos como el del gobernador de Santa Fe, cuya casa fue baleada por sicarios, emergen como demostraciones de que la política está siendo desbordada por graves desafíos provenientes de la narcocriminalidad, con una magnitud sin precedentes desde la restauración democrática.
Las investigaciones judiciales que en Córdoba motivaron la detención de jefes policiales por su presunta vinculación con el tráfico de estupefacientes expusieron un resultado preocupante para la sociedad: la dirigencia política se abalanzó sobre los hechos con una propensión voraz hacia la descalificación mutua y –pese al momento propositivo que supone toda campaña electoral– en la mayoría de los casos, no superó el estadio de la santa indignación.
Una emoción justificada, pero simplista. Cuando corresponde a la política razonar la complejidad.

