Caminito al costado del mundo
Es la Cristina narradora. Pero ocurre que Cristina es presidenta.
Con una crisis enorme, sin resolución a la vista, la Presidenta entendió que debía decir algo. Frente a una situación extrema, el silencio que venía manteniendo generaba la sensación de vacío de poder. Eligió una variante discursiva que no aleja esas preocupaciones (ver Para Cristina Fernández, hay conspiración en su contra).
Acorde con la oportunidad, pronunció un mensaje que se alejó de la tradición setentista de la juventud maravillosa y buscó entroncar con el relato alfonsinista. De repente, no estaba entre los echados de la plaza, sino en el Cabildo, a la par de Nilo Neder. Esa variante toca una cuerda sensible de la generación que protagonizó la restauración democrática. Resuena aún como el rezo laico del Preámbulo.
Esa es Cristina narradora. Pero ocurre que Cristina es presidenta. Para que ese relato no se convierta en trampa cazabobos, en una evocación mítica que no arbitra conexión con la realidad, conviene ubicarlo en el contexto del presente, caotizado por asonadas policiales y una ola de saqueos.
En Tucumán, los policías que acababan de obtener aumento vía motín reprimían anoche a ciudadanos que les reprochaban su deserción. Negar toda mención a la muerte violenta de nueve argentinos, desconocer la desesperación de millones que quedaron a merced del delito y compelidos a defenderse a sí mismos, no es menos síntoma de ausencia de poder que enmudecer en los jardines de Olivos.
Caminar al costado del mundo, atribuir al otro las responsabilidades propias, limitarse a comentar con espanto de vecina el caos cuyo control le atañe, ni siquiera remite al último alfonsinismo. Si gobernar es exhibir a Sofía Gala, hay una sombra de alienación sobre el país. La Presidenta no necesita aclarar que jamás saqueó un almacén. El juicio de residencia comienza en 2015. Que ayude a coagular la violencia, es suficiente. Porque mientras tanto, ser socio de esta sociedad, te puede matar.

