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Cadenas sin tiempo

Es toda una curiosidad que sea el candidato de la continuidad quien esté generando expectativa con los ­ministros del cambio, tras 12 años de política monocolor.

12 de octubre de 2015 a las 12:01 a. m.
Cadenas sin tiempo

Por cadena nacional, Cristina Fernández salió en los últimos días en auxilio del candidato oficialista, porque las críticas tras el primer debate presidencial estaban haciendo mella en Scioli.

La ausencia de Scioli en el debate puso en duda su capacidad para captar votos independientes y, peor aún, su grado de autonomía frente a la voluntad omnipresente de la Presidenta que se va. Una secuencia inédita de mensajes de transmisión abierta, simultánea y obli­gatoria se produjo entonces, para distraer del atril vacío la mirada de las audiencias masivas.La maniobra, no obstante, no resultó del todo eficiente. Entre los temas elegidos para retomar la iniciativa, la jefa del Estado enarboló con tono épico el final de la etapa de desendeudamiento que, según la mitología oficial, comenzó con los canjes de deuda ejecutados desde la presidencia de Néstor Kirchner.Al menos tres flancos débiles ofreció el argumento presidencial. No había concluido el discurso y el Ministerio de Economía ya estaba ofreciendo nueva deuda a tasas elevadas, ­para tapar los huecos en las reservas del Central. La narrativa del desendeudamiento, por otra parte, choca frontalmente con el eje de la propuesta económica dominante –si no la única– del candidato presidencial oficialista: Scioli promete eludir una devaluación en enero consiguiendo fondos por nueva deuda. Fondos que llegarían con el cambio de expectativas que despierta el fin del gobierno de Cristina. Lo que para la ortodoxia gobernante es un mérito de su gestión (la adecuada proporción de incidencia de la deuda ­sobre el producto interno bruto), para el candidato parece ser una tabla de salvación frente al naufragio cada vez más ­evidente de todas las restantes variables de la economía. Por último, el relato de Cristina pre­firió obviar lo que es hoy la astilla más punzante entre las autoridades que se van y aquellas que prometen sucederlas desde su mismo espacio político: si el proceso de desendeudamiento ha concluido, ¿qué hacen discutiendo en público los sciolistas y los cristinistas sobre el pago adeudado a los fondos buitre? Ayer nomás, el ministro Axel Kicillof le tiró a Scioli porque los emisarios del gobernador bonaerense a Wall Street andan sugiriendo arreglar las cuentas pendientes con los holdouts .Enfrente, el gobernador salteño Juan Urtubey plantea sin eufemismos –ni desautorización de su candidato– que la única forma de terminar con ese pleito es sentarse a negociar un acuerdo.Esta guerra ya declarada entre las dos facciones principales del poskirchnerismo no pudo ser acallada por las fruslerías proselitistas transmitidas en cadena.En ese marco, Cristina disparó una señal hostil a través de sus legisladores afines en la Cámara de Diputados. Con el Presupuesto 2016, impuso la política económica de su sucesor, con parámetros tan ajenos a la realidad que serán de cumplimiento imposible.Como única concesión, renovó la legislación de emergencia: el nuevo presidente deberá gobernar por decreto. Cada medida, en consecuencia, quedará atada –hasta su sanción ficta– a la voluntad de los bloques parlamentarios que reporten al liderazgo en retiro, exiliado en El Calafate o itinerante por el mundo.La única vuelta de tuerca que le encontró Scioli a este cerrojo (que, entre otras incomodidades, provocó la reacción negativa del gobernador electo Juan Schiaretti) fue comunicar de a poco la conformación de su eventual gabinete de ministros.En ese movimiento, el gobernador bonaerense mostró mejores reflejos tácticos que su principal competidor, Mauricio Macri. Como principal liderazgo opositor, Macri pudo haber construido desde 2013 un gabinete en las sombras, para promover políticas alternativas y posicionar referentes de gestión.Es toda una curiosidad que sea el candidato de la continuidad quien esté generando expectativa con los ministros del cambio, tras 12 años de política monocolor.Scioli, además, impulsa a gobernadores para ampliar la base federal de su coalición.Macri ha quedado restringido al aporte de dos candidaturas fuertes, María Eugenia Vidal y Gabriela Michetti, que no exceden los límites de la moderna sede del gobierno porteño en Barracas.El jefe del PRO acertó, en cambio, al rescatar demandas que flotan en la sociedad como consecuencia del final de Cristina. Al reaccionar con dureza frente al abuso de las cadenas nacionales previstas por ley sólo para situaciones de excepción, el candidato de Cambiemos sintonizó con una percepción social generalizada.La Presidenta comunica de prepo la nimiedad que le venga en gana, para favorecer a sus familiares y amigos y en contra del espíritu de la ley que alguna vez promovió para transformar la competencia política en algo menos discrecional y más equitativo.Macri regresó con esa opinión a la diferenciación con Cristina. Un esquema discursivo que debió abrazar apenas vio que para Scioli era imposible exhibir matices con la presidenta en ejercicio. Sergio Massa aprovechó primero esa ventaja.Una campaña electoral es una carrera contra dos recursos irremediablemente escasos: el dinero y el tiempo. El candidato de la Casa Rosada jamás tendrá que lidiar con la primera de esas limitaciones. Esa desigualdad de origen obliga a la oposición a acertar sus tiempos con la precisión de un experto. Hasta el último día.