Algo más que mitos urbanos
Asumámoslo. Como desconocemos la inflación efectiva de los últimos cuatro años y medio tampoco sabemos ya si la economía argentina es competitiva o no. Adrián Simioni.
Asumámoslo. Como desconocemos la inflación efectiva de los últimos cuatro años y medio tampoco sabemos ya si la economía argentina es competitiva o no.
Además, tampoco se puede hablar ya de un solo tipo de cambio: está el dólar a 4,60, que reciben los importadores seleccionados a dedo por los funcionarios; el dólar que reciben los sojeros (apenas 2,99); el nuevo “dólar turista” (5,35); el “celeste”, para comprar departamentos en Nueva Córdoba (5,51); el “blue” puro y duro, el único al que pueden acudir los pequeños ahorristas para eludir la inflación (6,36); incluso está el dólar implícito en las tarifas de distribución de gas (¡que sigue en el uno a uno!) La lista sigue.
Pese a esa oscuridad, basta el confuso y constante flujo de regulaciones que brota de la Afip, la Secretaría de Comercio y el Banco Central sobre quién puede importar qué y hasta qué monto, cuántas veces al año y bajo qué condiciones, para constatar que, efectivamente, el tipo de cambio está retrasado. Si no, para qué se tomarían la molestia.
Esas trabas son las que permiten sostener a varios sectores industriales insuficientemente productivos como para competir: es el plano de la economía real.
Y, a la vez, le ayudan al Banco Central a evitar que otros se lleven los dólares baratos que Mercedes Marcó del Pont debe regalarle al Poder Ejecutivo, incapaz de colectar con su propia plata los fondos necesarios para pagar su deuda. Es el plano fiscal.
El problema es que esta farragosa receta es demasiado antigua para un mundo que ya no es el de la década de 1950:
La industria es interdependiente. Renault, que acaba de avisar que hoy vuelve a suspender operarios por falta de suministros, demuestra que las complicaciones que las trabas imponen a la economía no son un “mito urbano”, como dijo con tono burlón Cristina Fernández, el lunes a la noche, en Tecnópolis.
Los grupos económicos están diversificados. Sólo eso explica el lamento de Paolo Rocca, jefe de la Organización Techint. Su acería Ternium se benefició siempre con la protección industrial, pero su petrolera y operadora de transporte de gas, Tecpetrol, se perjudica con los congelamientos de precios energéticos. Como está en todos los mostradores, Techint condensa el corto alcance de una política que ha decretado beneficios para unos a costa de perjuicios para otros, distorsionando precios.
Los rubros fabriles con esperanzas de sobrevivir deben tener cada vez más escala. Unos pocos miles de celulares embalados en Tierra del Fuego no podrán jamás con los millones de aparatos que escupe China. A menos que los operarios fueguinos cobren menores salarios que los chinos. O que la electrónica, en Argentina, cueste el doble que en el resto de los países, como pasa hoy.
Devaluar lisa y llanamente es, la mayoría de las veces, admitir un fracaso: no haber sido capaces de lograr como sociedad ganancias genuinas y sistémicas de productividad que permitan pagar salarios reales y sustentables cada vez más altos. Es lo que ha pasado. Y no es la primera vez.

