Todo gobierno argentino aspira a que su gestión sea fundacional. Es una aspiración heredera de una pasión inconducente. Juan Bautista Alberdi la describió: es el deseo de gloria. “La plaga de nuestra pobre América del Sur”. Donde no se percibe que un año de quietud beneficia más que una década de gestas gloriosas.
En uno de los rincones de su discurso ante el Parlamento, el Presidente encontró sin querer la fórmula retórica de su propia refundación. Mientras lanzaba advertencias por la inflación, convocó a terminar con la remarcación como una “inercia maldita”.
Visto en perspectiva, el mensaje presidencial fue un recorrido por las innumerables inercias malditas que retienen al país en una crisis estructural, que siempre regresa con la regularidad de las mareas.
Están las inercias que el Gobierno advierte y de las cuales se anuncia como verdugo. La inercia maldita del endeudamiento, la de la recesión, la de la manipulación facciosa de la Justicia, la de los sótanos de la democracia y el espionaje político, la del crecimiento de la pobreza.
Y están las inercias en las que el Gobierno corre el riesgo de ser pernicioso protagonista: la de enfrentar la crisis con herramientas que ya fallaron y apelando a la improvisación, la inercia de enunciar plataformas de consenso y gobernar con el puño cerrado, la inercia de declamar la democratización de las instituciones pero buscando el beneficio sectorial que paga debilitarlas.
Alberto Fernández dejó en el Parlamento una impresión difícil de refutar. En las democracias desarrolladas, el poder se gana con el diagnóstico. Pero se gobierna ejecutando un plan. El mensaje del Presidente mantuvo la peor inercia de sus predecesores: cismático con el diagnóstico, famélico con el plan.
Fernández esperaba tener para el inicio de sesiones un acuerdo avanzado sobre la reestructuración de la deuda. No ocurrió. La discusión está en veremos. El Presidente se vio obligado a enumerar medidas conocidas –el anclaje del dólar, de los precios, de las tarifas– y otras muy menores. No puede enunciar metas de política monetaria y fiscal.
Se vio en el discurso: Argentina es un país sin presupuesto para el año en curso, que declama los objetivos del presupuesto 2021.
La economía tuvo en el mensaje presidencial la centralidad y el tiempo necesarios. Pero la orfandad de programa es un vacío que tiende a llenarse con la enumeración de detalles. O con la constatación del ajuste en la calle.
Alberto Fernández suplió las carencias discursivas sobre la economía con el anuncio de una reforma judicial que ya comenzó. Con la inercia de los debates enmascarados. El Gobierno conseguirá vacantes al por mayor tras la poda jubilatoria. Una posición más que cómoda para anunciar que se acabó la era de los jueces adictos al poder. Al poder ajeno, claro está.
En esa contradicción merodea otra inercia maldita de la que el propio Presidente debe desligarse. Fernández dijo que la palabra se ha devaluado en Argentina y que toda simulación e impostura es una mayúscula perversión.
Para deconstruirse de su propia inercia, ¿el Presidente no le debe todavía a la sociedad un sinceramiento de la palabra devaluada con la que atacó a Cristina y la reivindicó después? La verdad tal vez pueda ser sinfónica. Nunca con un director de orquesta renuente a la afinación.
El propio Fernández ganó ayer un crédito personal para ese camino. El anuncio de la legalización del aborto fue el más aplaudido. Acaso porque, en ese tema, el Presidente puede dar fe de la coherencia en el tiempo de su opinión personal.

