Al enemigo, ni injusticia
La venganza de Cristina contra los que investigaron por corrupción a la banda en fuga que la rodea está en plena ebullición. Edgardo Moreno.
En pocos días más, el kirchnerismo cumplirá una década en el poder. Discutir, después de 10 años de experiencia, sobre el significado de la acción democratizadora tal y como la entiende el oficialismo suena a candidez o a distracción deliberada.
La democracia jamás será para este Gobierno el ideal que imaginaron los pueblos al luchar contra las tiranías. Tomará de esas ilusiones libertarias los destellos más convenientes, adoptará la amplitud de su nombre, que ha devenido al cabo de siglos un significante valioso. Pero no será más que una excusa para el ejercicio férreo de una facciosa voluntad de poder.
Para ratificar esta comprobación, la Presidenta lanzó lo que había anunciado en la apertura de sesiones del Congreso y que sólo demoró cuando un rayo detonó en el Vaticano.
La venganza de Cristina contra los jueces que desobedecieron las porfías ilegales de su gestión, o investigaron por corrupción a la banda en fuga que la rodea, está en plena ebullición. Sus legisladores apuran en el Congreso un conjunto de proyectos de control de la Justicia. La misma que alguna vez se vanagloriaron de prestigiar, al desmontar la mayoría automática del menemismo en la Corte Suprema. A mediados de 1971, Fernando Solanas y Octavio Getino entrevistaron al general Juan Perón. Hablando de la lucha contra las dictaduras, el expresidente desgranó una frase tumultuosa: “Al enemigo, ni justicia”. El kirchnerismo ha decidido reinterpretarla hoy, a la luz del “nunca menos”. Y no es la primera pirueta de los democratizadores.
Reforma electoral. Cuando lanzaron la novedad de las primarias abiertas, el relato prometía un nuevo sistema de partidos, equilibrado y eficiente, para dar cuenta de la dinámica de la representación política tras el colapso de la Alianza. El resultado evidente y concreto ha sido la consolidación hegemónica del sector partidario en la administración del Estado. Y el más grande desequilibrio entre fuerzas políticas que se recuerde desde la restauración democrática.
Ley de medios. Venía también a equilibrar la palabra porque, según la fe progresista, en el principio está el verbo. Tampoco esta promesa fue cumplida. Las voces diferentes del relato oficial apenas encuentran cabida en los medios que aún subsisten al atropello de la Casa Rosada. En las redacciones estatales, el escarnio alcanza incluso a los que, confiados en aquella promesa de respeto a la diversidad, decidieron jugarse por las buenas intenciones del kirchnerismo.
Ambos dispositivos, la reforma electoral y el control de medios, formaban parte de una misma avanzada sobre el sistema político.
En rigor de verdad, las leyes respectivas fueron sancionadas por el oficialismo tras quebrar a la oposición, cuando esta todavía ejercía las mayorías obtenidas en 2009.
Nuevamente ahora, esas dos herramientas se unen en la voluntad del poder administrador. En el origen de la atropellada sobre el Poder Judicial está sin dudas la derrota presidencial del 7-D en la controversia por la inconstitucionalidad de la ley de medios. Y en el final, la mezcolanza inadmisible del control de los jueces con las internas de los partidos. Detrás de la cual se está colando una inédita restricción de la autonomía individual frente al Estado.
A este se lo presenta, si se observa con atención, como una víctima pobre, indefensa y desvalida frente a la libertad de los ciudadanos, solos o asociados.
La combinación de la fragmentación de los partidos, del control de medios y de la avanzada sobre la Justicia, hace que el sistema político cruja en estos días.
En la Casa Rosada, porque el horizonte delfinal comienza a desesperar a una facción que ha saqueado el Estado. Mientras el vicepresidente de la Nación, engendrado in pectore por la Presidenta, camine con la libertad que no debe asistir a los que delinquen, será difícil para el oficialismo controvertir esa afirmación.
En la oposición, porque ha finalizado el tiempo del discurso hostil junto al voto contemplativo. Circula en las redes sociales la convocatoria a una nueva protesta contra el Gobierno para el próximo jueves. Una novedad podría surgir de ese runrún callejero si los indignados admiten a los dirigentes opositores y estos asumen el desafío de los indignados.
Allí se sabrá si las multitudes que protestaron en ocasiones anteriores caminan al encuentro de una expresión política de sus planteos. También se verá si los dirigentes opositores deciden abrirse de la vetusta pero eficiente “corpo” política en la que el oficialismo los incluye a veces, y sólo como socios bastardos.

