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Unidad o nacionalismo

El histórico prestigio rector de Europa se ha devaluado. Su débil voz se pierde en el vacío creado por sus fuertes contradicciones. J. F. Marguch.

11 de junio de 2012 a las 12:02 a. m.
J. F. Marguch Periodista
Unidad o nacionalismo

"Donde debiera prevalecer una lógica europea y de proyecto en común, se ha impuesto una lógica basada en los intereses nacionales, en las identidades y en los particularismos. Grecia ha sido y es la prueba evidente de todo esto: la irresponsabilidad de las elites griegas y la falta de liderazgo de las elites europeas han generado un círculo vicioso que conduce directamente hacia la desintegración y la ruptura", escribía Felipe González el 31 de mayo último. Agregaba: "El único recurso que le queda a la Unión Europea (UE), no sólo frente a nuestra crisis generalizada sino para lograr incorporarnos a la nueva realidad global, es más Europa y menos nacionalismo rampante. Europa debe optar entre avanzar en forma decidida hacia la federalización de las políticas fiscales y económicas (además de los aspectos fundamentales de la proyección exterior) o deshacer, a un precio desorbitado, el largo camino ya recorrido hacia la construcción europea".Cuando el ex presidente del gobierno de España aboga por un mayor peso específico de la Unión en la "proyección exterior", está reconociendo que en las relaciones internacionales la comunidad de 27 naciones que la integran mantienen paralizantes disensos internos, que la tornan inoperante, como sucedió en las graves crisis de los Balcanes, Medio Oriente, Irak, Afganistán.Sólo en Libia, y por presiones de Nicolas Sarkozy, anterior presidente de Francia, se tomó el relevo de Barack Obama, maniatado, por su resquebrajado frente interno, harto de costosísimas y humillantes aventuras militares. Pulgar abajo. El histórico prestigio rector de Europa se ha devaluado. Su débil voz se pierde en el vacío creado por sus fuertes contradicciones. "La tentación dominante en la actualidad es dar pasos cortos y tardíos, que no resuelven ningún problema y crean cada vez más frustración entre los ciudadanos", señaló González. No se avizora en lo inmediato un regreso al protagonismo del pasado, aun cuando el nuevo presidente de Francia, François Hollande, conquiste en las elecciones parlamentarias iniciadas ayer y que culminarán el próximo domingo 17, una robusta mayoría que le permita legitimar un liderazgo en el bloque de países que resisten la dura hegemonía de la canciller alemana Angela Merkel. Una sociedad Merkel-Hollande no aparece como viable en los meses venideros. Por supuesto, lo exterior no es prioritario en la agenda de la UE. Lo económico seguirá siendo, por algunos años más, el tema absorbente, aunque a partir de 2013 algunos países comiencen a dejar atrás las recesiones causadas por su crisis sistémica, agravada por las recetas tóxicas incluidas en el vademécum de los tratados de Maastricht que dieron nacimiento a la UE. Decía al respecto González: "Cuando se decidió que debía haber una divisa única, el euro, y un único Banco Central (el BCE), nos olvidamos de unos cuantos elementos fundamentales para que el sistema funcione como es debido. No es posible una unión monetaria con políticas fiscales y económicas diferentes". Una dirección posible. Hacia la política fiscal común, un primer paso puede ser el Tratado Intergubernamental sobre Fiscalidad, sancionado con la oposición del Reino Unido y la República Checa. Con el acuerdo sobre fiscalidad, se trata de arrancar hacia la plena vigencia del Tratado de Lisboa (2007-2009), que modificó el Tratado de la Unión Europea (Maastricht) y el Tratado Constitutivo de la Comunidad Europea.Hasta ahora sólo lo ratificaron los parlamentos de Grecia, Eslovenia, España, Irlanda, Polonia y Rumania, es decir, países periféricos. Faltan los grandes (Reino Unido ya se pronunció en contra), como la propia Alemania y Francia, que, todo parece indicarlo, ya no obrarán de mancomún y en forma solidaria. El pacto fiscal obliga a incluir en sus legislaciones o constituciones la llamada "regla de oro", que obliga a mantener el déficit estructural anual por debajo de 0,5 por ciento del producto interno bruto (PIB). España ya lo hizo. Pero si no se cumplieron los solemnes compromisos de Maastricht, ¿qué garantiza que lo hagan con un tratado que no requiere la unanimidad que se impuso en los días fundacionales vividos en la histórica ciudad holandesa (febrero de 1992)? Todo por una moneda. No es fácil alcanzar una unión económica cuando ni siquiera se pudo lograr, en estos 20 años, una moneda común blindada de certidumbre. La crisis financiera actual reveló la creciente desconfianza que suscita el euro. La mitad de los franceses cree que su adopción fue negativa para su país, proporción que se eleva al 56 por ciento en el caso de los jóvenes; en Italia, proliferan los movimientos en favor del retorno a la lira; los polacos defienden su moneda nacional, el zloty , como si se tratase de rechazar otra bestial invasión nazi-soviética; el 70 por ciento de los alemanes expresa "escasa o ninguna confianza en la moneda única", a pesar de que la divisa tiene una incidencia importante en el afluente comercio exterior germano: la UE es el principal destino de sus exportaciones (el 59,2 por ciento, pero en disminución, si se las compara con el 64,6 por ciento de hace cinco años, precisamente en los umbrales de la crisis actual). Para completar un panorama de turbulencias internas y externas, un reciente informe del Fondo Monetario Internacional afirma que "Alemania no es actualmente una locomotora económica para Europa y su fortaleza se basa sólo en las exportaciones. Lo que Alemania vende es lo que la hace grande hacia afuera, pero su demanda interna es reducida y no estimula el crecimiento europeo en el corto plazo". Y advierte: "Si no aplica reformas importantes, condenará a toda Europa a la mediocridad económica".