Una oportunidad a la fraternidad social
La fraternidad está en el ADN de todo ser humano y la familia es la primera escuela que ayuda a despertar este sentido fundamental para la vida.
La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios: un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser humano.
En varias de nuestras columnas ya hemos expresado la necesidad de una fraternidad social; incluso hemos recuperado una tradición nacional que, como ninguna otra, expresa este deseo: compartir el mate.
Sin embargo, en varias de nuestras provincias hemos vivido situaciones lamentables que han lastimado nuestro tejido social.
De diversas maneras, en este comienzo de año, el Espíritu Santo sigue inspirando palabras de iluminación, de consuelo y de audacia para reconstruir nuestras relaciones.
El pasado 1° de enero se celebró mundialmente la Jornada por la Paz, que iniciara el papa Pablo VI en 1968. El lema de este año es: “La fraternidad, fundamento y camino para la paz”. Los cristianos no creemos en las coincidencias, sino en la providencia de Dios.
El papa Francisco, en el primer mensaje de esta jornada, nos señala ante todo que la fraternidad no es una opción –como ir al cine o ver un partido de fútbol, votar a este o a aquel candidato–. La fraternidad está en el ADN de todo ser humano y la familia es la primera escuela que ayuda a despertar este sentido.
“La fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera. Y es necesario recordar que normalmente la fraternidad se empieza a aprender en el seno de la familia”.
El profesor de filosofía José Ramón Pérez recordaba que los ideales de la revolución francesa (libertad, igualdad y fraternidad) “son insostenibles sin un padre común, porque ¿quién pone los criterios para que se cumplan?”
Precisamente el obispo de Roma lo resaltaría en su mensaje: “una fraternidad privada de la referencia de un padre común, como fundamento último, no logra subsistir. Una verdadera fraternidad entre los hombres supone y requiere una paternidad trascendente”.
Para no desalentarnos, Francisco nos indica cuál es la fuente para vivir esta profunda realidad: “La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios (…) un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser humano (cf. Mateo 6,25-30). Una paternidad, por tanto, que genera fraternidad, porque el amor de Dios, cuando es acogido, se convierte en el agente más asombroso de transformación de la existencia y de las relaciones con los otros, abriendo a los hombres a la solidaridad y a la reciprocidad”.
Ya en 2005, los obispos de Cuba señalaban lo mismo: “Quizá lo nuevo sea dar una oportunidad a la tercera y más olvidada de las reivindicaciones contemporáneas: la fraternidad”. Lamentablemente, los discípulos de Cristo no hemos sabido ser buenos testigos y maestros de fraternidad y la división entre nosotros ha sido un escándalo histórico.
Como siempre, Dios no se deja ganar en generosidad y suscitó en los últimos siglos un movimiento ecuménico para restaurar la unidad. Del 18 al 25 de enero se celebrará en el hemisferio norte la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, bajo el lema: “¿Es que Cristo está dividido?” El mundo necesita ser avivado por el calor fraterno de un “nosotros”, que incluya a todos los cristianos.
Libertad e igualdad no bastaron para este mundo. Es tiempo de dar una oportunidad a la libertad, a la igualdad y, además, a la fraternidad.
*Laico católico. Miembro del Comipaz.

