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Una charla con el papa Francisco

Para los creyentes, el papa Francisco es parecido a un santo; para los ateos, uno de esos hombres que bien pueden ser definidos como sabios.

05 de junio de 2016 a las 12:01 a. m.
Julio Bárbaro*
Una charla con el papa Francisco

La vida me regaló muchas cosas, entre ellas mi amistad con Jorge Bergoglio, hoy papa Francisco. Vengo de charlar una hora con él, vivencia que me emocionó como pocas. Hace años que percibo que su espiritualidad llama la atención a quien tiene la suerte de conocerlo. Para los creyentes, es parecido a un santo; para los ateos, uno de esos hombres que bien pueden ser definidos como sabios.Compartir un rato de diálogo con él es realmente una experiencia excepcional. Santa Marta es un espacio de humildad y soledad. Un poco distantes, pude ver sólo a dos personas; el Papa se acercó casi en silencio, muy parecido a cuando nos recibía como cardenal en su despacho. Asombra la atención que pone a las palabras de quien lo visita. Se puede hablar con él con la más plena libertad.Suelo preguntar y también me atrevo a cuestionar; se me ocurre que la discusión es lo que más le atrae. Guardo dos cartas suyas, manuscritas, en referencia a sendas notas mías publicadas en diarios, letra pequeña y pareja, respuestas profundas sobre temas difíciles.Hablamos de todo: nombres y apellidos, guerras y frustraciones, enemigos que arman campañas en su contra. Le digo que no tuvimos la suerte de tener un "Pepe" Mujica como los uruguayos, alguien que llenó su vida con riqueza espiritual, un hombre que llegó a una gran sabiduría por el camino del ateísmo.

Desunidos

Yo hablo mucho, siempre, pero frente al Papa lo hago seguro de que le interesa escuchar, y entramos de lleno en la política. Sostengo mi tesis de que todo lo que la vida nos regale a los argentinos será convertido en motivo de confrontación.

Le digo que si el Papa hubiera sido brasileño, al que lo criticaba lo colgaban en el Maracaná; ellos, como los chilenos, tienen un gran sentido de pertenencia y sienten orgullo por lo que son. Lo nuestro es complicado: somos tribus, parcialidades, sectores que no paran de agredirse y que nunca logran compartir nada.

Le cuento mi teoría sobre quienes lo rotulan de peronista. Sonríe; él siempre fue un pastor, puso la fe por encima de toda otra circunstancia.

Toqué el tema más complicado: su lugar en la grieta nacional y popular, lo difícil que es pacificar, cómo se ignora la diferencia entre política y religión, la importancia del papel pacificador que él tiene.

Hablamos de Mauricio Macri. Me dijo que vivió durante ocho años a pocos metros de él y que sólo tuvo un conflicto. Luego piensa... Y me dice que recuerda que fueron dos, pero que siempre convivieron afectuosamente, más aún por el enfrentamiento de ambos con los Kirchner.

Le cuento que los que se sienten voceros siempre complican todo. Le hago saber que la vez anterior, cuando me autorizó a decir algo en su nombre, no lo hice, y que fue adrede porque no me siento a la altura de expresar sus ideas, pero que hay algunos que dicen todo en el nombre de “su amigo, el Papa”.

Se ríe mucho y me interroga: ¿cómo podría evitarlo?

Todo el diálogo se daba en paralelo a esa complicada relación entre la trascendencia de su persona y sus palabras en el mundo, y la conflictividad que generan en la tierra que lo vio nacer.

Me animé a preguntarle si pensaba que esta difícil relación es pasajera, si el tiempo se encargaría de madurarnos y llegaría el momento en que su viaje significara un doble reencuentro: el del Papa con su pueblo, pero como resultado del de su pueblo con su propia identidad. Que su visita nos permitiera encontrarnos como sociedad, dejar esta enfermedad individualista de todos contra todos y poder compartir una alegría.

Siento que toco el tema de fondo, su visita no es una simple decisión de su parte; debe ser el resultado de un proceso que maduremos juntos, de recuperar el respeto por el otro sin intentar imponerle nuestras propias ideas. Digo: “De que algunos dejen de intentar explicarle al Papa cómo hay que hacer para ser Papa”. Sonríe, sabe que su visita es necesaria, pero también que debe buscar el momento oportuno.

Me despido; habíamos iniciado el diálogo una hora antes. Le entrego dos cartas con pedidos de su bendición, les pone la mano encima y me dice: “Lo más importante es ayudar a los que lo necesitan, no olvidar a los que sufren” (supe luego que a uno de los remitentes lo había llamado dos veces). Toda su vida transita por ese estar al lado de los débiles, de los necesitados.

Me fui tan conmovido que me olvidé de pedir que nos sacaran una foto. Lo vi irse y me pareció exagerado pedírselo. La foto es lo de menos; la charla, de lo más importante de mi vida.

* Politólogo