Todos somos Venezuela
Duele advertir que desde las más altas esferas del Gobierno argentino se proclama la solidaridad con los déspotas venezolanos que oprimen y ultrajan a su pueblo.
En una de las muestras más trágicas de lo que es capaz el autodenominado "socialismo del siglo 21", el gobierno dictatorial de Venezuela está masacrando en las calles a los ciudadanos que reclaman por las libertades que les conculcó. Y cuando digo "dictatorial", asumo la responsabilidad de lo que afirmo, por cuanto dicha calificación no depende de la forma de acceso al gobierno, sino de la manera en que este es ejercido. El Diccionario de la Lengua de la Real Academia define a la dictadura como el gobierno que impone su autoridad "violando la legislación anteriormente vigente", sin importar si fue investido de dicha autoridad mediante elecciones o por la fuerza.Brutales dictadores como Adolf Hitler o Adolfo Stroessner fueron plebiscitados en más de una elección, y a nadie en su sano juicio se le ocurriría afirmar que por esa causa sus gobiernos no deben ser incluidos en dicha categoría.Volviendo a Venezuela y dejando de lado las sospechas de fraude en las últimas elecciones, basta para probar que esa violación que define a las dictaduras ocurre en la actualidad con advertir, por ejemplo, que el Congreso ha delegado en el presidente de la Nación la facultad de sancionar leyes, atropellando de manera burda una de las bases liminares del sistema republicano, como es la división de poderes.Por esa razón, hoy no puede afirmarse que Venezuela siga siendo una república. Y esa sola arbitrariedad –a la que deben añadirse otras tanto o más graves, como la brutal represión aludida, la censura de prensa, las persecuciones políticas, las prisiones y torturas a los adversarios, las confiscaciones, la violencia de las milicias populares bolivarianas, de los "colectivos" y de las bandas armadas paramilitares–debería motivar su expulsión del Mercosur.
El apoyo argentino
Duele, por ello, advertir que desde las más altas esferas del Gobierno argentino se proclama la solidaridad con los déspotas venezolanos que oprimen y ultrajan a su pueblo, mientras uno de sus corifeos más violentos –el inefable Luis D’Elía– llega al extremo de propiciar el fusilamiento del líder opositor.
No deja de resultar sorprendente el cinismo con que manifiestan ese doble patrón moral, que los lleva a aplaudir la violencia ejercida por los que consideran suyos y a repudiar la de sus adversarios con idéntica pasión. Parece que tienen un cartabón ético para cada atropello a las libertades, que varía según el encuadramiento ideológico de su autor.
Así, mientras los crímenes perpetrados por sus adversarios son condenados como abominables delitos de lesa humanidad, los que cometen los que piensan como ellos merecen su aplauso y acceden a la categoría de gestos heroicos, lo que lleva a la conclusión de que lo que les repugna no es el crimen, sino el delito de pensar diferente. ¿En dónde están la tolerancia y el respeto por la opinión ajena que debe ejercer y garantizar un gobierno que se dice republicano?
Incoherencias
Resulta asimismo patética la incongruencia de erigirse en defensores de los derechos humanos mientras enarbolan estandartes con la efigie del Che Guevara, un asesino múltiple y uno de los más sanguinarios violadores de esos derechos en el siglo 20. O haciéndole la corte al fundador de la monarquía dinástica que desde hace más de medio siglo tiene sometido al pueblo cubano bajo una brutal tiranía.
Resulta por ello congruente que el Ministerio de Relaciones Exteriores califique de “evidentes intentos de desestabilización del orden institucional” a las movilizaciones del pueblo venezolano en defensa de su libertad, mientras la propia presidenta de la Nación promueve piquetes y escraches a quienes no simpatizan con su gobierno.
Una esperanza
Parece que las manifestaciones callejeras de los piqueteros oficialistas, habitualmente agresivos y violentos, lejos de desestabilizar el orden institucional, contribuyen a afianzarlo. Pero en medio de los horrores de la represión, una luz de esperanza se ha encendido en Venezuela.
Como suele ocurrir en los momentos más difíciles de la historia de un pueblo, ha surgido un líder joven y valiente, un héroe civil que, como Mahatma Ghandi, Martin Luther King y Nelson Mandela, invita a la resistencia pacífica y se entrega a sus perseguidores.
Mi sentido homenaje a Leopoldo López, que se ha ganado ya con su coraje un sitial de privilegio en la lista de los luchadores por la libertad, y que con su ejemplo contribuye a despertar la conciencia de los pueblos oprimidos, para liberarse de las dictaduras que padecen. Ojalá su sacrificio sirva también para advertir sobre los peligros que entrañan los regímenes populistas a aquellos países que los padecen.
*Escritor e historiador

