¿Son un método razonable las Paso?
El sentido común, sin apelar a más recursos, impone el siguiente interrogante: ¿para qué hacer obligatoria la participación de agrupaciones que se ponen de acuerdo antes de que voten los ciudadanos?
Si bien las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso) pueden ser interpretadas como una innovación del sistema electoral que avanza hacia un modelo maduro de democracia partidaria (Estados Unidos exhibe con sus primarias la experiencia más larga y aceitada), el caso argentino muestra rasgos inéditos que no siempre responden al sentido común. Esta obra de la ingeniería política nacional se asienta, por si fuera poco, en un caótico enjambre de facciones anidado en el sistema político autóctono.Las primarias argentinas fueron concebidas como una selección simultánea de candidatos en el interior de cada "agrupación partidaria", con la particularidad de que en ese proceso de filtrado tiene la obligación de participar toda la sociedad.Como "agrupación partidaria", la ley 26.571 define a los partidos políticos, las "alianzas" y las "confederaciones" que participan en el proceso electoral.Así las cosas, en la práctica, las Paso expresan múltiples contiendas de partidos, facciones de partidos y conglomerados de sellos partidarios que arman distintos "frentes" (Frente para la Victoria, Cambiemos, Una Nueva Alternativa).Los partidos con alguna estructura orgánica más definida (Unión Cívica Radical, Partido Justicialista, Partido Socialista) terminan licuados en un mar de siglas olvidables, y diseminados en un mapa político muy complejo y volátil.
El quid de la cuestión
Como consecuencia de la crisis de representatividad partidaria, agudizada desde 2001, diversos referentes políticos buscaron oportunidades que en apariencia no encontraban en sus partidos de origen.
Según datos de la Dirección Nacional Electoral, hasta 2009 había 685 partidos reconocidos (33 nacionales y el resto desperdigados en los distintos distritos del país).
En aquella oportunidad, el director del organismo, Alejandro Tullio, manifestó: “Se crean muchos partidos políticos como alternativa a los aparatos partidarios”. Pero agregó otro concepto de gran significación: “En nuestro país, los partidos políticos tienen una posición táctica más que una matriz ideológica, como en Europa”.
Así quedó servido en bandeja el argumento para impulsar un mecanismo orientado a corregir la proliferación de infinitas expresiones políticas, en un sistema partidario totalmente atomizado.
Si quieren llegar a las elecciones generales, las agrupaciones deben alcanzar en las Paso un piso de 1,5 por ciento sumando todas las “listas internas” (para las candidaturas a presidente y vice, se consideran los votos válidos en todo el territorio nacional).
El resultado es que el sistema electoral no se simplificó y la fragmentación se mantiene inmutable. Los partidos políticos tampoco se revitalizaron y reflejan un funcionamiento inorgánico, salvo raras excepciones (como la Convención Nacional de la UCR, en la que ese partido definió la conformación de un frente con el PRO y la Coalición Cívica).
Las primarias argentinas son asumidas por los medios y por la dirigencia política más bien como una gran encuesta nacional, donde lo que más interesa y se subraya es “quién ganó las Paso”, como si se tratara de un simulacro de elección general.
Pero, eso sí, luego festejan todos por televisión; algunos porque se quedaron con la mayoría de los votos, otros porque al fin y al cabo se unieron, y otros porque alcanzaron el piso de 1,5 por ciento.
Una vez conocido el dictamen de las urnas, todo es algarabía en la élite política en pleno, mientras el ciudadano común trata de entender de qué se trata.
¿Primarias sin internas?
De las tantas rarezas que muestran las Paso, la participación de “listas únicas” parece otro detalle que no encaja dentro de la lógica.
Si este mecanismo fue concebido para que las fuerzas políticas puedan resolver sus “diferencias internas” en las urnas, a través del voto obligatorio de la sociedad, parece descabellado que intervengan agrupaciones que ya “arreglaron” sus candidaturas antes de las primarias (de los 11 frentes constituidos para la presidencia y vice, sólo tres tienen listas que compiten entre sí).
El sentido común, sin apelar a más recursos, impone el siguiente interrogante: ¿para qué hacer obligatoria la participación de agrupaciones que se ponen de acuerdo antes de que voten los ciudadanos? El requerimiento del piso de 1,5 por ciento no es un argumento sólido, al menos en varios casos de lista única conocidos.
Sobre este aspecto, hay otro detalle llamativo: el Frente para la Victoria –una de las fuerzas que con más entusiasmo promovió las Paso– tiene más predilección por la “dedocracia” presidencial que por practicar dicho sistema, a la luz de la forma en que llegó Daniel Scioli a la actual instancia.
Si la idea fue incentivar la participación ciudadana en la vida interna de los partidos, además de limitar los designios de las cúpulas y la perpetuación de las oligarquías partidarias, el del oficialismo no es el mejor ejemplo.
Si se excluyera de las Paso a las listas únicas, también debería reformularse la obligatoriedad del voto, devolviendo a los ciudadanos la libertad de decidir si quieren o no participar en internas no de partidos sino de frentes.
Con esas reformas, sería muy importante prevenir, además, la actitud de los simpatizantes de fuerzas que, al no hacer internas, podrían dedicarse a interferir de modo intencional en internas ajenas (si cada partido tuviera la libertad de establecer sus propias reglas para las primarias, podría evitarse ese riesgo con un sistema semiabierto, por ejemplo).
El constitucionalista Félix Lonigro señaló, en un artículo publicado en
Clarín
en 2013: “Los integrantes de la clase política tienen el derecho de escribir el guion de una comedia de enredos y ser protagonistas de ella, pero obligar a los ciudadanos a que seamos actores de reparto de esa saga, conminándonos a votar en internas sin competencia o con una competencia de opuestos (para las que ya están previstas las generales), constituye una pantomima inconcebible”.
¿Será que los argentinos no estamos tomando a la democracia muy en serio?
*Periodista, investigador adscripto en el programa Historia Política de Córdoba, Centro de Estudios Avanzados de la UNC

