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Serrat

El milagro de Serrat es un milagro poético, es el poder de la poesía hecha canción, desplegada a los vientos con la seducción de la melodía.

29 de diciembre de 2013 a las 01:35 p. m.
Serrat

Llovía. Sobre los pardos tejados, sobre los campos. En toda la inmensidad de este páramo al sur del mundo. Ora de un lado, ora del otro, vuelta tras vuelta, el disco soltaba sus amorosas quejas con fritura. Pero no por eso dejaba de echar el rayo de luz con que lo había concebido la chispa original. Entonces éramos, llorando, los hortelanos a los que nos dolía hasta el aliento. Sin embargo, en la porfiada penumbra, una avariciosa voz de enamorado elegía la luz de los rincones. La vitalidad no podía ser detenida y la libertad seguía siendo un estribillo fulguroso, como los sueños que no se apagan. Teníamos aún la sangre caliente. Por eso, vivir también era un poema de amor, la gracia de decir amigos, la dulce melancolía de las pequeñas cosas que juntábamos en la conciencia de crecer, mientras que los años de la ternura original navegaban sobre un barquito de papel por el río eterno de lo que fue. Joan Manuel Serrat no dejaba nunca de cantar. Cantaba, y nunca nos dejaba. Nunca dejábamos que Joan Manuel Serrat nos dejara de cantar. ¿Qué hacía un español cantando sin pausas en el desierto sin sol de nuestra intimidad argentina? Éramos parte del mismo mundo, del mundo que queríamos, hermanados en la fecundidad de una lengua común y de una sensibilidad que reclamaba el mismo porvenir en el horizonte. Cada canción ha sido una puerta abierta. ¿Cuántas niñas se llamaron Lucía porque sus padres aprendieron a amar el nombre de la más bella historia de amor? ¿Cuántas veces nos reflejamos emocionados en los espejos de “los locos bajitos”? ¿Cuántas veces la vida nos besó en la boca? Somos parte de una inmensa legión de una, dos y tres generaciones que elegiríamos canciones de Serrat como algunas de las que nos han dejado marcas más hondas. ¿Cuánto poder pueden alcanzar las canciones para dejar de ser sensaciones de tres minutos que pasan fugaces por la piel del receptor y convertirse en carne y alma de la gente? ¿Qué cosas se deben decir, cómo y sobre cuáles notas? Al cabo de un siglo de música envasada, podemos notar que el mundo está hecho de canciones que no paran de sonar en nuestros oídos, vayamos adonde vayamos. Pero el milagro de Serrat es un milagro poético, es el poder de la poesía hecha canción, desplegada a los vientos con la seducción de la melodía, que suma otra dimensión a la expresión de las palabras. Si sus palabras suben nota por nota, o si sus notas trepan palabra por palabra, es su misterio de creador, la magia de la fecundidad del arte que es imposible transcribir en una receta. Aunque algunos ingredientes son sencillos de reconocer: autenticidad, convicción, dignidad, valentía, belleza... Esos y otros ingredientes forjaron la contundencia del catalán, de algún modo heredero de la pasión de la brillante y brava generación de poetas españoles de la primera parte del siglo 20, como Antonio Machado y Miguel Hernández. Como que esa generación cobró nuevas alas en las melodías y en la voz de Serrat, después de haber estado largos años en silencio. Por haber andado caminos juntos, es parte de nuestra vida. En ese camino, los días siguen amaneciendo, y con cada amanecer se suman nuevas voces al club de canturreadores de Serrat. Por eso, nunca dejaremos que nos deje de cantar. El viernes pasado, Joan Manuel Serrat cumplió 70 años. El texto que antecede es un fragmento de la presentación en la entrega del título de doctor “honoris causa” por parte de la UNC al cantor catalán, en 2005.