Qué hacer con la ex sede del Goethe
Imprimir una marca sobre la que alguien dejó tiempo atrás representa un acto de considerable violencia, que sólo expresa cierto ego. Horacio Gnemmi y Pablo Martín Fusco.
Queremos formular las siguientes reflexiones en relación con la cuestión de la valoración como herramienta para determinar la condición de patrimonio de los objetos arquitectónicos y urbanos, y las consecuentes decisiones acerca de cómo actuar sobre ellos. Si partimos de la definición esencial de que toda la ciudad configura nuestro patrimonio por la simple razón de que la hemos heredado de nuestros antepasados, a quienes la habitamos hoy nos corresponde la tarea de seleccionar, entre ese enorme conjunto de objetos o grupos de objetos construidos, los que por sus cualidades merecen un trato particular y una determinada tutela. Esas cualidades –los valores, en suma– refieren a múltiples dimensiones que, desde las tradicionales esferas de lo estético y lo histórico, hoy se han ampliado hasta involucrar a las de lo arquitectónico, lo ambiental, la utilidad, lo simbólico, entre las principales. Qué lo distingue. El bien que nos ocupa tiene valor, entre otras cosas, por sus cualidades estéticas, por ser testimonio y a la vez documento, de la forma de pensar y hacer arquitectura en una precisa y determinada época, por el papel que juega en la conformación de un espacio urbano de enorme significación para la ciudad, por la sabia adaptación de su volumen al tejido del sector en el que se emplaza y, a la vez, por la coherencia que ese sector aún conserva, gracias al aporte de los objetos individuales de este tipo, logrando un paisaje urbano armónico y unitario. La determinación de su autoría puede agregar un dato más de relevancia a especialistas e iniciados, pero de ninguna manera agrega o quita valores al objeto a partir de los cuales debe ser seleccionado y tutelado por las autoridades responsables para cederlo al disfrute de todos los ciudadanos. La ex sede del Instituto Goethe no vale –en términos patrimoniales– ni más ni menos por haber sido proyectada por un arquitecto de renombre. De hecho, se desconoce los nombres de autores de muchas obras de arquitectura que, incluso en la Argentina y Córdoba, han merecido el mayor reconocimiento y protección al que un bien patrimonial puede aspirar por parte de la Organización de las Naciones Unidades para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).Se ha dicho en reiteradas ocasiones que la ciudad es un texto, y como tal puede ser leído de muchas maneras, encontrando cada vez múltiples significados. La riqueza de tan particular texto está dada por la superposición de escrituras que, realizadas en diferentes momentos de su devenir, permiten reconstruir el proceso de crecimiento y sucesivas transformaciones de la ciudad con relación al medio natural que la soporta y a los actores que sobre ella han decidido, en primer lugar, y encontraron, luego, ciertas señales que nos identifican. Dejar una "marca" en el territorio es una actitud ancestral en el ser humano como una forma de conjurar su finitud. Sin embargo, el hecho de imprimir nuestra marca sobre la que alguien dejó tiempo atrás, escribir sobre lo escrito, representa un acto de considerable violencia que finalmente sólo expresa la voluntad de imponer la personalidad, o peor aun, el ego de ciertos personajes sobre los intereses de toda la comunidad. En este caso, quizá la mejor marca por la que podamos ser recordados sea producto de habernos hecho a un costado reconociendo que no es necesario agregar nada a lo que nada necesita, evitando gestos ampulosos y descontextualizados en todo sentido.
*Horacio GnemmiDoctor en Arquitectura
*Pablo Martín FuscoMagíster en Conservación del Patrimonio; profesores de la Universidad Nacional de Córdoba

