Prioridades
Nos produce mucha ternura recordar el momento en que decidimos tenerlo. Habíamos convivido por más de siete años y sentíamos que la pareja necesitaba algo más.
Nos produce mucha ternura recordar el momento en que decidimos tenerlo. Habíamos convivido por más de siete años y sentíamos que la pareja necesitaba algo más.
Durante ese período, fuimos postergando la búsqueda, dedicados plenamente a nuestro trabajo. En eso, con mi marido somos iguales: los dos elegimos carreras universitarias que demandaban tiempo completo. Nos fuimos acostumbrando a un ritmo de estudio intenso, que mantuvimos después, con cursos de posgrado. Ambos conseguimos buenos trabajos, por lo que pasábamos el día entero fuera de casa. Ese período estuvo obsesivamente dedicado a la profesión.
Al vivir tantos años de ese modo, nos dejamos ganar por las rutinas de pareja: salidas con amigos, viajes y, claro, la comodidad de pensar sólo en nosotros. No sentíamos la necesidad de agrandar la familia. Pero, por fin, algo se movilizó en nuestro interior para que, en un momento dado, inexplicable, cambiamos la vida para siempre.
Apenas llegó a casa, ordenamos todo en torno de él: los horarios, el sueño y las prioridades. Fuimos invadidos de pronto por una responsabilidad novedosa e implacable. ¡Nos parecía tan chiquito y frágil! Nuestra principal preocupación era saber si podríamos cuidarlo bien. Al principio, tomaba la leche con esfuerzo, se cansaba rápido y dormía gran parte del día. Con los meses, la situación mejoró: él ganó peso y nosotros, confianza. Ahora, con 4 años, ha llegado a ser como lo ven: fuerte y saludable.
Desde el comienzo, mostró un carácter muy definido. Con sus primeros gestos, manifestaba una inteligencia diferente: siempre parecía saber qué quería, cómo y de qué manera.
Como todos, tuvimos que modificar la casa para adaptarla a sus necesidades; primero, para brindarle espacio, y después, para evitar que rompiera todo lo que estaba a su alcance.
Con el miedo de los inexpertos, en los primeros meses vivíamos pendientes de las enfermedades; ante cualquier signo de alarma o cambio en el humor, acudíamos al consultorio.
Por suerte y hasta ahora (tocamos madera), no ha sufrido enfermedades graves ni accidentes. Cuando le indican vacunas, nos angustiamos mucho. Sabemos que es por su bien, pero nos parte el corazón que lo tengan que inyectar.
Nuestras familias dicen que lo consentimos, que estamos muy encima de él, que así se va a malcriar. Pero esta es nuestra forma de educarlo; no estamos tranquilos de otro modo.
Es que todo cambió con él, hasta nuestra obsesión por el trabajo. Yo conseguí acortar mi horario y puedo volver antes a casa. Nos duele dejarlo al cuidado de una vecina, pero sin familiares cerca, no tenemos alternativa. El momento especial de cada día es cuando volvemos a casa. Apenas siente la llave en la puerta, empieza la fiesta. Siempre de buen humor, nos recibe con una alegría que lo desborda. Cuando salimos a pasear, nunca pasa inadvertido. Todos los que lo ven se acercan y quieren jugar con él. Nos llena de orgullo.
Conmueve verlo cuando se encuentra con chicos; se desespera por jugar. Es entonces cuando nos invade un sentimiento ambiguo; tal vez lo hemos criado muy solo.
Hablamos frecuentemente sobre la posibilidad de tener otro. Imaginamos cómo sería con dos, pero de inmediato nos frenan las dudas.
Ya no somos tan jóvenes; el esfuerzo sería más que doble. Además, la casa es pequeña y deberíamos hacer cambios para los que no estamos preparados. Creo (o creemos) que así la familia es perfecta. Nos da miedo perder este equilibrio que nos hace felices.
Posiblemente algunos nos critiquen, pero esta es la familia que formamos. No podríamos haberlo hecho de otra manera. Para nosotros, nuestra profesión es muy importante. Y él nos completa, con su alegría permanente y el auténtico cariño que recibimos.
Es que los caniches toy son así, alegres y cariñosos.
*Médico.

