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Postales de una tormenta social

Hay cosas valiosas que están haciendo los oprimidos, que no son sólo los excluidos de los beneficios económicos, sino diversas capas sociales que, por razones sexuales, culturales, étnicas, son tratados como menos que humanos.

11 de diciembre de 2013 a las 01:17 p. m.
Guillermo Lariguet*
Postales de una tormenta social

Leo declaraciones sobre los disturbios sociales y la puja entre la Policía y el Gobierno de Córdoba. Por ejemplo: "Ahora saldremos a perseguir delincuentes y vándalos"; "los saqueadores responden a un ADN degenerado de vagos naturales"; "ya era hora de que pasara esto, después de 30 años de democracia", etcétera. Estas formas de hablar no sólo revelan una corteza ideológica protofascista, sino que muestran los tibios reflejos de un concepto normativo de ciudadanía predicable de las vidas mentales y emocionales de los que habitamos Córdoba. Lo que pasó no es "casual". Las ciencias sociales, tan vilipendiadas a veces por los fanáticos de la tecnocracia y de la presunta certeza de las ciencias serias, mostrarían que hay vigorosas relaciones de "causalidad" (no de casualidad) entre las políticas públicas que explican las diversas y humillantes franjas de desigualdad social. Lo que "ha pasado, lo que pasa en Córdoba", no debe ser mirado con un solo ojo. Hay que mirar también a los "ciudadanos" que claman por el palo y la picana, por la pena de muerte y que deciden salir a la caza de los indeseables.

Detrás del escenario

Es verdad que presenciamos un escenario adornado de discursos de liberalismo político o de versiones republicanistas; es verdad, también, que asentimos a la necesidad de armonizar libertad e igualdad, y de garantizar un suelo sólido de “no dominación”. Pero estas teorías son insuficientes. Hay que ver qué pasa “detrás del escenario”.

En el escenario, vemos al derecho como símbolo de la esperanza en la imparcialidad. Y como refuerzo “garantístico” de cumplimiento, están los policías, que se acuartelaron y desplegaron cierta

performatividad

política, en parte de tipo extorsivo.

En términos de lo que Judith Shklar llamó el “liberalismo del miedo”, ellos están para “defendernos a nosotros”, la “gente bien”, la gente “pensante”, la gente “laburante”, de las hordas primitivas. Pero el primitivismo, como vimos, también alcanzó a la “gente bien”, transformada, diría Giorgio Agamben, en

homo sacer

, en

sheriffs

naturales.

Hace tiempo, al caminar por Ampliación Urca, observaba que de un lado del río estaba la “gente bien”, “trabajadora”, con sus bonitas casas y sus coches de alta gama. Del otro lado, la “villa”. Entre ambos mundos, la policía, custodiando que los pobres no crucen a nado el río y asalten a la gente desprevenida. En general, esos policías forman parte del mundo de los pobres, pero portan el uniforme confiado por la “gente bien”.

Detrás del escenario reconstruido por las filosofías políticas angloamericanas y europeas, quizá –digo “quizá” porque como filósofo me entreno más en dudar que en pontificar– haya unos discursos hegemónicos que no nos dejen ver todo el panorama.

Necesitamos complementar estos discursos con alguna dosis de eso que Boaventura de Sousa Santos llama la “epistemología del Sur”, un “Sur metafórico”, el Sur de los oprimidos, conocer sus prácticas, sus visiones y, por qué no, sus contribuciones a cómo encarar un horizonte de emancipación genuino.

Hay cosas valiosas que están haciendo los oprimidos, que no son sólo los excluidos de los beneficios económicos, sino diversas capas sociales que, por razones sexuales, culturales o étnicas son tratados como menos que humanos.

Muchos de estos grupos hoy están formando redes sociales solidarias, desarrollando formas de cultivar la tierra leales con el ambiente, foros de encuentro antihegemónicos y antiimperialistas, como es el caso del Foro Social Mundial. No se vaya a creer, señora, señor, que ser pobre es equivalente a “ser choro”.

Otros saqueos

Cuando escribía esta nota, el miércoles pasado, pensaba: no puedo salir, hay gente peligrosa fuera. No me refiero sólo a los “saqueadores”, también a los “ciudadanos”, que parecían estar pensando en hervir aceite para tirárselo a la cara a los “negros villeros”.

Esta forma de pensar olvida los enormes saqueos cotidianos, los conectados con los generosos réditos desarrollados por la corrupción política y empresarial que desvía ingentes cantidades de riqueza, la cual podría ayudar a cambiar las condiciones estructurales de pobreza, retraso e ignorancia reveladas por los saqueos.

Por eso nos hace falta una “sociología de las ausencias” (otra vez le pido permiso a Boaventura), una que nos muestre lo que está ausente en los discursos corrientes y académicos más habituales, una que nos haga visibles las cosas menos visibles.

La canción popular dice “lo atamo con alambre, lo atamo...” ¿Cuáles son las raíces sociales de nuestros supuestos “estados de derecho”? Los contractualistas clásicos echaban mano del método de los experimentos mentales. Estos experimentos postulaban “estados de naturaleza” de los que había que salir, si las luces de la razón nos mostraban la conveniencia de hacerlo.

Las imágenes televisivas de lo que pasó en Córdoba parecen mostrarnos que estos experimentos mentales son verosímiles y no sólo ejemplos de cavilación de gabinete. ¿Qué fragilidades, como la del alambre de la canción, denuncian estas imágenes?

Para saber cuán fuertes son nuestros estados de derecho, no basta con una mirada normativa, con evaluar, sobre la superficie de hechos que están sucediéndose, qué conductas públicas no satisfacen ciertos estándares jurídicos de acción. Ni los saqueadores ni los buenos ciudadanos en actitud “defensiva” los satisfacen. Pero, ¿qué se sigue de esto? Es apenas una afirmación, algo con lo cual iniciar un debate más amplio.

Micro y macro

Propongo, por lo menos, dos niveles de análisis. Uno micro, para mostrarle a la gente la existencia de instituciones como la democracia, la Justicia, la prohibición de la pena de muerte, el combate contra los excesos de una defensa racionalmente proporcionada a provocaciones injustificadas. Y otro macro. Aquí se desnuda en la superficie un conflicto entre la Policía y el Gobierno provincial que vaya a saber a qué relaciones oscuras responde, y que deja la inquietud de si existe, además, algún tipo de niveles de compromiso con el narcotráfico.

Pero hay un conflicto más lacerante: una lucha en las calles no virtual, sino real, y parece reflejar una lucha de clases que estaba, presuntamente, en estado de latencia.

Requerimos no sólo de una filosofía política normativa, sino, además, de una epistemología sociopolítica fina que nos muestre el carácter, en ocasiones fetichista, de los instrumentos legales, sus usos superficiales, y nos adentre en la problemática de los tipos de modelos de exclusión que estamos reproduciendo.

Si la política nos promete emancipación, esta promesa será vacua sin una reflexión epistemológica y sociológica profunda, sin una mirada macro para los análisis micro. No basta con teorías normativas: estas no son desdeñables, por cierto; pero su armazón conceptual debe ser cuestionado, interpelado y eventualmente enriquecido con niveles de análisis macro como el que sugiero.

Deseo cerrar esta nota con la imagen de un policía llorando, tras el arreglo con el Gobierno, mientras otro, presuntamente un policía también, gritaba: “¡Las calles son otra vez nuestras!”

Esta imagen con audio me trajo, sin que yo lo quisiera, la del Caballero Oscuro, acompañando a los policías para recuperar las instituciones cooptadas por Bane. Córdoba, ¿en qué te pareces a Ciudad Gótica? Por lo pronto, “son nuestras” es una frase ambigua. ¿Quiénes formamos parte de las calles de Córdoba para decir que son “nuestras”, que somos, como sujeto político, un ente colectivo mínimamente fraterno, como querían los revolucionarios franceses? Hoy, el discurso no es sólo por más libertad. Es un clamor por mayor igualdad. ¡Hagamos teoría política, pues!

*Investigador del Conicet y del Centro de Investigaciones Jurídicas y Sociales de la UNC