¿Por qué fracasamos como sociedad?
A 30 años de la reinstauración de la democracia, en nuestra práctica no hemos entendido que la democracia no es sólo votar cada dos años.
Esta no es más que la reflexión de uno de los miles de cordobeses que tratamos de entender qué nos ha sucedido el 3 y 4 de diciembre, en una necesidad de examinar nuestra conciencia social. Afirmar que fracasamos como sociedad no nos pone en una situación derrotista. Los hechos fueron contundentes: la deserción de la Policía de Córdoba desató lo peor de nosotros como sociedad, la oportunidad de robar en forma impune y, en menor medida, la de linchar a todo el que se presumiera de saqueador. Sin entrar en las claras e indelegables responsabilidades de los gobiernos provincial y nacional, esta reflexión pretende sondear los motivos por los cuales la malla social está hecha jirones.El primer motivo evidente es el desprecio por los valores que hacen posible la convivencia en una sociedad. En su lugar, se ha coronado al dinero como dios todopoderoso; y al consumo, como el ritual de su culto. Y si el acceso a los bienes de consumo es el sentido de la vida, la posibilidad de tomar atajos está sólo limitada por la posibilidad de sufrir las consecuencias por obrar en forma antisocial.Ante la perspectiva de impunidad, no hay límites de clases sociales o edades para tomar el atajo de hacerse de bienes que no son propios. Claro está que el afán de acceder a bienes efímeros, que no son estrictamente necesarios, no es sólo una tentación interna: la acumulación de bienes, cualquiera sea su origen, conforma el ideal que de forma permanente es alentado por la sociedad de consumo. No se trata de generar algún tipo de ahorro previsor, sino de consumir todo lo posible, incluso a cuenta de lo que aún no tenemos.El ejemplo del dinero como dios y el acceso a los bienes de consumo sin esfuerzo ha calado profundo en nuestros jóvenes. Debemos ser muy críticos en el ejemplo generacional que estamos dando los adultos. No hay vidas individuales ni sociedades que se construyan sin esfuerzo ni valores, y los padres somos responsables del ejemplo y del sano ejercicio de la autoridad que nos corresponde tener con nuestros hijos.Por otra parte, el vacío que se genera en la perpetua insatisfacción que produce la sociedad de consumo se llena con alcohol y drogas, que son, por lejos, el gran agente destructor de nuestra sociedad. El afán de lucro produce conductas insustentables en el tiempo, que destruyen a nuestro planeta, y no hay recursos naturales que alcancen para cubrir el afán de tener y descartar. Otro motivo es la falta de participación en distintas instancias comunitarias. El afán por adquirir bienes materiales produce conductas individualistas, que se miden por la capacidad de producir y consumir. Esto deja poco tiempo para involucrarnos con las cuestiones vecinales, escolares, comunitarias, políticas y otras, en las que no participamos.A 30 años de la reinstauración de la democracia, en nuestra práctica no hemos entendido que la democracia no es sólo votar cada dos años: es participar para que cada día se incremente el bien común, es dialogar con respeto a las diferencias, es empoderarnos para que las autoridades no tengan perpetuos cheques firmados en blanco.Sin profundizar más en motivos que muchos pueden desarrollar con más autoridad, es imprescindible desfragmentarnos como sociedad. Respetarnos en nuestras diferencias, dialogar sinceramente y con verdadero respeto, sin prejuicios discriminatorios. Y, sobre todo, vivenciar que nuestros intereses particulares, por muy legítimos que sean, no están por sobre el bien común. Así, con mucha paciencia y esfuerzos de fraternidad, podremos ir revirtiendo nuestro fracaso como sociedad.
*Biólogo

