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Para estar con vos

¿Te conté que cuando yo era chica el lechero nos dejaba las botellas de vidrio en la puerta?

09 de febrero de 2014 a las 03:00 p. m.
Para estar con vos

¿Te conté que cuando yo era chica el lechero nos dejaba las botellas de vidrio en la puerta? –Sí, abuela, me contaste.–¿Y que no teníamos televisor? Me pasaba las tardes en mi pieza, leyendo esas novelas de amor que me compraba mamá.–Sí, Abu, ya hablamos de eso. ¿Vas a comer algo?–¿Tengo que comer?–Te pregunto si querés galletitas o si vas a esperar la cena.–Yo ya cené. Me parece que ya cené… ¿qué hora es?–Las 8, Abu. No puede ser que hayas comido; siempre comés a las 9.–Ahora no tengo hambre. Sigamos charlando. ¿Vos qué estudiás?–Estoy en el secundario, entro al último año.–Ah… ¡mirá! Yo pensé que eras más grande. Y decime, ¿vos tenés hermanos?–No, Abu, yo soy el hijo de Beto, ¿te acordás? No tengo hermanos.–Bueno. Tenés ojos lindos vos. A ver, acercate. Sí, son ojos muy lindos. Mi marido tenía los ojos así, como vos. Era alto, buen mozo; y muy trabajador. No sé qué le pasó; hace mucho que no lo veo. Vivíamos en una casa grande que en el fondo tenía un patio con árboles… y enredaderas. Me parece que era ahí; o me confundo con otra casa. ¿Vos vivís en Córdoba?–Sí, Abu, con papá, que es tu hijo. Él está charlando con el dueño; ya viene.–¿Para qué viene?–Para estar con vos.–En esa casa teníamos un perrito, el Batuque. Era chiquito; lo encontramos en la calle. Todo blanco, con las patas negras. Se murió el Batuque; no sé cuándo, pero se murió.–¿Jugamos a las cartas, abuela? Mirá que alguna vez quiero ganarte, ¿sí?–Dale, juguemos. ¿A qué?–A la escoba, como siempre. Yo te ayudo a sumar.–Bueno. ¿Te conté que de jovencita salía a caminar por la plaza? En verano, cuando se ponía más fresquito, hacíamos la "vuelta del perro"… Yo usaba un vestido azul y el pelo atado con lazo. Las chicas para un lado y los chicos para el otro, así nos cruzábamos. Después me puse de novia.–¿Cuánto tiempo estuviste de novia, abuela?–... ¡Qué sé yo!... Poco. Nos casamos en una iglesia chiquita, toda de blanco. El cura era el padre Roberto, un amigo de papá que había venido de Mendoza. ¿Lo conocés a Roberto?–No, Abu, no lo conozco.–¿Por qué viniste?–Para estar con vos, Abu. Y para que juguemos a las cartas, como todos los sábados.–¿Ya es sábado?–Dale, Abu, cortá el mazo.–De luna de miel fuimos a un hotel; viajamos en ómnibus. ¡Hacía un frío...! Yo había llevado una valija grande y él se enojó porque era pesada. Después nos amigamos. Era de bueno mi marido… hace mucho que no lo veo. Decime, ¿dónde está tu papá?–Ya viene, está pagando. –Decíle que no pague, que venga. ¿Te conté que no sé nadar? De chica me caí al agua; me parece que en un río. Me asusté tanto que no volví a meterme al agua. Mi mamá me hacía tener muchos miedos; a mis hermanas también. Yo tengo dos hermanas… ¿vos las conocés? –Sí, Abu, yo las conocí. Estás lenta para jugar hoy, ¿eh?–¿Qué tengo que hacer?–Cortá de una vez, que se hace tarde y me tengo que ir.–¿Adónde te vas?–A casa.–¿Y yo con quién me quedo?–Te quedás acá, con tus amigos. Acá te cuidan, te dan de comer, te quieren mucho.–¿Puedo ir con vos? –Le pregunto al pa.

*Médico