Temas del día:

Mujeres en el cielo urbano

La mujer sigue siendo un pilar en la construcción del destino familiar, pero también puede construir un destino para sí misma, una de las mayores y fecundas revoluciones.

15 de junio de 2014 a las 12:01 a. m.
Mujeres en el cielo urbano

Hay quien dice que cuando El Quijote peleó contra los molinos de viento, estaba peleando contra la modernidad que avanzaba. En esta época, parece que nadie se resiste y que la ola nos lleva tan rápido como en un tobogán. Y necesitamos descifrar los códigos de la tecnología para no caer en el abismo de la ignorancia, que no es otra cosa que no saber entenderse con las claves del momento.

Nadie quiere quedarse atascado en el ayer, pero no por eso hay que dejar de hacer el intento de entender. Como, por ejemplo, el hecho de vivir en ciudades, allí donde parece concentrarse el sol de la modernidad, pero también los nubarrones de la condición de vivir en este tiempo.

Hace años ya que la mitad de humanidad vive en ciudades, es decir, en situación urbana.

Ya se sabe, la urbanidad es la pretensión de la construcción absoluta del mundo de los seres humanos, la abolición de la naturaleza, puesto que es el reino de los hombres hecho para los hombres.

Es el intento de borrar los vestigios de las acechanzas naturales, tanto que la tierra que nos contiene queda sepultada bajo el asfalto y sólo sobreviven plazas y parques como los acorralados bríos verdes que alguna vez dominaron el paisaje.

No hace falta ahogarse en la aplastante turbiedad urbana de ciudades como San Pablo, México o Buenos Aires para presentir cuánto nos distanciamos de la naturaleza o, mejor dicho, cuánto dejamos de hundir nuestras manos en las pequeñas cosas que hacen a la construcción diaria de la vida.

Claro que participamos de otro modo de la construcción de otras cosas, pero mientras accedemos a más códigos de supervivencia urbana perdemos algunos saberes elementales, carencias que nos vuelven más dependientes.

Pasa, por ejemplo, con cosas tan simples como la comida. Así, la impresionante proliferación de negocios de venta de comida rápida y sencilla (empanadas, pizzas y lomitos) indica que cada vez la gente pone menos las manos en la masa y resuelve necesidades a través de un teléfono.

Por supuesto que esto, en sí mismo, no es ni bueno ni malo. Es sólo un síntoma de la manera de vivir en los nuevos tiempos.

Pero, a la vez, los cambios culturales sostienen otros modos de compartir la vida. Así, podríamos decir que la resolución más sencilla de cuestiones cotidianas hace posible la liberación de tiempo para otras exigencias.

Antes, por ejemplo, la división del trabajo entre el hombre y la mujer indicaba que el primero debía obtener los recursos para la consecución del alimento diario y la segunda se ocupaba de su elaboración.

En la cocina, les tocaba a las mujeres casi con exclusividad lidiar con los elementos esenciales. Luego, los cambios en los modos de ver las cosas y aun en los de hacer plantearon una disponibilidad de tiempo que al fin, sobre todo en el caso de la mujer, la llevó a multiplicar su presencia en las calles. La cocina dejó paso al trabajo en comercios, fábricas y oficinas, a la educación, a la cultura, al entretenimiento.

La mujer sigue siendo un pilar en la construcción del destino familiar, pero también puede construir un destino para sí misma, lo que ha sido una de las mayores y fecundas revoluciones que ha vivido la especie.

Por lo demás, hoy la mayoría sabe muy bien que sin la reunión de los esfuerzos de hombre y mujer no es sencillo sostener un proyecto común, familiar o colectivo.

Es decir, una de las estrellas que brilla en el cielo de la urbanidad es la estrella de la mujer.