Melodía para el viento del sur
A veces, como si fuera un estigma, somos más sabios y más bellos en las honduras de la tristeza. Pero la claridad espera.
–Pero yo te entiendo, Astor. Vos asumiste un compromiso audaz para pensar y sentir la música y pagaste un precio. El que avanza tan rápido, se queda solo, allá adelante, y se enoja con los que se quedan atrás; y los de atrás se enojan con él porque está adelante. Al encuentro lo tuviste que buscar casi solo. Tenías genio y te convertiste en un laburante obsesivo. Decías, y yo también lo sabía, que la inspiración es una pequeñísima parte y lo demás era laburo. –Sí, Pichuco, la inspiración es apenas la punta del ovillo. –Decime, vos preferís el invierno antes que el verano, ¿no? –Sí, es cierto. –¿Por qué? –Porque el verano es para tomar algo fresco y tirarse a la pileta. Uno no puede encerrarse todo el día a componer. –¿No te dije? .............. Hace ya unos años, nos imaginábamos así un fragmento de diálogo entre Astor Piazzolla y Aníbal Troilo en los jardines de la eternidad. Era una manera de tratar de indagar en el espíritu de la creación argentina, y ahí nomás, a la vuelta de la esquina, aparecía el invierno, el invierno del sur, la estación que nos define. Mientras tanto, en estos días el aire se nos hunde en la cara: es el viento de agosto, que acaso pudiera llevarse las palabras de los desencuentros, los alientos desmayados, los susurros sin fe, el soplo de las bocas exánimes. Pero quizá lo único real es que el viento de agosto sólo pueda llevarse lo que trae: el golpe final del invierno en las caras, en los cuerpos. Y con él se irán también los suspiros que el frío ha hecho suspirar. “El viento, capitán, no manda solo”, decía Armando Tejada Gómez, en su Elogio del viento . En noches como estas, las calles se quedan taciturnas, asfixiadas de ausencias. Y alguna vez, entre el insomnio del silencio, es posible que el bandoneón de Astor Piazzolla atraviese los poros de las paredes en un desvelado y hondo diálogo con piano, guitarra, bajo y violín (como en el tema Soledad ). Y entonces, uno entiende que allí, en ese manantial de sonidos único y nuestro como pocas cosas hay tan nuestras, se puede sentir el sur, el hálito del invierno y una dosis de urbanidad melancólica que arrastra los sentimientos hasta un dulce desamparo. Uno entiende en qué cosas tan bellas hemos sido capaces de transformar la introspección y el sentimentalismo bravo y profundo, esos rasgos que tantas veces nos retratan y que nos ha estampado la condición de ser de aquí, de ver el mundo desde esta australidad final. Sobre el regazo tibio que forman piano, guitarra y bajo, el bandoneón y el violín estremecen de sentimiento la melodía. Y las notas se hunden en un penumbroso e insondable pecho en el que, como decía el poeta Evaristo Carriego, parece caber una estepa. Es la soledad, la inmensa soledad tal vez presentida por el autor desde la distancia, que extiende sus brazos hacia el sur y busca abrigo en el desamparo de todos los inviernos perdidos. Y atraviesa los compases acaso sin encontrar otro consuelo que la honda belleza que pueden parir sólo los sentimientos intensos y genuinos, aunque duelan. Y al final, como desesperadamente solos en una noche asfixiada de ausencias, bandoneón y violín lanzan en apenas dos notas un lamento desgarrador, un grito desde las entrañas. A veces, como si fuera un estigma, somos más sabios y más bellos en las honduras de la tristeza. Pero la claridad espera: cuenta todavía con el esplendor del mediodía, con la próxima primavera.

