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Más Cámara, menos cámaras

La imagen de los políticos avanza negativamente a medida que se incrementan sus apariciones mediáticas. Mientras más aparecen en las pantallas, peor les suele ir en los sondeos de opinión.

08 de diciembre de 2013 a las 03:55 p. m.
Marcelo Soria*
Más Cámara, menos cámaras

A diferencia de lo que podría presumirse, la excesiva exhibición pública de una figura o personaje a través de las distintas herramientas de comunicación no siempre se traduce en una imagen positiva de su persona. Muchas veces, el resultado logrado es inversamente proporcional al buscado, pues aunque la repetición de una imagen explica su posicionamiento en la sociedad (la gente identifica lo que le muestran hasta el hartazgo), si esa exposición no está sostenida en una línea argumental sólida, en una base concreta, no hay mensaje que difundir y, entonces, la imagen sin mensaje es como un auto sin motor: no funciona, por más atractiva que sea la presentación.

Demasiada exposición

Exhibirse permanentemente en los medios no es sinónimo de buena imagen y, por el contrario, se puede no ser una figura mediática y gozar de una excelente y respetable imagen en la sociedad.

Vamos a ejemplos concretos: en Córdoba, Oscar Arias, referente de la organización de chicos de la calle La Luciérnaga, desarrolló (y desarrolla) una destacable y loable acción social que le permite contar con un respeto generalizado de la sociedad, pese a no ser un “hombre de los medios”.

Sin embargo, cuando ocupó una banca de concejal (en representación del Frente Cívico de Luis Juez) y su figura comenzó a ser más difundida a través de los distintos medios de comunicación, paradójicamente su imagen pública decayó.

Lo mismo ocurre con colegas periodistas que pasaron de ser destacados formadores de opinión (contaban con la simpatía de muchos vecinos) a insulsos intendentes, concejales o legisladores.

A nivel nacional, los ejemplos se multiplican. Van sólo dos: Diana Conti y Luis D’Elía, dirigentes ultrakirchneristas de cuyas bocazas multimedias sólo se desprenden expresiones soeces y groseras. Es que la gente se identifica con todo aquel que se destaca en su actividad pero, en general y salvo honrosas excepciones, los exitosos en sus profesiones, cuando ingresan al mundo de la política, parecen mimetizarse con sus nuevos pares e incurren en sus mismos errores.

El hombre común se desencanta porque comprueba que aquel fantástico médico, actor, periodista o escritor se convierte en un político más, que no le modificará su calidad de vida ni atenderá sus reclamos más simples.

A trabajar

Desde el miércoles pasado, nueve políticos cordobeses juraron en el Congreso Nacional y lo menos que puede esperarse es que defiendan los intereses de la provincia en la Cámara Baja.

Salvo el radical Oscar Aguad (va por su tercer período consecutivo) y el peronista Juan Schiaretti (fue dos veces diputado nacional), el resto de los elegidos como legisladores nacionales ocupará un escaño por primera vez.

Sería bueno, entonces, que tanto los novatos como los experimentados enfoquen todas sus fuerzas en la tarea legislativa antes que en la mediática, como lamentablemente ocurre con buena parte de los actuales congresistas argentinos, que privilegian su presencia frente a las cámaras de los distintos canales de televisión en detrimento de la asistencia a su lugar habitual de trabajo: la Cámara de Diputados o la de Senadores.

Las luces de los estudios de televisión, los micrófonos de las radios, los

flashes

de las cámaras fotográficas de los grandes diarios y las tapas de las revistas nacionales encandilan tanto como las grandes ciudades y suelen ser los escenarios elegidos por los políticos para revelar desde cuestiones que tienen que ver con su actividad pública hasta las que pertenecen a su exclusivo e íntimo entorno.

El raid de políticos por los medios de comunicación denunciando en un set televisivo, en una radio o en un diario lo que luego no pueden sostener u omiten en la Cámara o en la Justicia, o compitiendo entre ellos para ver quién grita más fuerte o quién dice el exabrupto más escatológico, constituye una muestra de la falta de crecimiento de parte de este sector de la sociedad que es capaz de entregar la vida por unos minutos de aire en vez de trabajar para mejorar la calidad de vida de los vecinos.

Dos son los desvalores que suelen acompañar a los políticos durante toda su carrera y que atentan contra una imagen positiva en la ciudadanía: 1) incontinencia verbal y 2) yoísmo.

1) Los políticos hablan siempre de todos los temas y como si supieran de todos los temas. En cuestión de minutos, pueden opinar de la despenalización del aborto, la última prueba de fisiología nuclear, cómo erradicar la violencia en el fútbol o por qué hay que utilizar la energía eólica (la obtenida del viento). Monopolizan la palabra y están convencidos de que lo importante es mantener la atención del interlocutor, sin importar mayormente lo que digan.

2) Toda conversación de un político comienza y termina a partir de su propia persona como figura trascendente. “Yo hice tal cosa”,  “yo construí...”, “yo mantuve siempre mis principios...”, “yo no voté esa ley discriminatoria”, “yo en tal año me opuse a...”, etcétera. La mayoría de ellos se sienten el ombligo del mundo y están convencidos de que su verdad es la verdad. Esa soberbia dialéctica les obra en contra.

Por eso, la imagen de los políticos avanza negativamente a medida que se incrementan sus apariciones mediáticas. Mientras más aparecen, peor les suele ir.

Por supuesto, no se trata de una regla general, pero basta una simple y rápida encuesta en cualquier segmento de la comunidad para coincidir en que son escasos los que constituyen la excepción.

*Periodista, asesor de imagen