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Los próceres y el presente

En Venezuela, hay un hecho difícil de disimular: una parte del país no soporta su impotencia frente a las urnas, como tantas veces ocurrió aquí con el peronismo.

23 de febrero de 2014 a las 02:08 p. m.
Los próceres y el presente

Entramos a Yapeyú con el sigilo de la noche temprana de julio y atravesamos las calles quietas del pueblo hasta llegar allí. El aire todavía estaba estremecido por la espesura helada de la garúa. Pero había algo que estremecía más: la casa natal. Al lado hay otra hecha de piedra, también con luces prendidas. Entre libros, souvenirs y otros testimonios, pegada en la pared hay una hoja enmarcada que sacude las emociones. Dice: “Seamos libres y lo demás no importa nada”, escrita por el Libertador. El pueblo de Yapeyú, en la provincia de Corrientes, es custodio del sitio de una epifanía (manifestación de lo sagrado) de la historia, es decir, de las cosas de los hombres. Sucedió un 25 de febrero de 1778. ¿De qué materia están hechos los héroes de la historia, los próceres? Puede parecer que el lejano ayer, un tiempo inaugural, como de leyendas, es su sustancia. Ellos pensaron y actuaron por la hechura de algo nuevo, por la construcción del futuro. En el umbral de los casi dos siglos de existencia argentina, San Martín ocupa el sitio más alto en el Olimpo de los próceres. Su dimensión es aun mayor, puesto que tiene estatura continental: es, junto con Bolívar, el campeón de la libertad sudamericana. “San Martín había asumido la misión de sustantivar la idea de Provincias Unidas de Sudamérica, emergente del acta de Tucumán. Y estaba dispuesto a lograr su objetivo malogrado por las escisiones, los localismos y los intereses partidarios. Para él no había más partido que el ‘americano’ ni más objetivo que la unificación nacional de Sudamérica independiente. Todo lo demás era accesorio y secundario”. Así lo refleja A. J. Pérez Amuchástegui, en su libro Ideología y acción de San Martín. A su pasión americana la confirman incluso actos tan pequeños y concretos como el que dispuso en su apogeo en Perú: todo americano tenía derecho a la ciudadanía peruana. Quizá si los vientos siguen soplando en el rumbo que marca el ánimo del albor del siglo 21, el futuro pueda parecerse a aquel instante iluminado del pasado. Pero antes hay que sortear tempestades como las que se han desatado en estos días, especialmente en la patria de Bolívar, Venezuela. Allí, más allá de tantas consideraciones, hay un hecho difícil de disimular: una parte del país no soporta su impotencia frente a las urnas, como tantas veces ocurrió aquí con el peronismo. Acaso Venezuela la pase peor en su pretensión de darse un destino popular por ser uno de los grandes productores de petróleo del mundo, cuando sabemos que varios similares han sido arrasados en lo que va de este siglo 20. “Los argentinos no somos empanadas que sólo se comen con abrir la boca”, dijo San Martín, a propósito de la resistencia en la Vuelta de Obligado. Vaya palabras tan criollas, forjadas acaso en el fragor de patios inflamados por la pretensión de ser argentinos en la historia, por desafiar el vivir propio de los días, aquellos, estos y los que vendrán. Vaya palabras tan certeras, como que vinieron a resumir algo esencial: si algún día peleamos por ser libres, si algún día desatamos los vientos del mundo en huracanes de sangre y fuego para luego golpearnos el pecho y decirnos: “Sí, somos independientes, somos nosotros”; si alguna vez nos creímos capaces de proclamarnos dignos entre los dignos, si soñamos con un porvenir de cielo azul... ya no vamos a renunciar. Vaya si son palabras bravas: son las que algún día dijo José de San Martín. Y si hemos cumplido 204 años de historia independiente, ya no vamos a renunciar, ¿no es cierto?