Los “aprietes” de los jerarcas
Los gobiernos se han familiarizado con el robo y la explotación del prójimo. Y, con nuestro silencio, somos tan responsables como ellos.
Las palabras "apriete" o "aprietes" sólo existen en castellano como inflexiones del verbo apretar. En el lunfardo, "apretar" suele definirse como asaltar a mano armada (vocabulario de Andrade y San Martín). Últimamente, como sustantivo, le estamos adjudicando el significado de presionar, aherrojar, oprimir, sojuzgar. Ejemplo: un príncipe mandó a su lugarteniente que subiera los impuestos a sus súbditos. Cuando este regresó, el poderoso preguntó qué efecto había provocado la medida en el pueblo. "Se quejan, señor, y hay bronca", fue la respuesta. "Entonces, la próxima vez vuelva a subirle otro tanto los impuestos". Y así varias veces, hasta que un buen día retornó el lugarteniente e informó que ya no se quejaban y no decían nada. "Bien –ordenó–, no se le ocurra aumentarles un solo centavo. Deje todo así por un tiempo".El maquiavélico mandamás sabía que la bronca más temible es la que se mantiene en silencio. Y, respecto de la ira de la gente, que no hay enemigo pequeño. Colectivamente, esta presión tiene dos caras: se puede anestesiar al pueblo, el que termina por no quejarse y deja que los impuestos aumenten a discreción. Así, la arbitrariedad y el autoritarismo constituyen un desconocimiento de la ley, cosa que oprime a los más débiles.Sin embargo, en el silencio, los labios apretados por la ira reprimida cavan cada vez más profundo el descontento, que puede inspirar a un Espartaco o a otro líder a que levante a los siervos de la gleba, a los intocables o a los Sin Tierra; porque si la libertad es lo más hermoso y esencial de la vida, y si no hay posibilidad de ser libre, entonces es preferible arriesgarlo todo para vivir en libertad o resignarse a no vivir.Siempre los males del mundo se debieron en gran parte a la oscuridad de pensamiento, producto de la desinformación, y a la falta de educación, puesto que el hombre instruido pronto cae en la cuenta de que es mejor ser honrado, pues el fraude en el Estado a la larga perjudica a casi todos y beneficia a unos pocos.Los aprietes en nuestro país reaparecieron siempre y, desde el advenimiento de la democracia, los gobiernos se transfirieron el poder (metafóricamente hablando) sin un apretón de manos; con el ruido de los medios de difusión y la instrucción pública arrastrada por una decadencia imparable.Si los políticos y dirigentes –mejor dicho, la casta política y los dirigentes– se han enquistado indiferentes ante la necesidad de los que gimen día a día sin pan, su conducta inhumana no merece nuestra pasividad. Se han familiarizado con el robo y la explotación del prójimo. Y, con nuestro silencio, somos tan responsables como ellos.Un periodista probo, Guillermo Rodríguez (fallecido en enero de 2012), no se cansaba de repetir que la Historia nos juzgará algún día por habernos vuelto insensibles ante el dolor de nuestros hermanos.Los chanchullos se olfatean en las altas esferas de los gobiernos que hemos elegido donde están (estructura formal). Pero otros no se sabe por dónde están: son los líderes de las camarillas (estructura informal).Viene al caso lo que expresó Bertrand Russell: "Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se debe a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes, llenos de dificultades".La única salida con honor consiste en despojarnos de esa modorra moral. Aunque todo estuviese perdido, si no perdemos la dignidad, dejaremos de mendigar a quienes nos miran como incapaces y retomaremos el espíritu de lucha que otrora nuestros antepasados pusieron en las grandes empresas.
*Periodista

