Las proyecciones de la década infame
Las contradicciones entre los valores que requería el Estado de derecho y las prácticas sociales de esos 12 años no pudieron ser mayores.
Toda comunidad –decíamos en un artículo anterior publicado en esta página– tiene que sostenerse en fuertes y precisos valores comunes, convergentes en prácticas virtuosas que legitiman el orden social. En la sociedad capitalista, esto será resultado de un ordenamiento político social que pueda satisfacer, al menos, la igualdad de oportunidades, el crecimiento económico y el desarrollo de instituciones por sobre la eventualidad de los hombres que las interpreten o conduzcan.Esa interpretación y esa conducción implican la lucha por determinados valores y prácticas cívicas. El golpe En 1930, el general José Félix Uriburu puso fin a la democracia iniciada en 1916, a través de un golpe de Estado con el que destituyó al presidente Hipólito Yrigoyen. Por boca de Matías Sánchez Sorondo, los sectores que habían ostentado el poder político y económico hasta al advenimiento de la primera presidencia de Yrigoyen recuperaron con impunidad el control del aparato del Estado."Nuestra ciudad, portavoz desde la independencia del país entero, volcó sus muchedumbres a las calles. Fue una popularidad representativa. Significó la aceptación de la revolución por sí misma, con indudable desapego respecto de otras posibles soluciones legales. Conviene tenerlo en cuenta. Ello destruye la hipótesis de una conjuración artificiosa urdida en la sombra para desalojar el poder del mandatario del pueblo. No más allá de las expresiones partidarias, la revolución adquirió, repito, una auténtica plenipotencia representativa".Sánchez Sorondo expresaba que el presidente había sucumbido porque la sociedad en su conjunto no había salido a defender la institucionalidad.De hecho, la asonada en favor de la clase dominante explicitó de la peor manera posible que la administración del aparato del Estado no resguardaba sus intereses ante una realidad que devenía en caos.El pueblo no se movilizó. Incluso sectores del estudiantado universitario fueron prescindentes o apoyaron la destitución. Luego esto cambiaría, pero la suerte de la denominada "década infame" estaba echada.El presidente Yrigoyen, líder personalista, no pudo apreciar que su identificación con los intereses del conjunto de la sociedad no alcanzaba para dar respuestas al malestar social y político. Este se originaba en la imposibilidad de satisfacer los reclamos de vastos sectores. Además, erosionaban su poder las divisiones de su propio partido, los ministros que peleaban por la sucesión y la lentitud en el accionar de Gobierno, ignorante de la magnitud de los problemas.Esta situación de fuertes tensiones internas, la división del Partido Socialista, la indiferencia del movimiento obrero y la acción de los medios –en especial, del diario Crítica – influyeron para que la heterogénea e importante clase media se comportara pasivamente ante un cambio que trastrocó un proceso político de 70 años de perdurabilidad. Dicho estado de fractura explica por qué una población carente de sentido de identidad y tradición institucional no salió a defender un orden que en lo político aparecía como descontrolado y carente de respuestas a las necesidades de los diferentes sectores sociales. Sociedad aluvional Argentina, en esa época, podría describirse como una sociedad de característica aluvional. Una parte de ella –la clase media ligada a actividades mercantiles y agropecuarias– sumamente ambiciosa en términos sociales y económicos. Una clase obrera que bregaba por sus derechos. Y masas de trabajadores rurales en el interior. Recién en la década de 1920, un importante número de hijos de inmigrantes se incorporaron al servicio militar obligatorio, mientras el sistema educativo demostró no ser suficiente para resguardar una cultura institucional que nunca había trascendido lo formal.La acordada de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que avaló el golpe de Estado terminó de derrumbar el edificio republicano.El control político quedaría durante 12 años en poder de los sectores oligárquicos, los que no dudaron en apelar al fraude y a la proscripción para defender sus intereses y mantener cierto orden social. Es más, se intervinieron las universidades, hubo fusilamientos, torturas, deportaciones, anulación de elecciones, asesinatos políticos, intervenciones provinciales y gruesos escándalos en ciertos negocios públicos. Ese fue el clima de la época, no otro. Esos intereses convergían con los intereses británicos. Manuel Gálvez –novelista de fuerte cuño católico–, a propósito de los ministros al inicio del gobierno de Uriburu, no pudo menos que decir: "El ministerio intelectual y socialmente no puede ser mejor; pero llama la atención que tres de los ocho ministros estén vinculados a las compañías extranjeras de petróleo, y todos, salvo dos o tres, a diversas empresas capitalistas y yanquis". Nuevo fenómeno La paradoja es que la lucha contra la crisis mundial obliga a los gobiernos liberales-conservadores, sucedáneos del profascista de Uriburu, a generar densos sistemas de control y de regulaciones dentro del aparato del Estado. Decenas de juntas reguladoras, un rol activo del Banco Nación, la creación de un Banco Central (en manos de accionistas extranjeros), control del comercio exterior, políticas de protección a ciertos sectores industriales y la creación del Impuesto a las Ganancias (a los Réditos, en aquel momento), entre otras modificaciones, hicieron que el sector industrial duplicara el valor de la producción incorporando mano de obra que emergía del interior profundo hacia las grandes urbes.El oprobio de la muerte del senador Enzo Bordabehere mostró en toda su magnitud el deterioro institucional. Ernesto San Martino, joven diputado radical, diría que lo que asolaba a la república era espantoso, atribulado quizá tanto por la indiferencia de la sociedad como por la del propio presidente.Según Ismael Viñas: "Los años duros del '30: la clase media lloraba sus ilusiones frustradas; no se había realizado ni el sueño radical ni el sueño liberal de la alianza socialista-demócrata progresista; la clase media no era capaz de conquistar realmente el poder. Las clases altas exhibían su cinismo. (...) Los hombres de Boedo insistían en su literatura de protesta, de descripción del mundo de los oprimidos. Arlt proponía levantar cadenas de prostíbulos para pagar la revolución. Pero en esos mismos momentos se multiplicaban las fábricas y los peones rurales comenzaban a abandonar sus pagos tristes y miserables para enrolarse como proletarios industriales".Nadie reparó lo suficiente en el significado del desplazamiento poblacional que Viñas describiría años después en la revista Contorno , ni tampoco en el acrecentamiento de la influencia del Ejército y la Iglesia Católica.Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), profundas divisiones entre liberales y nacionalistas contribuyeron a crear nuevas grietas entre los dirigentes. Mientras, la sociedad quedaba a la deriva. Las contradicciones entre los valores que requería el Estado de derecho y las prácticas sociales de esos 12 años no pudieron ser mayores. No es casual que el pueblo las identificara plenamente en el tango Cambalache , de Enrique Santos Discépolo.
*Profesor por concurso de la UNC, presidente internacional de la Sociedad Latinoamericana de Estrategia (Slade)

