Las dimensiones de la violencia
Somos testigos de situaciones que despiertan el asombro, el horror y que no reconocen motivos humanamente comprensibles para el desarrollo de actos destructivos.
Acoso escolar; cortarle el rostro a quien es más bella (a modo de ataque envidioso); golpear a una embarazada; matar a un bebé; asesinar a la esposa y a los hijos cuando estos son tomados como parte y/o prolongación de ella (en casos de violencia familiar); niños y adolescentes que matan, abusan; linchamientos. Estos son algunos de los episodios que despiertan el horror, el espanto en el sentir colectivo. Los actos de violencia social, tan presentes en la actualidad, nos convocan como integrantes de la sociedad a pensar que nos encontramos inmersos en un clima social de discurso y comportamiento violentos, lo cual propicia un círculo de retroalimentación, con incremento en montos y cualidad.Así, resultan audibles casos de robo que culminan en homicidio, como si la vida en sí misma estuviera despojada de valor y ante lo cual parece que impera el conseguir o tener, aquí y ahora, y a cualquier precio y sin medir consecuencias. Ante ello, eclosionan las respuestas sociales (linchamientos) también desmedidas y de trazo violento.Nos preocupa este complejo fenómeno histórico, político, económico y social que conmueve a toda nuestra sociedad y genera profundos cambios en la cotidianidad. Cambios que llevan a asumir conductas de alerta permanentes, frente a la inminencia de actos violentos de diversa índole y gravedad, que ponen en jaque la vida e integridad.
Nuevas configuraciones
Estas transformaciones de la vida social introducen un nuevo orden a nivel de las características de la familia moderna y de las instituciones que la acompañan. Aparecen neoproducciones sociales que abren el campo a complejizaciones psíquicas, donde el sujeto y el mundo se interpenetran y dan lugar a cambios, y ello genera mutaciones en la subjetividad.
Ante ello se observan, también, nuevas configuraciones de violencia que se expresan en nuevos modos de organización y con trazados de mayor crueldad.
Ante esta situación, nos preguntamos: ¿qué implicancias tiene en las condiciones de producción de subjetividad? ¿Qué hace la violencia en nosotros y qué hac e una persona con ella?
Entendemos que la violencia atraviesa los discursos y aparece en actos que desconocen la condición humana del más desvalido y vulnerable. Somos testigos de situaciones que despiertan el asombro, el horror y que no reconocen motivos humanamente comprensibles para el desarrollo de actos destructivos. Actos de crueldad que parecen indicar que entran en agonía los valores, donde el sentido de vida no está significado como un bien en sí mismo.
La frecuencia y magnitud de actos violentos nos lleva a preguntarnos acerca de lo que sucede con las manifestaciones de angustia ante un delito, un peligro, porque entendemos que estas vivencias devienen de funciones yoicas ligadas a la preservación de la vida.
Ante ello, observamos que ciertos actos delictivos se encuentran despojados de este componente, lo cual posibilita la asunción de posicionamientos omnipotentes, que llevan a un borramiento de la existencia del otro, como sujeto de derechos y de singularidad.
Actos de violencia que espejan la indiferencia ante el sufrimiento humano y que llevan a perpetrar crímenes con un alto contenido de crueldad, con fallas importantes en los sistemas inhibitorios de la agresividad y en los cuales los registros subjetivos no saben de la palabra horror.
Hacia fuera
Los datos que aportan la realidad y nuestro trabajo profesional permiten referenciar que muchos agresores externalizan sus contenidos intolerantes (en el acto criminal).
La fuerza de la expulsión permite dar fundamento a la presencia de contenidos de naturaleza terrorífica que gobiernan sus estados mentales. Podemos preguntarnos: ¿la indiferencia emocional ante dichos actos se encuentra enlazada a instancias evolutivas primarias, donde se jugaba la indiferenciación, o es producto también de modos internos violentos que destruyen las instancias de vinculación más ligadas a la vida?
La casuística nos devela que el existenciario de muchos jóvenes que incurren en la delincuencia se encuentra delineado por el acto. Poco encontramos acerca de vivencias subjetivas que permitan saber acerca de sí mismo y que ello dé lugar a transformaciones.
Aparece la inapetencia del deseo, la indiferencia, las emociones anuladas que parece que orientan el devenir a un modo inorgánico, y donde adquiere supremacía la pulsión de muerte y la dimensión tanática, sin disfraces y con una débil regulación del principio de placer.
Es posible escuchar la necesidad de liberarse de las complicaciones emocionales de la vida y de los vínculos, y no querer saber acerca de las emociones, el dolor, la espera o la incertidumbre.
Casi podemos pensar en la anulación del factor emocional, aquel que origina el pensamiento y da lugar a la evolución psíquica.
Vivencias que abruman
Si arribamos a un análisis macro, pensamos que, cuando una trama social se vuelve violenta, los intercambios revierten la función de ligadura, se tornan negativos y en lugar de evolución hay acto, vaciamiento y decrecimiento mental. Así, observamos funcionamientos emocionales ligados a la inmediatez, donde la postergación y el factor espera se encuentran debilitados o son inexistentes, y en muchos casos propician el suelo para la delincuencia.
Estos escenarios sociales nos llevaron a preguntarnos: ¿cómo se transmite la vida? Y también: ¿qué está transmitiendo la vida para que se incrementen los modos relacionales violentos descriptos? ¿Las vivencias sociales-individuales espejan un malestar en la cultura, o es un malestar que ya esta hecho cultura?
Entendemos que, cuando los niveles de malestar social se tornan excesivos, pueden desbordar la capacidad de ligadura, entendimiento y devenir en vivencias que abruman, generando desestabilidad psíquica, rompiendo ligaduras representacionales. Porque en la dinámica mundo externo-mundo interno, la violencia externa puede hacer reflejo hacia el interior.
Nos preguntamos también si es posible conjeturar que la sociedad padece un momento regresivo de su civilidad con un fuerte predominio de la imagen y la acción en sustitución del pensamiento y la palabra.
Creemos que este momento social nos interpela como integrantes de la sociedad a efectuar un replanteo no sólo personal, familiar e institucional, sino de todos los sectores responsables, a dar respuestas acordes con la movilización emocional que implica el vivir cotidiano en relación con las condiciones enunciadas.
Pensamos que cuando existe mayor armonía entre el individuo y el medio social, es un marco propicio para el surgimiento de condiciones relacionales de mayor enlace con la vida.
*Licenciadas en Psicología, peritos oficiales del Equipo de Niñez, Juventud, Violencia Familiar y Penal Juvenil del Poder Judicial.

