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La última década

La perdurabilidad y solidez de cualquier proyecto político democrático depende de la unidad nacional que se logre a través de la tolerancia y el respeto al disenso. Enrique Asbert.

24 de enero de 2013 a las 12:01 a. m.
Enrique Asbert (Exlegislador provincial)
La última década

La teoría política moderna acepta varias acepciones para la palabra "patrimonialismo": la primera –la más habitual– se refiere a aquella situación en la que los gobernantes disponen de los bienes públicos como si fueran propios. Esto supone una confusión entre los bienes personales del soberano y los bienes de propiedad del Estado. Otro de los alcances de la expresión, como forma de dominación política –que fue estudiada en el clásico Economía y sociedad del sociólogo Max Weber–, podría expresarse como el dominio que un príncipe o señor ejerce sobre los sometidos y súbditos mediante un aparato burocrático integrado por favoritos fieles al soberano. Esta forma de ejercicio de la autoridad implica una vinculación entre la sociedad y quien la gobierna en la que sólo importa la voluntad del gobernante. Hacia el interior del aparato estatal se establece una relación, entre quien ejerce el poder supremo y sus funcionarios, en la que no se plantea la autocrítica ni se admiten diferencias ni disensos. En este caso, se obedece más a la disposición individual del gobernante que a leyes fijas y establecidas. Esta forma de relación obstaculiza la racionalidad económica y política, en la que la eficiencia de los funcionarios es más importante que la fidelidad y obsecuencia. En la historia moderna se acepta esta modalidad como necesaria frente a condiciones extremas: hecatombes naturales, guerras o situaciones socioeconómicas muy críticas. En Argentina, sin duda, las condiciones en que el presidente Néstor Kirchner había accedido al gobierno –con menos del 25 por ciento de los votos, en medio de una de las crisis socioeconómicas más profundas de la historia argentina– requerían tomar medidas firmes, de carácter estratégico, que no debían ni podían ser cuestionadas, ya que la realidad exigía decisiones prontas y profundas. La centralización de la toma de decisiones significó la asunción del papel central de la política frente a la economía, cambiando el eje, que hasta entonces había sido el mercado. Pero aun en medio del infierno –como el propio presidente expresara– y advirtiendo que era crucial la recuperación de la institucionalidad, se preocupó por establecer un sistema para la designación de los integrantes de la Corte Suprema que garantizara su probidad y nivel de conocimiento. Tengo el orgullo de haber participado en la elaboración de ese procedimiento. En ese momento, los argentinos comenzábamos a recuperar la esperanza como primera etapa de la recuperación espiritual, social y económica. El valor de la prudencia. La situación actual es distinta. El Gobierno está consolidado; hay una Presidenta que fue reelegida con más del 54 por ciento de los votos, y tenemos varios años de crecimiento económico ininterrumpido. Las condiciones se alejan de aquellas que justificaban esa relación patrimonialista y se relacionan a la prevención que pidiera Juan Domingo Perón antes de su primer retorno en 1972: "Nunca hemos sido tan fuertes. En consecuencia, ha llegado la hora de emplear la inteligencia y la tolerancia, porque el que se siente fuerte suele ser propicio a prescindir de la prudencia".Con motivo de mi reincorporación a la función pública en el ámbito de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, tuve una charla con mi amigo Eduardo Luis Duhalde, a la sazón secretario de Estado. Fue una larga velada de discusión en la que escuchó mis planteos que exigían la incorporación a nuestra gestión en la Secretaría de la enérgica defensa de los derechos humanos de tercera generación –especialmente los sociales, ambientales y a la salud– y mis diferencias con las políticas permisivas en las explotaciones de megaminería, el uso de agroquímicos y la situación que se vive en muchas cárceles del país. También pedía por la transparencia en la gestión de algunos funcionarios, así como la preocupación por la alteración de los objetivos de los organismos de defensa de los derechos humanos –que mostraban cierto perfil empresarial, con comportamientos muchas veces rayanos en lo delictivo–, entre otras inquietudes.Alentado por su pedido de informe de situación acerca de estos temas en la jurisdicción a mi cargo, en su momento me reincorporé a la función. Ausencias. Luego vendrían su enfermedad, su larga agonía y finalmente su muerte, en abril de 2012. Vivo con pesar la irreparable ausencia física y política de Néstor Kirchner y de Eduardo Luis Duhalde y me sumo a los millones de argentinos que hoy sienten que con el transcurrir del tiempo, esta pérdida se agiganta. Con aquella designación, ambos me permitieron aportar mi granito de arena en la lucha por el restablecimiento de la verdad, la memoria y la justicia. Sin brindis. Mi despido como funcionario de la Secretaría de Derechos Humanos, el 30 de noviembre de 2012, me evitó tener que rechazar la invitación a celebraciones y brindis que se realizaron en el predio del campo de tortura y exterminio de la Esma a fines de diciembre. Hoy renuevo mi compromiso en la defensa de los derechos humanos. Sigo convencido de que la perdurabilidad y solidez de cualquier proyecto político democrático depende de la unidad nacional que se logre a través de la tolerancia y el respeto al disenso. Con esa vocación vital, que excede los avatares de la política y los cargos circunstanciales, hoy prosigo desde el llano con la tarea militante.