Temas del día:

La patria política y la patria futbolera

Argentina se olvidó del diálogo. Cree que la democracia es sólo confrontar y debatir. Por cierto, la democracia implica confrontación y debate, pero en modo alguno puede excluir el diálogo.

11 de julio de 2015 a las 12:01 a. m.
Claudio Fantini*
La patria política y la patria futbolera

"La derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce", dijo Jorge Luis Borges. Por eso un síntoma preocupante en un país es que la derrota carezca de esa dignidad que la enaltece. La Argentina política y la Argentina futbolera son arrogantes en la victoria e indignas en la derrota. Lo fueron los hinchas que hicieron cánticos antichilenos en el propio Chile y los que repudiaron a los jugadores por haber perdido la final de la Copa América. También los dirigentes kirchneristas que corrieron a poner la cara en la postal del único triunfo que consiguió el oficialismo en el llamado "superdomingo".Que Daniel Scioli, Carlos Zannini, Wado de Pedro, Aníbal Fernández y Sergio Berni hayan viajado a La Rioja para figurar en la foto triunfal de Sergio Casas fue tan poco digno y tan absurdo como la Presidenta tuiteando sobre el resultado en Grecia esa noche clave del calendario electoral.Por cierto, no comen vidrio. Si en lugar de hacer un digno acompañamiento a los derrotados (como hizo Ernesto Sanz con el radical riojano), lo que hicieron fue asomarse a la foto del único kirchnerista que no había sido arrasado por un tsunami opositor, es porque en Argentina se pueden hacer esas cosas impresentables, y también otras, como apretar a Martín Lousteau desde medios y empresas para que desista del balotaje.Muchas escenas de los ganadores del domingo también fueron poco edificantes. En todo caso, volvieron a mostrar que, si bien el kirchnerismo tiene en contra un porcentaje de la población bastante superior al 50 por ciento (quizá por encima del 60), tiene a su favor la gris medianía opositora.Entre otras falencias, la oposición exhibe no saber dialogar. Argentina se olvidó del diálogo. Cree que la democracia es sólo confrontar y debatir. Por cierto, la democracia implica confrontación y debate, pero en modo alguno puede excluir el diálogo. Y en el país ya nadie sabe dialogar.Los debates entre candidatos no sirven, porque todos hacen lo que mostró Arthur Schopenhauer en un libro que parece menor, pero constituye una lúcida descripción de uno de los lados oscuros de la naturaleza humana.El filósofo alemán que partió de Platón, se fortaleció en Spinoza, enriqueció a Kant y atacó a Hegel, además de obras cumbres como El mundo como voluntad y representación , escribió Erística: el arte de tener razón , en cuyas páginas desarrolla 38 estratagemas para imponerse en los debates.Partiendo de la antigua palabra griega que alude a la técnica de la confrontación retórica, Schopenhauer rescata el sentido de Eutidemo , el diálogo en el que Platón contrapone la erística de los sofistas con la dialéctica de los filósofos.Lo que quiere demostrar es que un rasgo de la mediocridad humana hace que el hombre no prefiera una interacción dialéctica con el otro para buscar la verdad, sino debatir para imponerse sobre la razón del otro.

La indignidad

En el kirchnerismo, el diálogo no existe ni siquiera hacia adentro, donde lo que existe es una verticalidad por la que la jefa baja una línea que se cumple sin chistar. En el kirchnerismo, hay monólogo, o sea, una sola razón que es unipersonal. De ahí hacia abajo, lo que hay es subordinación y valor para confrontar erísticamente con los enemigos.

La oposición siempre habla de diálogo, pero confunde dialogar con consensuar. Al consenso se llega mediante la negociación, y dialogar es otra cosa. Dialogar es exponer la razón propia y escuchar la del otro, sin descalificarla. De hecho, diálogo implica aceptación de más de un logos (razón). Es una búsqueda dual, o colectiva, de la verdad.

La oposición confunde diálogo con consenso y, para colmo, ni siquiera sabe consensuar. Cuando lo consigue, hace acuerdos que se destartalan a poco de implementarse. Esa incapacidad opositora es su gran aporte al kirchnerismo.

El debate entre candidatos no sirve, porque se convierte en esgrima erística entre personas que no buscan la razón, sino el poder. En los debates gana el más hábil, no el que tiene razón. Lo que debería exigir la sociedad, si realmente le importara, son explicaciones y planes.

La Argentina política se parece a la Argentina futbolera. La arrogancia triunfalista llegó a la postal insólita que aquí nadie repudió: los argentinos en ciudades trasandinas cantando contra Chile por la Guerra de Malvinas. Y después, la indignidad en la derrota con la ola de críticas a los mismos jugadores que, con otra suerte en los penales, habrían alabado de forma desmesurada.

El país que dio la espalda a la selección y que ni se mosqueó cuando desubicados envueltos en banderas cantaban contra el país anfitrión como ya lo habían hecho en Brasil es el equivalente de la dirigencia que dejó solos a sus candidatos derrotados.

Lejos de la dignidad que Borges le asignó a la derrota, al país futbolero le dio una lección la madre de un futbolista. “Por qué llaman a los jugadores millonarios hijos de puta. Millonarios hijos de puta son los corruptos que se enriquecen en el gobierno”. Y a ellos los votan, en lugar de repudiarlos.

Entre tanto desvarío, a la explicación más sensata de la indignidad en la derrota a la que arrastra el triunfalismo bobo también la dio la mamá del “Kun” Agüero: “busquen la alegría en la familia y en los amigos, no en el fútbol”.

* Periodista y politólogo