La marcha, desde dentro del arca
El título es literal. Pero no fue el arca de Noé, pese al diluvio. Me tocó una vez más estar al lado de la familia del fiscal Alberto Nisman, de bendita memoria, esta vez en la marcha del 18-F.
El título es literal. Pero no fue el arca de Noé, pese al diluvio. Me tocó una vez más estar al lado de la familia del fiscal Alberto Nisman, de bendita memoria, esta vez en la marcha del 18-F. Lo había hecho –como rabino y desde la tradición judía, tratando de acompañar en el dolor a sus seres queridos– en la morgue, en el velatorio y en el entierro. Cada una de esas tres escalas tuvo poco, muy poco que ver con el principio del consuelo. Eran más bien estaciones de duelo que ponían aún más en evidencia la tristeza indecible por una muerte tan temprana y tan violenta, de la que todavía ni siquiera hay evidencias judiciables de sus responsables.Distinto era el marco del pasado miércoles en las calles de Buenos Aires. Fue un homenaje al fiscal muerto, desde el mismísimo primer paso de la marcha en el Congreso hasta el último en la Plaza de Mayo, frente a las oficinas donde trabajaba Nisman.Sosteniendo a tientas un paraguas prestado por sobre las cabezas de Sara y Sandra (la mamá y la hermana del fiscal), me vi, al igual que ellas, transportado por una multitud hacia el corazón de la capital porteña, envuelto en un abrazo conmovedor, genuino y desinteresado. Centímetros atrás, Sandra y Iara (la exesposa y la hija del fiscal) avanzaban como podían tratando de pedir un poco de espacio para movilizarse.Junto a la familia (y por decisión de ella misma), nos movilizamos a distancia de la primera fila de la marcha, unos 200 metros por detrás de los fiscales convocantes.Lejos de los flashes y con el dolor a cuestas, la familia dio un ejemplo de civilidad y coraje, empezando por esta preciosa e íntegra adolescente de 15 años que tuvo que crecer de golpe en estos últimos 30 días.También su abuela, su tía y su madre lo hicieron. Las miradas hacia ningún lugar, hacia el piso barnizado por el agua, o hacia la memoria de Alberto.Los oídos, abiertos a las voces de apoyo, a los gritos de "fuerza" o de "todos somos Nisman", empezaron a dibujar en sus rostros un esbozo de sonrisa que no era de júbilo sino de gratitud y de empatía.Mientras tanto, el himno repetido hasta el cansancio por millares de compatriotas parecía trocar el grito sagrado de "libertad" por el de "justicia".Un solo instante me fui de la caminata, y me descubrí marchando por el Sinaí; tal vez porque durante la semana pasada en todas las sinagogas del mundo estábamos leyendo el texto de La Torá donde se le comanda a Moisés, recién salido de Egipto, construir un tabernáculo cuyo corazón era el arca que portaba las tablas de la ley.Dicen nuestros sabios que el pueblo marchaba llevando también una segunda urna ("arón" en hebreo): la de los restos de José, que había pedido ser sepultado en la tierra prometida. Volví de golpe a las resbaladizas calles de Buenos Aires, miré a mi alrededor y percibí otro pueblo, igual de mío, que sin saberlo portaba ambas arcas.Llevaba del brazo y de los hombros a los deudos, como si entre todos estuvieran sosteniendo los restos de su ser querido, y al mismo tiempo, no dejaban de abrazarse al clamor por la ley.
*Rabino, integrante del Comipaz

