La gripe de la economía
Hace ya tiempo que el tipo de cambio competitivo, la inflación moderada y los superávits comercial y fiscal dejaron de obsesionar, sanamente, a los gobiernos K. Horacio Serafini.
Bien podría parangonarse la situación de la economía, no así de la política, con la gripe que la pasada semana retuvo a la Presidenta en Olivos. Pero si Cristina Fernández salió de la gripe en un par de días, nada hace prever que será pasajera la afección que alcanza a la economía. No parece haber un diagnóstico preciso ni, por tanto, un remedio acorde. Ciertamente, la crisis global contribuye. El Gobierno no carece de razón cuando, ante las consecuencias de esa crisis, da prioridad a medidas de protección de la producción y el mercado internos. Pero es insuficiente por demás atribuir al afuera lo que pasa adentro; como lo fue cuando, en sentido contrario, no se reconocía mérito al Gobierno por el crecimiento a tasas chinas posterior a 2003.La economía está en desaceleración. Hasta el Indec lo reconoce: la industria creció apenas 0,6 por ciento en el primer cuatrimestre, después de que en abril cayó 1,4 en comparación con marzo y 0,4 por ciento con el mismo mes de 2011.También en la semana que pasó se supo que en abril el déficit fiscal financiero fue 4,5 veces mayor que el del mismo mes del año pasado. Y que el superávit primario (antes del pago de deuda), pese a los cuantiosos aportes del Banco Central y la Anses, resultó 46,2 por ciento inferior al de abril anterior. Continuó el embate sobre el dólar paralelo, que llegó a tener un pico diferencial con el oficial de 37 por ciento, en un mercado marginal al que las medidas de control cambiario del Gobierno elevan a la categoría de principal en las expectativas de buena parte de los argentinos. Sin plan. La economía no se desacelera porque de buenas a primeras desapareció el trípode sobre el que se construyeron los años de tasas chinas. Hace ya tiempo que el tipo de cambio competitivo, la inflación moderada y los superávits comercial y fiscal dejaron de obsesionar, sanamente, a los gobiernos K. No parece, en cambio, haber un plan alternativo, sin que ello suponga renunciar a la política económica de crecimiento con inclusión social, capaz de reconstruir aquel trípode. Apenas un caso: el del dólar. Los controles parecen tener un efecto inverso al buscado y, a medida que esa presión avance, será cada vez más conflictivo sincerar de manera gradual lo que ya hace tiempo debería haberse empezado a hacer. Como muestra de esa desatención, están los problemas financieros de las provincias. En su mayoría, tienen apremios financieros producto de la baja de la coparticipación, como de la recaudación propia por la desaceleración económica. Ocho de ellas afrontan dificultades para pagar los salarios de junio. El paliativo ha sido por ahora la autorización de la Nación para tomar deuda que les permita hacer frente a gastos corrientes. Unos y otros. Estas dificultades perfilaban convertirse en el centro del encuentro que gobernadores justicialistas iban a tener el martes con Cristina Fernández, antes de la reunión del Consejo Nacional del PJ, pero que la gripe obligó a suspender. Tampoco irrumpieron en la reunión, ante la clausura por decisión presidencial de cualquier atisbo de disidencia. Así, Daniel Scioli tuvo que meter violín en bolsa el gesto de autonomía que días antes había insinuado cuando hizo públicas sus "aspiraciones presidenciales" para 2015. Es cierto que al encuentro del PJ se llegó tras ponerle paños fríos al enfrentamiento del sciolismo con el kirchnerismo, pero esos paños volverán a recalentarse cuando el bonaerense intente un mínimo gesto de autonomía política.Por lo pronto, Scioli terminó acotadísimo al frente del PJ. No sólo no figura entre los seis gobernadores de la flamante mesa chica que es la Comisión de Acción Política. También quedó reducido a la condición de imán de heridos del kirchnerismo, como Alberto Fernández y Hugo Moyano. La integración de esa mesa es netamente cristinista, con dos mensajes que reconfirman con quiénes ella busca llegar a las legislativas de 2013. Por un lado, La Cámpora, que también a nivel del PJ ha sido jerarquizada, con dos integrantes sobre 21. Y, por otro, los sindicalistas Antonio Caló, Omar Viviani y Andrés Rodríguez: el primero, por ser el favorito de Cristina para la CGT; el segundo, por haber roto una relación de años con Moyano; el tercero, por haber cerrado una paritaria alineada con la pretensión de la Rosada. Pero Caló difícilmente pueda dar pelea al camionero. A juzgar por los posicionamientos, no habrá elección. La CGT se encamina de modo inexorable hacia su ruptura. Dos CGT y dos CTA suponen contratiempos para el Gobierno a la hora de encontrar interlocutores y acordar políticas. Una dificultad adicional que, según cómo evolucione la "gripe" económica, se verá cómo se resuelve.

