La escuela, un debate pendiente
La educación religiosa y la vinculación con las empresas no son los temas centrales del debate educativo, sino si los educadores vamos a ser adultos o vamos a seguir en la demagogia. Rafael Velasco, sj.
Se ve, hace tiempo, que la escuela tiene dificultades para contener a los alumnos. Esa constatación ha llevado a priorizar, en las políticas educativas, la contención dentro del sistema escolar. Por eso, el alumno come en la escuela y por todos los medios se intenta contenerlo dentro del sistema. Porque afuera está la calle, la droga, la violencia, el sinsentido. Esta preocupación por la contención ha llevado también a poner serias dificultades para la sanción y aun expulsión de alumnos de los centros educativos, a pesar de que haya muchas veces razones más que sobradas. Se ha priorizado una pedagogía de la contención con la esperanza de que, perseverando en la escuela, algo aprenderá y será mejor que si está en la calle. Algo que, en cierto modo, es verdadero. Por otro lado, ¿qué pasa con esas horas en las que el alumno está dentro de la escuela? ¿Qué recibe? Porque si se prioriza tanto la contención, se termina descuidando otro de los polos fundamentales en el proceso educativo: la autoridad. Si el alumno debe ser contenido por todos los medios, ¿qué lugar ocupa el docente? ¿Es, entonces, un trabajador que tiene la principal misión de contener al alumno en la escuela? ¿Su primera misión no es enseñar?Dado que el proceso educativo es asimétrico, porque hay alguien que sabe algo más –el docente– y lo enseña a alguien que aún no sabe, ese proceso de enseñanza-aprendizaje no puede sostenerse sin dar autoridad al docente, sin consagrar a través de la cultura institucional, que el docente tiene autoridad. Por lo tanto, tiene que ser apoyado por la institución, entre otras cosas, frente a los reclamos –muchas veces desproporcionados– de las familias. Autoridad: una palabra tabú. Los años de la dictadura le han dejado al sistema educativo –entre sus muchas nefastas consecuencias– un cierto terror a la palabra autoridad. De inmediato, al mentar esa palabra, hay que comenzar a aclarar que se está hablando de autoridad y no de autoritarismo. Sin embargo, el interlocutor sigue mirando de reojo al que defiende el término, con una cierta sospecha: no vaya a ser que se trate de un "facho" o algo semejante. Lo cierto es que el término autoridad hoy cotiza en baja, al menos en el lenguaje políticamente correcto. Lamentablemente, el término ha sido copado por sectores más bien autoritarios para exponer sus ansias de volver a "otros tiempos" en los que se imponían las ideas, los gustos y se lo hacía a cualquier precio. Ese terror a la imposición ha invadido el sistema educativo y la mirada ideológica del mismo. Con lo que –me parece–, se han desequilibrado las cosas.Por eso, tampoco se habla ya de sanción (otra palabra cargada de sentido negativo). Sin embargo, no hay manera de educar sin un sistema de incentivos, de premios y castigos. Por otra parte… Convengamos, además, que la autoridad no es algo que viene naturalmente. Es algo que se conquista. Los alumnos conceden autoridad a quienes consideran significativos y la saben reconocer cuando la ven. La autoridad –que, insisto, nada tiene que ver con el autoritarismo–se da cuando el docente es capaz de sacar lo mejor del alumno (educar viene de ex ducere : sacar de adentro, y de e-ducre : conducir) y eso se hace exigiéndolo, porque no surge solo. Se construye con esfuerzo y dedicación, exigencia y motivación, siendo capaces de motivar, de suscitar el deseo de aprender. En lo fundamental, la autoridad está vinculada con el cariño. Los alumnos son capaces de distinguir a la perfección –aunque no lo digan demasiado– entre el cariño y la demagogia. La demagogia hace mucho daño, porque baja el nivel, se mimetiza con el alumno, y lo que el alumno necesita enfrente es un adulto. Justamente para poder confrontar con el adulto, para poder medirse y crecer. Pero si el adulto renuncia a serlo y se mimetiza con el adolescente, entonces lo está estafando.Y para sostener esa autoridad docente, debe estar detrás el sistema educativo. Adolescencia responsable. Por otra parte, con claridad, se ha visto por estos días que algunos sectores pretenden que los adolescentes son los que saben cómo debe ser la escuela. Es más, algunas expresiones durante el debate del proyecto de ley de educación parecían pretender que los únicos que saben son los estudiantes. Ante esto, me pregunto: ¿los alumnos son lo suficientemente responsables para señalar cómo debe ser el sistema educativo (sin haber estudiado el tema), pero no son lo suficientemente responsables, por ejemplo, para asumir las consecuencias de actos que son posibles de sanciones que incluso podrían dejarlos fuera de la escuela? ¿Se los debe contener pero, por otro lado, se les debe conceder la palabra autorizada?No tengo dudas de que la voz de los alumnos es una voz importante, porque nos enseña mucho acerca de quiénes son esos adolescentes a quienes tenemos que intentar formar. Pero de ahí a pretender que son algo así como la palabra autorizada, creo que hay un trecho grande y, como está dicho, una gran contradicción. Es como si se pretendiera que los hijos determinen cómo debe ser la familia. Temas centrales. El mencionado debate ha puesto sobre el tapete algunos temas que, considero, no son centrales: el famoso inciso sobre la opción de la enseñanza de la religión en las escuelas del Estado y el tema de la vinculación con las empresas. Esos han sido dos de los grandes temas. Pero no se ha hablado de un tema central como es esta polaridad: autoridad-contención. Si de verdad pensamos que el sistema educativo debe ayudar a los alumnos a crecer interiormente, a formarse y a ser capaces de asumir un proyecto de vida personal, con la mayor cantidad de herramientas posibles para transformar la sociedad, debemos afrontar este tema. No sólo desde la ley, sino como sociedad. Pretendemos que la escuela haga lo que como sociedad no hacemos ni queremos esforzarnos por hacer. Por todas partes canonizamos la banalidad, la avivada, el golpe de suerte (basta ver la televisión) y después pretendemos que la escuela eduque en valores. ¡Qué contradicción!Creo que en algo los estamos estafando a nuestros adolescentes. Porque discutimos temas periféricos, pero hace rato que estamos eludiendo el debate verdadero: los educadores, ¿vamos a ser adultos o vamos a seguir en la demagogia? Desde el sistema educativo, ¿vamos a fortalecer la autoridad, sin perder de vista la contención, o vamos a seguir administrando lo que hay? Ensayar este debate, tal vez sea más provechoso para todos.

