La cultura en la corrupción
El político se presenta como un ser que desea hacernos un favor sin conocernos, y el pueblo lo mira cada vez con más desconfianza.
Si así como existe un CI (coeficiente intelectual) de 1 a 150, existiese ese puntaje para un CM (coeficiente moral), la Madre Teresa de Calcuta o Sócrates tendrían 150; y la mayoría de los políticos oscilaría entre 30 y 50. Y si todos los seres del mundo tuviesen una estatura moral superior a 130, entonces el sistema más perfecto o menos imperfecto, en lugar de un despotismo ilustrado, sería una democracia ilustrada basada también en un gobierno que acentuara el predominio de la razón y la creencia en el progreso humano.Con la comprensión de los más ilustres –esto es, los más insignes–, no podría atropellarse a la Justicia ni a los de menos recursos; se terminarían la pedantería, la mala fe y la chicana en el gobierno; y el sol de la bondad brillaría para todo el pueblo.Y quedarían sin efecto sentencias como la de André Maurois en su Byron, donde afirma: "Las opiniones de los políticos son como la amante joven de un viejo: cuanto más alocadas, más gustan".Descendiendo a nuestra realidad, acotemos que casi siempre el político se presenta como un ser que desea hacernos un favor sin conocernos, y el pueblo lo mira cada vez con más desconfianza.De allí que el ciudadano honrado y sin padrinos capitalistas, que desee dedicarse a la política, tenga que afrontar muchos sinsabores y, en lucha desigual, tratar de hacerse conocer e imponer su rectitud sin aquella velocidad que impulsa al incapaz con su dudosa moral encubierta en la publicidad.Es prudente, entonces, limitar los mandatos, pues, sin una pausa, existe el riesgo latente de que el inescrupuloso permanezca en el poder y, escudado con una guardia de hierro, se vuelva insensible ante el reclamo de las clases desheredadas que enarbolan sus banderas de harapos.La pobreza es el peor de los crímenes, pero ese amontonar en los suburbios seres mal alimentados, que soportan sus terribles enfermedades, puede convertirse en arma de doble filo.Dice Fernández Arlaud que, concluido el mandato del presidente Agustín Pedro Justo, se realizan las elecciones del 5 de septiembre de 1937. Triunfa la Concordancia con un fraude generalizado. A las 8.30, los comicios habían "terminado". Los que querían votar eran dispersados. Se presenta un pobre y el fiscal oficialista le dice:–Andate, nomás, ya has votado.–Pero si yo no vi nada.–¡Cha qué ignorante! ¿Y qué querés ver? ¿No sabés que el voto es secreto?Si esto no prosperaba, las urnas eran cambiadas en el correo. Por lo visto, se ha progresado, pero no mucho. El dictador generalmente olfatea el peligro y echa mano a los medios de difusión a los que trata de acaparar.Sabe bien que el sueño de la muchedumbre descansa sobre el éxito de los ídolos, así como el sueño del primitivo animista adoraba árboles y otras fuerzas de la naturaleza. Aunque aquella cultura es tenida hoy por incultura hasta por el ser más ignorante.El tema nos recuerda a un funcionario corrupto que fue citado por evadir impuestos. Estuvo unas horas en las oficinas llenando declaraciones juradas. Cuando terminó, los empleados le dijeron:–Bien, le llamaremos un taxi.–No hace falta –objetó el evasor–, tengo mi auto allí en la puerta.–¡Eso es lo que usted cree! –le aclararon.En suma, si una casta de funcionarios toma al pueblo como un medio para ascender en detrimento de la moral, sólo pueden salvar a una nación la cultura y la dignidad de sus ciudadanos.
*Periodista

