La corrupción y la sed de justicia
El “caso Schoklender” tiene el poder de conmocionar, ya que la sospecha de corrupción estalla donde se estima se cobijan valores sobre la dignidad. Alejandro Mareco.
La prepotencia del dinero, en todos los universos de este mundo, abre el ida y vuelta de la corrupción. Su inmenso poder reside, entre otras cosas, en su capacidad para doblegar dignidades, desde las más frágiles hasta incluso algunas que se pensaban muy firmes; pero, claro, para que el círculo se cierre, son necesarios espíritus dispuestos a ser corrompidos, a entregar lo que es de todos para sus venturas personales. El dinero, claro, como símbolo y muchas veces como último objetivo disimulado en otros, como recibir a cambio oportunidades de relaciones de todo tipo (sexuales, sociales, económicas), que tengan incluso que ver con las ansias de fama, prestigio, reconocimiento, prebendas varias y otras satisfacciones personales. De todos modos, muchos de esos objetivos pueden ser reducibles sólo al dinero.Acaso la historia de los privilegios sea la historia de los hombres, la que ya está escrita y la que se escribirá hasta el final, hasta que sean la justicia o la nada definitivas. La escala de los privilegios es tan amplia; va desde los más contundentes que han alimentado la voracidad de imperios e imperialismos hasta los más pequeños, casi imperceptibles. El poder del dinero. Es posible que la corrupción no sea de izquierda ni de derecha, que no tenga que ver con la definición de uno u otro modelo en su ideología política esencial (política y no económica), sino que se trate de acciones individuales y también de conspiraciones que persiguen intereses muy particulares, aunque en muchos casos el poder corruptor del dinero se usa sencillamente como estrategia de dominación política y económica. Los argentinos hemos asistido, en ese sentido, a demasiadas y contundentes manifestaciones como para decir que algo nos sorprende.En este espacio, hace tiempo señalábamos que no sólo habíamos visto una voracidad insaciable en acción –individual o grupal–, tragándose millonarios negocios en la escena pública, sino también a la corrupción transgrediendo todas las fronteras: se puede imaginar, por ejemplo, a un corrupto del Primer Mundo haciendo sus billetes con una licitación, pero no es tan habitual imaginarlo haciendo grandes negocios en contra de su país, a costa del porvenir de toda la sociedad en la que está inserto. Aquí, sobre todo a finales del siglo pasado, los corruptos nuestros no han titubeado en sacar su tajada pese al derrumbe nacional; aquí se han vaciado empresas nacionales para, primero, argumentar la necesidad de venderlas y luego, llegado el momento, venderlas como baratijas. Para más, la cotidianeidad de la corrupción en algún momento hizo que los corruptos fuesen tratados con respeto y admiración por su habilidad para enriquecerse sin castigo, por los medios usados en ese sentido.Pagamos un alto precio colectivo por eso, y hasta ahora no hemos sido capaces de lograr que reciban el castigo de la Justicia los pocos que se enriquecieron no sólo haciéndole trampas a la sociedad, sino también rematando el país al mejor postor.El caso de Sergio Schoklender en las Madres de Plaza de Mayo tiene un particular poder de conmocionar, ya que la sospecha de un hecho de corrupción estalla en el seno donde, se estima, se cobijan valores sobre la dignidad humana que hemos conseguido encender. Por eso, si todo debe pasar por la luz de la Justicia, este episodio demanda las energías y la convicción necesarias de las autoridades políticas y judiciales para correr el velo. No es necesario que haya corrido sangre.

