La charla en política
El filósofo griego Aristóteles dijo que el hombre es un animal político. Corresponde aclarar, empero, que los animales no macanean.
El político que no sabe mentir, es mejor que cierre su comité, expresaba desde antaño una sentencia pesimista. Domingo Sarmiento dijo que no hay político que no haya mentido. Puede haber algo o mucho de cierto en la afirmación, ya que existen muchas maneras de mentir, desde las paradojas lógicas hasta la omisión o el silencio.
La conferencia de prensa constituye, o constituyó, un elemento valioso de información, cuando el enfoque claro de los acuerdos o divergencias sobre un tema es planteado por la autoridad política o por los periodistas.
Siempre hay modos de escaparse por la tangente; esto es, aplicar el passing the buck, pasar la pelota o eludir el bulto. Hay especialistas en eludir una razón oculta refiriéndose a detalles que guardan estrecha vinculación con el problema.
La referida maña o avivada puede evitarse o debilitarse en la mesa redonda; aunque allí ocurre igualmente que el primer expositor le roba tiempo al segundo y este al tercero, y así hasta que al último le queda sólo un minuto, cosa que a veces es saludable, pues el tema se ha ido agotando.
Después de dicha mesa o de la conferencia de prensa, suele haber otra mesa, en el bar, donde no falta el político o el periodista que tiene la solución para los temas enfocados, pero que no se atrevió a ofender, o bien que no le dieron tiempo para exponer su original punto de vista.
Desde hace milenios, ya se utilizaron argumentos falaces. En su Apología, Platón narra la condena y ejecución de Sócrates, donde este, el condenado, dice al jurado: “Tengo tres hijos, de los cuales el mayor está en la adolescencia y los otros dos en la infancia y sin embargo no los haré comparecer aquí para convenceros de que me absolváis”. Está diciendo, con una retórica disimulada, que si lo condenan queda una familia sin padre.
Este argumentum ad misericordiam es frecuente en la corte. En la llamada conclusión irrelevante, se usa una premisa particular, generalmente verdadera, para obtener una conclusión diferente: el congresal argumenta que todos merecemos una vivienda digna; por lo tanto es un deber moral aprobar su plan de viviendas (desde luego, construidas en terrenos de su propiedad). El orador apela a un sentimiento muy caro para el pueblo: necesidad de un hogar.
Argumentum ad baculum (apelación a la fuerza). Es más triste porque intimida. Por ejemplo, en la interna, el candidato a diputado presiona: “Me tienen que poner por lo menos segundo en la lista para estas elecciones porque, en mi departamento de la provincia, tengo el 70 por ciento de los votos asegurados”. Ni por asomo espera que se discutan sus méritos morales.
En conclusión, Aristóteles dijo que el hombre es un animal político. Corresponde aclarar, empero, que los animales no macanean. Tampoco prometen, porque no poseen prospección, vale decir, no pueden pensar o considerar posibilidades futuras basadas en indicios presentes. Hay, desde luego, ejemplares como el zorro o el camaleón que engañan, pero no a los de su especie.
El hombre es el único animal que macanea y hace promesas. Si está en la oposición, exige cosas imposibles de obtener; porque si son fáciles, deja de ser una oposición. Y, cuanto más difícil es un problema, más individuos hay allí que puedan solucionarlo. Y una vez logrado el acceso al gobierno, este animal racional, cuando realiza algo sencillo, hace ver que no fue nada sencillo. Al actuar de este modo, su lenguaje debe ser complejo cuando llega el momento de disimular algún error o un fracaso que tampoco fue nada sencillo.
*Periodista

