La causa de todos los síntomas
El adolescente estaba retraído y disperso. Había perdido la atención. Su hermano dio en la tecla: era el celular.
La primera consulta fue por un insoportable dolor en el cuello. No podía girar la cabeza y hasta sentía hormigueos en los brazos. En una guardia le indicaron un analgésico común. El padre, con cefaleas desde joven, sospechó que su hijo había heredado lo mismo.
Una semana después aparecieron los mareos, breves pero intensos. Esto asustó a los padres, por lo que ambos lo acompañaron a la consulta con su pediatra.
“A los 13 años los mareos son frecuentes, no hay que preocuparse”, opinó la médica luego de revisar una serie de análisis, todos normales. Sin embargo, la molestia persistía y ocasionalmente terminaba en náuseas. Decidieron consultar con un neurólogo.
El especialista agregó estudios más complejos. Los suyos podían ser síntomas de enfermedades complicadas, por lo que esos días estuvieron cargados de angustia. Cuando descartaron aquellas posibilidades, se aliviaron todos: los padres y también su hermano menor. Los mareos fueron disminuyendo y la familia pareció recuperar la rutina.
Lo siguiente surgió en el colegio. Él, hasta entonces un excelente alumno, trajo una pobre libreta: había perdido promedio en cinco materias. “Estuvo enfermo; no podía estudiar”, apañó la madre. “No lo presionemos”, coincidió el padre. No obstante, pidieron una entrevista con la psicopedagoga del colegio. “Se lo ve distraído, algo disperso; pero es un chico inteligente y no tiene problemas de aprendizaje. Puede estar pasando por una etapa confusa, típica de la edad”, opinó la licenciada luego de varios encuentros.
Fue entonces cuando un profundo dolor en las muelas lo llevó al odontólogo. No podía dormir y su alimentación estaba muy afectada.
Preocupado, el profesional encontró desgaste en varios dientes. “Esto es nuevo en él; aprieta mucho y mal. ¿Está viviendo alguna situación de estrés?” preguntó. Los padres, mientras negaban con la cabeza, se miraron prometiéndose repensar la pregunta. Esa noche cenaron en silencio, preocupados. Les desconcertaba no saber qué ocurría con su hijo.
Mientras tanto, él, siempre simpático y comunicativo, se había tornado un adolescente retraído e inexpresivo.
Una mañana lo despertó un dolor punzante en las manos. Sentía agujas penetrando en los pulgares. No recordaba haberse golpeado. “No podés faltar al colegio, te vas a quedar libre”, le advirtió la madre, mientras buscaba un calmante. El dolor lo perturbó por varios días.
El último episodio fue un traumatismo de cráneo. Un feroz golpe en la frente, que demandó cuatro puntos de sutura, radiografías y una nueva participación del neurólogo, para descartar un daño en el cerebro.
En este momento la familia está reunida en el comedor; intenta explicar lo ocurrido. Con sorprendente iniciativa, el hermano menor, testigo del accidente, toma la palabra y comienza a relatar el episodio. Y el enigma comienza a develarse. Recuerda en detalle que, como todos los días desde hace dos meses, el hermano recorría la habitación contestando mensajes en su nuevo celular. Encorvado y con los ojos clavados en la pantalla, no vio el marco de la puerta y chocó de frente.
Para él todo había cambiado desde que su hermano había recibido ese teléfono “inteligente” como regalo de cumpleaños. Ahora prefería pasar tardes completas en el chat que jugar a la pelota. Se encerraba a comer en su habitación y usaba la misma ropa todos los días. Por las noches lo escuchaba teclear en la oscuridad, forzando la mirada y apretando los dientes. Lo veía sacudir las manos para aliviar el dolor en los dedos.
Pero lo más extraño para él era que ya no peleaban como antes. “Yo le decía al boludo este: ese aparato te va a enfermar...”, sentencia.
Los padres, conmocionados, miran a sus hijos y esperan saber qué hacer. El hermano mayor, avergonzado, espera que le digan qué hacer. El menor, ya desinteresado, espera que alguien prepare la cena.
*Médico.

