La cara de un hijo (las ideas de un padre)
Te prefiero enojado y no triste. A los padres, la tristeza de un hijo nos duele dos veces.
No te veo bien. Estás ausente, sin la sonrisa de todos los días. Comiste apurado y cuando te propuse charlar inventaste una excusa para esconderte en el cuarto.
Te prefiero enojado y no triste. A los padres, la tristeza de un hijo nos duele dos veces. Ya sabés, nos gusta sentirnos imprescindibles, aun para pensar que somos parte de un problema. Tu tristeza me lleva a buscar papel y lápiz; quiero dejar escrito lo que siento.
Desde que naciste, con tu mamá deseamos, ante todo, que fueras feliz. Pero creo que nos olvidamos de aclararte que la felicidad era una búsqueda, no una certeza. Para explicarte mejor: todos los padres esperan que sus hijos sean felices, pero algunos se entusiasman prometiendo que lo serán siempre, todos los días y en cada instante. Resulta imposible cumplir una promesa semejante.
La felicidad, cuando aparece, lo hace por momentos. Tanto es así que, invariablemente, consigue sorprendernos. Por eso podemos disfrutarla, porque no todos los días son un carnaval de entretenimientos. Hay momentos buenos, rachas complicadas y un sinfín de días inclasificables.
Conozco a algunos caprichosos –no vos, por supuesto– que, a partir del malentendido de que la felicidad es un compromiso paterno de tiempo completo, reclaman diversión cotidiana. Como no la reciben, se confunden, patalean y terminan muy enojados.
Ahora que pienso, es probable que tu tristeza tenga que ver más con cuestiones globales. Sí, debés de estar preocupado por el planeta. Los mayores no hemos sabido cuidarlo como debíamos y ya ves: no te entregamos un mundo más pacífico, menos contaminado, menos desigual. Y mirá que muchos lo intentan...
Cuando vos naciste, ya los avances científicos (no los sociales) eran los que anunciaban mayor confort y comunicación. Por eso nos encontramos rodeados por la sobrepoblación, los recursos agotados y mucha soledad. Si hasta nos tratan más como consumidores que como ciudadanos.
Entiendo que esto sensibiliza a cualquiera y puedo comprender que estés preocupado por el futuro. A pesar de tu edad ya entendés que este progreso saturado de consumismo no nos hace más solidarios. En realidad, hemos aumentado el egoísmo. Hay tanta gente frustrada por lo que le falta, como contenta por lo que tiene.
Mientras escribo, recuerdo tu actitud silenciosa. Quiero que entiendas mi preocupación: tu tristeza oscurece todo.
También pienso que tu cambio podría deberse a que comenzaste a pensar, con apenas 17 años, en lo que querés ser, en tu proyecto de vida. Quisiera entonces transmitirte entusiasmo, coraje. Al mismo tiempo, me arrepiento por tantos regresos a casa con el gesto cansado, protestando contra el trabajo, las deudas y los baches.
Te aseguro (en manuscrito) que todavía se puede soñar y que hay trabajo para los buenos. Si descubrís tu pasión, vas a elegir bien y no tendrás que arrepentirte de nada.
¡Ya sé, ahora entiendo! No era nada de lo anterior. Tu preocupación es más profunda: esta semana te vi investigando sobre cuestiones filosóficas. Comentaste, muy serio durante una cena, que querías encontrar respuestas, buscar el sentido de la vida.
Creo que reflexionar sobre estos temas puede ayudar, pero también anticiparte angustias inesperadas. Y a los 17 es temprano para zambullirse en aguas turbulentas.
Escucho que se abre la puerta de tu habitación; venís a mi encuentro.
Doblo el papel para esconderlo; siento algo de pudor. Aunque podría mostrarte lo que escribí para que entiendas por qué estoy inquieto, expectante.
Tus ojos brillan de nuevo. Mostrás la mejor sonrisa de adolescente y me preguntás por qué tengo esta cara. No contesto. Me abrazás fuerte, como siempre, y me decís sencillamente: “Ya se me pasó el dolor de panza, ¿vamos a comer algo?”.
Tenés razón. Mejor vamos a comer algo.

