Galtieri, o la ignorancia de un personaje siniestro
“Jugué a la no intervención de EE.UU. Si hubiéramos tenido la certeza de que iba a tomar la posición que adoptó, no habríamos invadido”. Daniel Gattas.
En 1981, cuando el teniente general Roberto Eduardo Viola reemplazó a su par Jorge Rafael Videla como presidente de la Argentina, el entonces general Leopoldo Fortunato Galtieri fue invitado a realizar una visita oficial a las academias militares de los Estados Unidos. La administración del presidente Ronald Reagan consideraba al gobierno militar como una fuerza afín a la de su país en la lucha contra el comunismo. Galtieri fue recibido con calidez y se le proporcionó información y asistencia sobre seguridad. Galtieri era un hombre que pensaba que nuestro país debía ser socio minoritario de los Estados Unidos y en pos de ese objetivo trabajaría durante su gestión, aunque a tientas, ya que tenía un total desconocimiento de la realidad mundial, y en especial de la histórica relación que unía al país del Norte con Inglaterra. De EE.UU. a La Habana. Su ignorancia, compartida en buena medida por el canciller Nicanor Costa Méndez, que defendía la tesis de que la Argentina debía salir del Movimiento de Países No Alineados (Noal), nos embarcó en una guerra absurda, irracional e innecesaria. Al momento de asumir, el militar nunca hubiera imaginado que en poco tiempo más se produciría un abrazo histórico entre Fidel Castro y Costa Méndez y, menos aún, el encendido discurso tercermundista de su canciller en La Habana. A pesar de ello, el régimen dictatorial que había sido vapuleado por la multitudinaria manifestación organizada por la CGT el 30 de marzo de 1982, sólo 72 horas después fue vitoreado de manera enfática debido a la conmoción espiritual que significaba la reivindicación histórica de recuperar las islas Malvinas. La sociedad apoyó con todo lo que estaba a su alcance; ciudadanos que se inscribían como voluntarios para ir al frente de combate y también donaban dinero, joyas y alimentos, cuyo destino fue incierto, ya que los receptores naturales de los bienes que se debieron comprar con esos aportes y que se encontraban en una tierra lejana y fría no acusaron recibo de ellos. Como un paso tendiente a acercarse a los Estados Unidos, Galtieri había nombrado en el Ministerio de Economía a un viejo conocido del establishment, Roberto Alemann, cuya gestión tuvo un solo trimestre de normalidad, ya que a poco tiempo de asumir debió enfrentarse a los efectos de la guerra. El ministro, cuya intención original era impulsar un plan de ajuste estructural apoyado en severas medidas fiscales y monetarias, unificó el mercado cambiario y liberó la cotización de las divisas, lo que implicó en la práctica una fuerte devaluación del peso. Se impusieron derechos de exportación (retenciones), se extendió el IVA a los alimentos y a los medicamentos, se reajustaron las tarifas públicas, las que posteriormente fueron congeladas, al igual que los salarios. El descontento social era mayúsculo y las manifestaciones contrarias al régimen eran reprimidas. El sentimiento nacionalista que apareció al inicio del conflicto en Malvinas produjo una impasse en los reclamos, y el aumento del gasto producido por la guerra intentó ser paliado con una suba del 30 por ciento en el Impuesto a los Combustibles y con mayor presión tributaria sobre cigarrillos y bebidas. La especulación pululaba y, mientras los soldados argentinos combatían y morían heroicamente, en el resto del país la guerra era sólo un hecho televisivo. En un reportaje publicado en el diario Clarín, después de la rendición incondicional de las tropas argentinas, decía Galtieri: "Yo era 'el niño mimado' de los Estados Unidos. Yo no podía contarles a los norteamericanos qué era lo que haría en Malvinas. Me habrían parado. Yo confiaba en que ellos mantendrían una posición equidistante; no esperaba que ellos asumieran la posición que tomaron. Yo a lo que jugué fue a la no intervención de Estados Unidos… Sí le puedo decir que si hubiéramos tenido la certeza de que Estados Unidos iba a tomar la posición que finalmente adoptó no habríamos invadido. ¿Cómo íbamos a imaginarnos una guerra con el arsenal más poderoso de la Tierra? En una reunión de la Junta propuse un proyecto de declaración a las Naciones Unidas que dijera aproximadamente que en un lapso de 60 días, la Argentina retiraría sus tropas hacia el continente, de una manera escalonada... todos los presentes coincidieron en que no había margen interno para eso. Todas las encuestas que recibíamos nos indicaban el estado de euforia que se vivía en la población". Ante semejante confesión, ¿hace falta algún otro comentario? ¿Es necesario agregar algo? En homenaje a nuestros muertos de Malvinas, la respuesta es categórica: no. Una vez finalizada la guerra, se produjo un recambio de autoridades con el propósito de alcanzar la ansiada salida democrática. El general Reynaldo Bignone, que había reemplazado a Galtieri, intentó garantizar la impunidad para los responsables de tantos desatinos sancionando la ley 22.924, llamada de "Pacificación Nacional", que era una autoamnistía para los responsables de las violaciones a los derechos humanos. Luego se dictó el decreto 2.776, que autorizaba a destruir todos los antecedentes sobre pedidos de paraderos de personas desaparecidas. El tristemente célebre general Galtieri sería detenido en febrero de 1984 por su responsabilidad en Malvinas; fue destituido y condenado a 12 años de prisión. Falleció el 12 de enero de 2003; tenía 76 años.
*Docente de las universidades Nacional y Católica de Córdoba

