Fracasan los intentos por reactivar la economía mundial
Los investigadores del FMI establecieron que las deudas de los países emergentes (entre los cuales figura Argentina) se elevaron en nada menos que 28 billones de dólares desde 2008.
El proceso recesivo mundial, cuyo comienzo data de 2008, resiste a los ingentes esfuerzos realizados para superarlo y se extiende sin que se vislumbren signos de una próxima reversión. La última reunión del Grupo de los 20 (G-20), realizada en Antalya (Turquía), lejos de traer algo de tranquilidad o confianza al mundo económico, contribuyó a acentuar la preocupación preexistente y ratificar que habrá que afrontar por un lapso indeterminado y amplio las inclemencias que no respetan continentes ni países.Si esta es la convicción de los países que involucran el 87,3 por ciento de la riqueza y actividad productiva, es obvio que los 187 restantes no podrán aportar casi nada para revertir esa tendencia de gran paralización que señorea en el planeta.Los especialistas sostienen que, por lo menos hasta iniciarse la tercera década del presente siglo, no habrá signos de recuperación. Por el contrario, advierten que si no se compromete todo el esfuerzo, esa situación puede llegar a extenderse.Es obvio que, en tales condiciones, la inseguridad se hace notar en forma dramática, lo que dificulta al máximo la gestión de los gobernantes, aun los reconocidos como más poderosos, quienes han optado por actuar con extrema cautela, con lo cual se torna insuficiente el apoyo de los líderes del sector financiero.En ese clima, la soluciones se demoran y no pocos optan por evitar contactos que –suponen– pueden contagiar pesimismo. La actitud insensata de los grupos terroristas –que generan un multitudinario éxodo de refugiados– suma un factor de conmoción que es muy difícil de prever y de medir en todas sus posibles consecuencias.En 2013, el G-20 encaró un macro programa de apoyo por dos billones de dólares, en un intento por sustentar un crecimiento mínimo de dos puntos porcentuales a nivel mundial. Pese a su magnitud, no logró el objetivo básico sino que sólo sirvió para proporcionar un testimonio certero de la crisis que se está viviendo.Ni corta ni perezosa, la conducción del Fondo Monetario Internacional (FMI) optó por recortar sus planes, además de hacer nuevos y bastante más pesimistas pronósticos referidos al avance futuro.
Experiencias y frustraciones
Cuando lanzó esos planes, el FMI estimó que con la mitad de ellos se lograría aumentar el crecimiento en 1,75%. Pero luego de afectar 100 mil millones sin que se apreciaran efectos positivos ponderables, suspendió esa tarea.
La banca privada optó por reducir su aporte crediticio y prefirió ensayar prácticas mucho más conservadoras. Insistió en que era la banca pública la que debe velar por dar cumplimiento a fines de desarrollo y consolidación social.
En consecuencia, dejaron muy claro que ellos tienen siempre la más absoluta libertad para elegir programas propios según su conveniencia y convicciones. Sostienen que es de esperar que en años tan difíciles traten de no arriesgar y decidan dar especial énfasis a otras gestiones que aseguren la superación de los peligros existentes.
Un analista del FMI, luego de evaluar en todas sus facetas la acción de los privados, calificó tales criterios como “reticentes y de exagerada autoprotección”.
En función de las conclusiones a las que llegó el referido ejecutivo respecto de la incidencia tributaria y financiera, sugieren que la mejor forma de actuar es introducir con firmeza un régimen de supervisión bancaria centralizada, mecanismo que ya se comenzó a practicar en los países integrantes de la Unión Europea respecto de las entidades bancarias públicas y privadas de cierta magnitud.
Frenos al sector público
En atención a los elevadísimos niveles de deuda pública, desde 2014 se frenó indirectamente el crecimiento del gasto público.
En los países que ocupan los 10 primeros lugares del mundo por índice de producto y/o riqueza acumulada, como así también de deuda pública, las imprescindibles acciones gubernamentales actuales se empeñan en recortar por todos los medios tales pasivos o, por lo menos, no permitir que sigan en alza.
En ese contexto, los países que se califican como “economías emergentes” enfrentan una serie de problemas que traban su gestión normal. Mientras tanto, los que antes lograban superávit fiscal, ahora abandonaron esa modalidad y la trocaron por preocupantes déficits.
Los investigadores del FMI establecieron que las deudas de los países emergentes (entre los cuales figura Argentina) se elevaron en nada menos que 28 billones de dólares, lo que implica un aumento del 200% del producto interno bruto, y que hubo un peligrosa aceleración en ese sentido, pues en 2007 dicho aumento era del 150%.
El FMI advierte, también, que si se incrementa la ola de moras, tanto los gobiernos como sus bancos deberán enfrentar inevitablemente tiempos muy duros.
En este sentido, nuestro país actuó a la inversa, reduciendo en forma considerable sus pasivos en moneda extranjera, lo cual alejaba de sus costas este tipo de riesgos. Dado que el equipo de conducción nacional que asumió el 10 de diciembre pasado anunció su intención de apelar a esa fuente de crédito, es oportuno subrayar que la situación mundial “pende de un hilo” y, por tanto, tal recurso debe ser usado con gran mesura y prudencia.
Es obvio que es más indispensable que nunca seguir al margen de ese riesgo que está haciendo temblar al mundo.
*Profesor de posgrado en Ciencias Económicas (UNC)

