Falacias y desperdicio en la Argentina K
El kirchnerismo se ufana de haber generado el retorno de la política, cuando en realidad reinstaló la moribunda concepción occidental moderna, asentada en la idea de conflicto.
Esta breve semblanza de la década pasada no pretende ser un listado de errores políticos o de administración llevados adelante por el kirchnerismo. Se intenta, más bien, ofrecer aproximaciones a una clave de lectura que permita registrar los porqué de una práctica que significó un ejercicio permanente de degradación de la vida pública, lo cual configuró, asimismo, un lamentable desaprovechamiento de las favorables condiciones históricas en que desenvolvieron su mandato.
El triple desperdicio en que incurrió está graficado por el claro desaprovechamiento de: 1) la bonanza económica que caracterizó a la época, 2) las oportunidades que brinda toda etapa inaugural, en especial cuando surge de un estruendoso fracaso, y 3) las experiencias de índole política que la Argentina acuñó a lo largo de su historia, referidas centralmente a los beneficios del tercerismo, entendido como el deseo de esquivar la opción de los opuestos ideológicos de la última modernidad al uso en los países centrales.
Por ello, insistimos, lo importante es no tanto cotejar las columnas del debe y el haber (ambas exhiben registros), sino más bien evaluar la matriz que alumbró la política desarrollada en su conjunto y en especial los tópicos que constituyen el andamiaje sobre el que se asienta el malhadado relato kirchnerista: su modelo económico-social, la supuesta reivindicación de la política y su política de derechos humanos.
Reconversión de la economía. En su autopercepción, el Gobierno encuentra como uno de sus logros más notorios el haber generado un nuevo modelo económico, al que llama "de matriz industrial diversificada con inclusión social". Para hacer evidente el resultado, el kirchnerismo suele comparar los índices de crecimiento con los de 2001, estrategia desde ya falaz.
Corresponde comparar con el momento en que asumió Néstor Kirchner: el país crecía entonces al ocho por ciento, la inflación era del dos por ciento, el tipo de cambio era competitivo, se habían alcanzado los superávits gemelos y el valor de la soja comenzaba a acelerar su crecimiento de manera exponencial.
Para decirlo en términos sencillos, la presente etapa de nuestra economía –pese a partir de un piso de actividad muy bajo y en un mundo donde se han revertido los términos de intercambio a favor de nuestras materias primas– no ha logrado consolidarse como lo que se prometía en el pomposo título y resulta cada vez más dependiente de las commodities.
Lo cierto es que hoy la concentración y extranjerización de nuestra economía es mayor que la existente en la década de 1990.
Reinstalación de la política. El kirchnerismo se ufana de haber generado el retorno de la política, cuando en realidad reinstaló la moribunda concepción occidental moderna, asentada en la idea de conflicto.
Si bien es cierto que recuperó para la política el ejercicio, al menos formal, de la hegemonía en la administración de la vida social, lo cierto es que bebió el vino nuevo en odres viejos, principalmente de la mano de las teorizaciones de Ernesto Laclau sobre el populismo, y de Chantal Mouffé, que brindó sus argumentaciones para sostener la política alrededor de la noción de conflicto.
Desde esa base teórica, resulta imposible deshacerse de la lógica de la exclusión y reivindicar, en su reemplazo, la vocación inclusiva que apuesta a resolver el conflicto sin necesidad de extirpar de la historia al otro. Tesitura, como puede comprobarse, mucho más a tono con las nuevas épocas, posmodernas (y, por lo tanto, posliberales), regidas por el canon de la diversidad.
El maltrato de los derechos humanos. La política sobre derechos humanos que puso en práctica el kirchnerismo –más allá de los acotados beneficios que haya otorgado– tuvo una naturaleza espuria, en cuanto nacida de la necesidad de acumular poder y adquirir a cualquier costo una vestimenta ética para sus políticas.
Los horrendos crímenes de la dictadura y, sobre todo, la ponderación de las lesiones que causaron a la sociedad argentina –merced a la mezquina implementación de los derechos humanos que hizo el kirchnerismo– quedan librados a la exclusiva interpretación y tratamiento de una facción política. El dolor de Argentina –expresado no sólo en sus muertos, ya sean los recuperados por la memoria virtuosa o los condenados a errar en el olvido por una memoria herida– merece una mirada más piadosa y promisoria.
Graciela Fernández Meijide –que sabe de qué habla– ofrece en un libro de reciente aparición perspectivas que ayudarían a una lectura más cabal y procedente del tema. Pero es evidente que el Gobierno prefirió, también en este caso, la impostura.
El error en la base. Probablemente estas falencias en el plano político nazcan del grave desconocimiento que exhibe respecto de la circunstancia en que nos encontramos: el agotamiento de una etapa histórica, que, según algunos, comprende la llamada modernidad; otros retroceden hasta hacerla abarcar lo que conocemos como civilización occidental.
Reconocida la gravedad del momento, hagamos lugar –junto a Laclau y Mouffé, si nos resultan imprescindibles– a las intrincadas pero esclarecedoras ideas de Jean Baudrillard en torno de la inevitable inmersión en el simulacro como estrategia para transitar un final de época carente ya de referencia en el sujeto moderno, o a las reveladoras impresiones que nos provee la sociedad del espectáculo que tan bien leyó Guy Debord, o, de modo más humilde, consideremos a la experiencia kirchnerista como una homomorfosis fallida, aunque no por ello necesariamente execrable.
Recordemos siempre, claro, que la institución imaginaria de la sociedad –ese brillante aporte del pensador socialista griego Cornelius Castoriadis a las ciencias sociales– puede resultar útil si es leído con cuidado: "Cuando digo que la historia es creación ex nihilo (desde la nada), esto no significa en modo alguno que es creación in nihilo (en la nada) ni cum nihilo (con nada) . La nueva forma emerge, hace fuego con la madera que encuentra, la ruptura está en el sentido nuevo que ella confiere a lo que hereda o utiliza". Es decir, necesita de la madera que encuentra y la ruptura no es arbitraria ni mera artería: tiene que ser resultado del nuevo sentido que la nueva forma logre otorgarle.
Parece que nada de ello ha sido cuidado por el kirchnerismo, obcecado simplemente en la artimaña y su perseverante e impiadosa aplicación.
*Escritor, gestor cultural.

