Entre fútbol, política y Los Pumas existen diferencias
En el rugby, son muy raros los estrellatos. Por eso no hay un Maradona ni un Messi, porque es un juego solidario, una diversión de equipo, una devoción por practicarlo.
Si en estos días hay pasiones que desvelan a los argentinos, estas son el fútbol en el campeonato mayor y en otras divisiones donde se juegan ascensos y descensos. Y, en la política, la inminencia de elecciones presidenciales, que nos lleva a pensar que también allí se dirimen encumbramientos, derrotas y resignaciones. El fútbol, al menos, aporta la alternativa de empatar, que los comicios ofrecen en una culitésima y muy lejana posibilidad. Para colmo, el rugby se metió en el medio. Despierta un entusiasmo contagioso que envuelve a gente que no tiene la mínima idea de ese juego al que suponen violento, el cual se juega con una pelota que pica para cualquier parte, se avanza haciendo pases hacia atrás, y sacar la guinda a un costado sirve para ganar terreno. No se discuten las decisiones del árbitro; la tecnología reduce la posibilidad de errores sin quitarle dinámica; nadie teatraliza, y hay un enorme respeto hacia el adversario aunque se muelan a tackles y a veces el contacto sea tan vehemente que la sangre se hace presente. Allí nadie llora ni se victimiza frente a la tribuna para enardecerla.El público participa con el calor de sus cánticos; con el fervor del grito, siempre sin ofensas, porque la emoción y el fanatismo tienen el límite natural de lo deportivo.En el rugby, son muy raros los estrellatos. Por eso no hay un Maradona ni un Messi, porque es un juego solidario, una diversión de equipo, una devoción por practicarlo.Los equipos de rugby no son enemigos sino adversarios, hasta el punto de que, al final del esfuerzo, se abrazan en el llamado "tercer tiempo" para compartir junto a los árbitros y auxiliares rondas de copas, comentarios y anécdotas.Fútbol y política en mucho se asemejan, porque los pases "de club a club" se cotizan en alza, porque se dramatizan situaciones, porque no se respeta ni al árbitro ni a los jueces, porque las diferencias en muchos casos se resuelven a tiros y porque la sociedad está cada vez más fracturada, incluso por el daño que se hace a la familia cuando sus integrantes osan pensar distinto unos de otros.No es común ver en las tribunas del fútbol a familias con niños y, menos aún –sería una locura–, a simpatizantes antagónicos en las gradas, como nos muestra la TV en el rugby, lo que es comprobable en cualquier cancha cordobesa o del mundo.En definitiva, si queremos mostrar en qué se diferencian el rugby, el fútbol y la política, nos basta remitirnos a nuestro Himno Nacional.Los cultores de la redonda no lo cantan porque se les caería el chicle que están mascando o se olvidarían de pensar en cómo recibe el público el nuevo look del peinado con la novedosa tintura, el tatuaje audaz o qué botinera los aguarda a la salida del vestuario.En los políticos, vemos que en los actos donde se lo entona, la mayoría hace play back o musita mirando de reojo cuando advierte que alguna cámara los está enfocando. Nadie pide que lloren de emoción, porque hay intereses que derrotan al fuego de las pasiones.No es mucho lo que hace falta: con sólo escuchar –y ver– la manera de terminar con ese "O juremos con gloria morir..." cuando lo cantan Los Pumas, es suficiente para meternos en la cabeza y en el corazón por qué son tan distintos el fútbol y la política en relación con el rugby.Porque donde campean la angurria, las ventajas, las prebendas, el precio de la carne humana, la notoriedad, la fama y otros caminos hacia la fortuna, el sano y respetuoso delirio deportivo pierde por goleada.
*Periodista

