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El valor de las promesas olvidadas

La historia de las ideas y la historia del hombre han sido escenarios de enfrentamientos y debates, entre actores que han llenado dichos conceptos con los más variados contenidos

04 de junio de 2014 a las 12:01 a. m.
Marcelo Cossar (Viceintendente de la ciudad de Córdoba)
El valor de las promesas olvidadas

Jacques Maritain decía en 1942: "La tragedia de las democracias modernas consiste en que ellas mismas no han logrado aún realizar la democracia". Hablar de democracia implica penetrar de lleno en un debate teórico e histórico de larga data: sí, pensar sobre ella nos obliga a reflexionar a priori sobre palabras como "Estado", "política", "sociedad" e "individuo".

La historia de las ideas y la historia del hombre han sido escenarios de enfrentamientos y debates, entre actores que han llenado dichos conceptos con los más variados contenidos. Al respecto, nuestra historia se ha pronunciado con voz propia.

Nuestra naciente república asumía su compromiso frente al mundo cuando, en 1853, bajo protección de Dios y para la posteridad de todo aquel que pisara el suelo argentino, afirmaba en grito soberano: Unión nacional. Justicia. Paz interior. Defensa común. Bienestar general.

Cada una de estas palabras, condensadas en el sucinto y solemne Preámbulo de nuestra Constitución Nacional, introducía a un singular perfil de Estado, sociedad e individuo; horizonte hacia el cual caminaría nuestro pueblo.

Pasaron más de 150 años y todo parece indicar que continuamos en el trajín de descifrar qué pretendían de nosotros los padres de la patria.

Sin embargo, hemos vuelto a renovar nuestros votos. No hace mucho, afirmábamos nada menos que “con la democracia se come; con la democracia se cura; y que, además, se educa”. Ha pasado ya el calor de los primeros días de aquel diciembre de democracias jóvenes y por momentos vale preguntarse: ¿qué es exactamente lo que aplaudía el pueblo en la Plaza de Mayo de 1983? O, mejor aún, ¿qué pensaba la multitud que dejaba atrás y que tendría por delante?

Si es verdad que la Argentina está “enferma de violencia”, deberíamos, pues, preguntarnos de dónde es que ha nacido dicho malestar. ¿Cuándo nos hemos enfermado?

Si Argentina no es violenta y más bien padece de violencia, deberíamos entonces buscar las causas al síntoma.

Comencemos preguntándonos: ¿cuándo ha sido? ¿Quién nos inoculó la violencia? ¿Han sido acaso los atropellos de la dictadura? ¿Se trata más bien de la pobreza estructural producto del neoliberalismo de la década de 1990? ¿La crisis de 2001 y la pérdida de los ahorros –económicos y morales– de toda una vida?

La delincuencia. La brutalidad en las escuelas. La xenofobia. La homofobia. La indiferencia hacia el otro. El “que se vayan todos” y su fiel compañero, “si al final, son todos iguales”. La viveza criolla. Los saqueos, como así también la defensa por mano propia. El descreimiento no sólo en la Justicia, sino en la totalidad de las instituciones. Todas ellas, expresiones de la violencia más íntima: aquella ejercida por el pueblo contra el mismo pueblo.

Y la verdad es que, más allá de las causas, la palabra ha perdido valor, las formas se han vuelto obsoletas en el “circo de la verborragia y la irreflexión”. Respetar se ha confundido con ceder, y libertad se ha tomado por atropello.

Mientras tanto, desde el ciudadano que integra la sociedad hasta el que administra el Estado, todos seguimos entonando las mismas viejas consignas: unión, justicia, paz, defensa y bienestar general, con escasos resultados.

Antes que pensar en las causas, deberíamos comenzar por el principio, dejar de buscar culpables y superarnos desde el “yo” y el “ellos”, hacia el verdadero “nosotros”. Será que nuestra ley primera, hoy más que nunca promesa olvidada, simplemente nos invitaba a recordar que, al final, todos pisamos el mismo suelo.

Tomemos un rol activo en estas circunstancias: el Estado debe acudir a la alianza con el pueblo, pero el pueblo debe volver a creer en el Estado.

Todos y cada uno, con distintos grados de responsabilidad, nos vemos llamados a asumir nuestro compromiso social. Ese será el momento en que la democracia dejará de ser “tragedia” para volverse una indefectible realidad.