El riesgo de perder de vista a nuestros estudiantes
Si algo tiene de bueno, sano y movilizante el debate sobre los modos de acreditación/evaluación, es que nos lleva a pensar en las diferentes partes y actores que construimos el mapa de la educación actual.
Los debates actuales sobre los modos y criterios para evaluar a los estudiantes, que van tomando fuerza en función de las definiciones de cada provincia, esconden en el fondo varios planteos que suponen una mirada más abierta, la cual tiene en cuenta la tensión entre el todo y las partes.
Es decir, hablar de los modos de acreditación/validación de los aprendizajes es una parte, y quizá la más sensible y directa, porque atañe a nuestros estudiantes, sean estos niños, niñas, adolescentes, jóvenes o adultos que transitan dentro de nuestro sistema educativo, justamente desde la garantía expresa de poder certificar lo aprendido. Tránsito que realizan de modo pasivo, sin tener voz ni voto respecto de los intereses, gustos, expectativas y sueños que supone el “ir a la escuela”. Porque en la actualidad, la primera proeza es “ir”. La segunda es “permanecer” y la tercera es “acreditar”.
Todas estas acciones –ir, permanecer y acreditar– sostenidas y tensionadas por los procesos de enseñanza y aprendizaje son la parte más sensible, porque son los destinatarios de todos los esfuerzos educativos y los “sujetos del derecho a la educación”. Sujetos tan sujetados en las estructuras institucionales y formales del Estado que no logran ser visualizados más que con una categoría muy genérica y plural.
La evaluación, sea cuando es considera desde perspectivas más normalistas, o desde miradas constructivistas o neoconductistas, sigue siendo la resultante lógica del juego propuesto en la enseñanza y el aprendizaje. Es por ello que todo el debate, el análisis y las propuestas para lograr un mayor modo de comprensión nos llevan a replantearnos, mirando a fondo a nuestros chicos y chicas, qué enseñamos en la escuela. O, mejor, ¿qué deberíamos enseñarles?
La diversidad de estrategias y de criterios que supone dejar a salvo el costo de políticas neoliberales y vacías de contenidos y saberes significativos, no se las podemos cobrar a nuestros niños y niñas. Tampoco el retiro de presupuestos y la falta de líneas de promoción de la carrera docente –desde antes y sobre todo durante la pandemia– a nuestros estudiantes. Ni tampoco la desactualización de los contenidos, competencias y proyectos educativos que responden a contextos que en la actualidad no nos identifican.
Si algo tiene de bueno, sano y movilizante el debate sobre los modos de acreditación/evaluación, es que nos lleva a pensar en las diferentes partes y actores que construimos el mapa de la educación actual. Debemos pensar, debatir, proponer y definir juntos, desde todos los ámbitos y sectores, porque el derecho a la educación será insostenible si no refundamos los distintos sentidos que supone aprender y enseñar en las escuelas. Porque un derecho que pierde el sentido es un derecho perdido.
* Educativa Global

