El peronismo en ebullición
De la Sota debe estar arrepentido de haberse sentado a la mesa con Moyano. Eso desactivó su acuerdo con Massa y con el PRO.
Desde que el intendente de Tigre, Sergio Massa, anunció que encabezará su propia lista de candidatos a diputados nacionales por la provincia de Buenos Aires, la escena política nacional ha adquirido otra dinámica. Por eso, las urgencias recorren los caminos interiores de las múltiples variantes que ofrece el peronismo.
Esas urgencias no le son ajenas ni siquiera a la presidenta Cristina Fernández, quien ayer, en el acto de presentación de sus candidatos, delineó como objetivo del proyecto que encabeza la continuidad en el gobierno por “una década más”.
En realidad, fue más de lo mismo: un discurso para convencer a los que ya están convencidos y en el que se reiteró la estrategia de enumerar las realizaciones oficiales desde 2003 hasta aquí. No hizo mención de sus adversarios y abundó, como siempre, en las generalizaciones que apuntan a los males, pero no a sus causantes.
Desde el mismo oficialismo, se había hecho trascender que la jefa del Estado preparaba una especie de renunciamiento a intentar la re-reelección en 2015. Hubiese sido otro gesto simbólico, porque carece de sentido renunciar a una posibilidad que no se tiene. La Constitución Nacional no le permite ir por un nuevo período, salvo que se la reforme, y para eso debería obtener en octubre un resultado electoral que lejos está hoy de cualquier pronóstico serio.
A los botes. Pasadas las primeras reacciones por el lanzamiento de Massa, que incluyeron desde fuertes críticas del fundamentalismo kirchnerista hasta reconocimientos elogiosos de sectores moderados, la principal consigna de la dirigencia peronista es encontrar un lugar que los arrime o no los aleje de la calidez del poder. No por previsible es menos impactante observar que quienes hasta ayer daban "la vida por Cristina", hoy relativizan ese compromiso y mantienen silencio a la espera de reposicionarse según sus conveniencias.
Es el inicio del clásico “desbande”, que ya comienza a producirse en sectores del oficialismo, a la luz de la fatiga que exhibe esa manera abusiva de ejercer el poder y, en especial, de lo que revelan las últimas encuestas.
Centenares de intendentes y concejales de todo el país, que prometieron adhesión incondicional a cambio de alguna obra o subsidio, y varios gobernadores, igualmente necesitados de apoyo nacional para sostener sus gestiones, han entrado en conversaciones reservadas con allegados a Massa. El mensaje es que, cuando llegue el momento, serán habitantes del mismo espacio.
Más compleja será la situación de quienes deberán resignar sus ambiciones personales si es que Massa se lleva todos los premios. En esa franja están el sector que lidera, desde la disidencia explícita, el gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, y el totalmente complaciente mandatario bonaerense Daniel Scioli, quien ayer estuvo a los abrazos con Cristina. Son dos casos bien diferenciados.
Es probable que el cordobés, que siempre tuvo aspiraciones presidenciales, ya esté arrepentido de haber acelerado los tiempos y sumado a su mesa al líder camionero Hugo Moyano. Por ese nombre, no prosperó un acuerdo con el PRO de Mauricio Macri ni el acercamiento con Sergio Massa.
Después de haber desaprovechado su triunfo en 2009 ante el mismísimo Néstor Kirchner, y por la expectativa que ahora genera el intendente de Tigre, el protagonismo con el que soñaba Francisco de Narváez también se ha visto reducido. El nuevo escenario afecta de manera similar a Scioli, que prefirió no sacar los pies del cristinismo en una espera ilusionada de que ella lo declare su sucesor. Es sólo un riesgoso juego de imaginación que entretiene a sectores cada vez más acotados del peronismo bonaerense.
El rumbo. Si el cuadro que se le presenta a Cristina es tan adverso para su continuidad en el poder y eso comienza a verificarse con una derrota en las próximas elecciones a manos de otra expresión peronista, la Presidenta tendrá por delante dos años muy difíciles. Las fuerzas de apoyo se verán disminuidas y la capacidad de gobernar encontrará límites. Cristina lo sabe y debe decidir ahora cómo será el tránsito hasta los comicios de octubre, convertidos en decisivos para "el modelo".
La Presidenta puede proponer dos caminos: el de comenzar a reconciliarse con sectores de la sociedad a los que ella ha colocado en el lugar del enemigo o, en estos pocos meses, profundizar sus enconos y jugarse a dar batallas terminales.
Una embestida más fuerte, por ejemplo contra la Corte Suprema, además de producir pérdida de votos a sus candidatos y acentuar el sectarismo, puede desencadenar desajustes institucionales imprevisibles.
La opción es, sin dudas, dramática para la convivencia democrática.

