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El deseo de humillar de Néstor Kirchner

Al final, Guale-guaychú se quedó sin nada; Mujica terminó en una posición en la que parece arrodillado y la Unasur se pareció a un escenario de actos electoralistas. Claudio Fantini.

08 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
Claudio Fantini (Periodista)
El deseo de humillar de Néstor Kirchner

"Que nos pidan perdón", reclamó el Gobierno argentino tras el fallo del Tribunal Internacional de La Haya, según un trascendido que nadie desmintió. Confirma tal exigencia de la Casa Rosada la respuesta de José Mujica, rechazándola: "Perdón piden los novios". Y otras voces uruguayas aclararon que "se puede acordar un monitoreo ambiental conjunto, pero no se puede acordar la humillación".

¿Es verdad que se exigió al Uruguay una disculpa en virtud de su violación al Tratado del río compartido? ¿En qué hubiera beneficiado a Gualeguaychú? Obviamente, en nada. Ergo, lo único que explica semejante exigencia es un deseo de humillar. El mismo sórdido deseo expuesto en una frase (que tampoco nunca fue desmentida) de Néstor Kirchner durante la confrontación con las entidades rurales: "Los quiero de rodillas".

Compensación económica. Sólo eso explica que no se haya planteado otra fórmula de conciliación que resulte más útil para levantar, sin represión, el corte del puente. Por caso, Cristina Kirchner pudo reclamar a su contraparte una significativa donación a Gualeguaychú, para que pueda construir playas y desarrollar infraestructura turística en un punto alejado del mamotreto humeante y maloliente que le arruinó el paisaje.

El fallo de La Haya no impone una indemnización, pero el gobierno frenteamplista habría quedado en situación incómoda si rechazaba ese justo resarcimiento a la ciudad entrerriana.

Con una compensación económica, los asambleístas se hacían de una razón para levantar el corte. De ese modo, la presidenta Cristina Fernández hubiera hecho pagar al Uruguay el precio de liberar el puente; o bien habría dejado del lado uruguayo la culpa por la continuidad del corte. Pero, en lugar de eso, en Olivos se eligió reclamar un perdón. La afrenta infligida por el desafiante Tabaré Vázquez activó el instinto humillador, que sólo busca saciarse a sí mismo y construir poder denigrando a insumisos y adversarios.

A Mujica le tocaba arrodillar al gobierno del Frente Amplio y, en alguna medida, el matrimonio gubernamental lo consiguió en la cumbre de Unasur.

K-Unasur. Como si hubiera ocurrido en un tiempo remoto, el fallo no estuvo presente en la reunión de ambos presidentes. La cuestión ya no era Botnia, sino el puente. Mujica necesita urgente el fin del corte que daña económicamente al Uruguay. Para reclamarlo, ya no le servía el pronunciamiento de La Haya, sino el veto a la postulación de Néstor Kirchner para la Unión de Naciones de Suramérica (Unasur). Pero la contraparte también tenía un instrumento de presión: la posibilidad de encarecer el gas boliviano que importa Uruguay, que debe atravesar el territorio argentino.

En este duelo, los Kirchner priorizaron su instinto y sus intereses políticos por sobre un posible beneficio a Gualeguaychú, mientras que el mandatario uruguayo actuó al revés.

Mujica es suficientemente noble para aceptar un sacrificio político personal, si de ese modo puede evitarle un perjuicio al país que preside. Llegó a Buenos Aires sabiendo que el veto ya era un arma sin filo porque se había acordado que, ante tal posibilidad, se cambie el mecanismo de elección para que pudiera ser por mayoría simple.

En ese escenario, sus opciones eran:

1) El acto simbólico de la abstención, que no impediría la elección de Kirchner, pero salvaría su imagen dentro de Uruguay, al precio de perder la colaboración del Gobierno argentino para levantar el corte del puente. 2) Darles a los Kirchner el voto unánime que reclamaban para que colaboren con el fin del corte, pagando Mujica con su propia imagen el precio de que cese el daño económico que sufre desde Fray Bentos hacia adentro.

Su decisión fue lógica. Ahora bien, si se piensa en la Unasur, la pregunta es por qué no se eligió a un experto en economía regional y en políticas de integración; o a un diplomático experimentado en remover obstáculos que demoran el flujo de acuerdos, inversiones e intercambio comercial. También pudo elegirse a alguien de probada eficacia para proyectar y construir los vínculos institucionales que exige todo proceso integrador.

Habría sido lógico designar a un experto en desarrollo estratégico, como el ex ministro brasileño Roberto Mangabeira Unger o al principal asesor de Lula en política exterior y relaciones regionales, Marco Aurelio García.

En lugar de eso, se eligió a quien llevaba más de un año pidiendo el cargo, a pesar de que difícilmente cumplirá el requisito de dedicación exclusiva, ya que trabaja a tiempo completo en el liderazgo que comparte con su esposa y planea ser candidato presidencial el año próximo.

Difícilmente, la Unasur cumplirá su proclamado cometido si se presta como instrumento político de uso interno. Por eso, al final del ajetreo en el tablero regional, Gualeguaychú se quedó sin nada; Mujica terminó en una posición en la que parece arrodillado y la Unasur quedó como un escenario de actos electoralistas.

Eso sí, Néstor Kirchner quedó más que satisfecho porque, incluso, pudo darse ese gusto que tanto lo colma: poner al adversario de rodillas.